La ciudad del 1%

Kike España

Hacer ciudad

La operación del hotel de lujo en el puerto de Málaga, como se ha mencionado en las páginas anteriores, pone de nuevo encima de la mesa un debate que parecía dormido: ¿cuál es nuestro modelo de ciudad? e, incluso, ¿cómo se hace ciudad? Cuando pensamos en la ciudad muchas ideas nos vienen a la cabeza, sin embargo, no es habitual salirse de un acercamiento instrumental que entiende la ciudad como el soporte que garantiza la gestión de las necesidades «básicas» de sus habitantes. Estamos acostumbrados a ver numerosos estudios, informes y foros de debate dedicados a una interpretación que pone en el centro la funcionalidad: una circulación más eficiente a través de nuevas tecnologías, un ambiente más «verde», unas calles más limpias, unas plazas más «seguras», edificios «inteligentes», en definitiva, una ciudad matemática, una ecuación al servicio del mito de la prosperidad. Un instrumento más, fundamental, dentro de la lógica neoliberal. Pero, ¿qué esconde esta lógica que pone en el centro la funcionalidad?, y ¿qué nos impide pensar esta forma de entender la ciudad?

Evidentemente, no es una casualidad, es la consecuencia ideológica de una forma de entender el mundo, de unas determinadas relaciones de poder. Muchos autores críticos, desde diferentes disciplinas, han desarrollado esta cuestión, recalcando el importante papel que juega la ciudad bajo el capitalismo donde asume un rol principal: el de ser un motor para la acumulación de capital. El sector inmobiliario deja de tener un carácter secundario y pasa a ser uno de los principales motores de la dinamización de la economía a nivel mundial. Debido a la importancia que tiene la ciudad y el espacio en sí dentro de la circulación del capital para que el capitalismo no colapse, la construcción de la ciudad queda reducida a un tablero de juego especulativo en el que el espacio no es más que una simple porción de suelo que solo tiene importancia en cuanto a su valor de cambio, es decir, como mercancía.

El espacio de nuestro tiempo se asienta sobre esta lógica perversa que nos impide ver -y pensar- lo evidente: que la ciudad es una producción social, el escenario de nuestras vidas, el ambiente en el que se producen y reproducen nuestros sueños y la posibilidad de transformar la sociedad. Es soporte, pero también campo de acción. Esta aparente evidencia se camufla desde su propia concepción -diseño-, la voluntad insaciable de control por parte de arquitectos, urbanistas y diseñadores encaja muy bien con la pretensión expansiva y colonizadora de la circulación de capital a través del sector inmobiliario y el de la construcción, lo cual permite que de esta coincidencia de intereses se reduzca la ciudad -y el pensar la ciudad- a una cuestión técnica donde lo urbano no se piensa desde el conflicto de lo social, ni desde la potencia que las relaciones entre individuos pueden desplegar mediante sus iniciativas y formas espontáneas de vida, sino desde la utopía de la ciudad moderna como mecanismo de homogeneización.

Son múltiples los ejemplos que evidencian esta contradicción en la ciudad de Málaga. Lo podemos ver de manera muy clara en el caso de la torre del puerto, pero también en los terrenos de Repsol, el edificio de La Mundial en Hoyo de Esparteros o la invasión de terrazas y alojamientos turísticos en el centro histórico. Los debates sobre paisaje e identidad no hacen más que arañar la superficie del problema, la clave está en la cuestión democrática, es decir, en quién decide cómo se construye la ciudad. ¿Son los grandes grupos de inversión (el 1%) que entienden la ciudad como un tablero de juego especulativo o es la ciudadanía malagueña (el 99%) que entiende la ciudad como un lugar para vivir?

El monopoly del 1%

El puerto, con esta concesión, muestra abiertamente la capitulación de la mayor parte de la ciudadanía malagueña (el 99%) frente a ese sector minoritario del 1% que quiere seguir entendiendo nuestra ciudad como un juego de monopoly donde seguir poniendo hoteles en las mejores casillas y que el resto lo paguemos cada vez que pasemos por allí. Es triste ver que la figura del arquitecto, en la ciudad del 1%, ha quedado reducida a un ejercicio de retórica al servicio de los intereses económicos, en ese incómodo papel de hacer de intermediario entre grandes clientes con intereses particulares y el producto-ciudad. Esto, desgraciadamente, construye una ciudad elitista a la que solo pueden acceder un número muy reducido de personas (1%), muchas de las cuales ni siquiera viven aquí, sino que vienen y se van en barco.

La gestión neoliberal, mediante el impulso económico de la «cultura del espectáculo» enfocada a la atracción de turismo ha fracasado. Esta forma de hacer ciudad ha generado la destrucción del patrimonio del centro histórico, el desplazamiento de centenares de familias de sus barrios y el secuestro indiscriminado del espacio público convirtiendo la ciudad en un espacio invivible. Procesos de participación fracasados y una absoluta marginación, e incluso persecución, de cualquier experimento realmente democrático en nuestra ciudad demuestran la falsedad e hipocresía de una administración que no hace más que traficar con el espacio que es de todos y todas. La producción del espacio nos pertenece como ciudadanía y, desgraciadamente, estamos muy lejos de conquistarla.

La ciudad-museo

Frente a procesos a largo plazo y bien pensados sobre la morfología urbana y la vida que contienen, nos encontramos con mecanismos superficiales que solo tienen en cuenta lo espectacular, lo inmediato. El fachadismo no es más que un efecto de esta forma de entender la ciudad: «la ciudad de los museos» la llaman desde el Ayuntamiento de Málaga. En realidad se trata de la ciudad-museo, es decir, la ciudad al servicio de los visitantes, en la que no importa lo que haya detrás de la fachada, solo la apariencia. En la ciudad-museo ya no hay ciudadanía, solo turistas, y por lo tanto únicamente quedan ya tiendas de regalos y cadenas de restaurantes. La ciudad y la ciudadanía desaparecen, solo permanece su ilusión, un espejismo de ciudad que esconde el desplazamiento del 99% de su población. Dentro de esta estrategia, la administración local no adopta una actitud «pasota», sino todo lo contrario, una bien activa: el patrimonio es y será un obstáculo más dentro de la estrategia económica, solo lo utilizarán si se alinea con sus intereses.

Recuperar la ciudad

Ante esta situación lo que nos preguntamos es cómo recuperamos Málaga para el 99% de sus habitantes. La respuesta no es sencilla, pero hay ya ejemplos en la ciudad que nos animan al optimismo. Uno de ellos es la respuesta que dio un conjunto de vecinos al proyecto de las torres en los terrenos de Repsol convocando una petición en la plataforma change.org para reclamar un Bosque Urbano para Málaga (BUM), que consiguió más de 25.000 adhesiones.

Sin duda este es un claro ejemplo de lo que significa ejercer el derecho a la ciudad, es decir, la introducción de mecanismos no dirigidos que amplíen la democracia a la hora de intervenir en la ciudad y posibiliten otra forma de hacer ciudad mucho más ligada a los intereses de la mayoría social (el 99%). Otro de los ejemplos que estamos viviendo es la organización creciente de los vecinos en distintas partes de la ciudad, ya sea desde una forma clásica como la Asociación de Vecinos del Centro y sus demandas contra el ruido, la falta de comercio de proximidad y la invasión turística, o desde formas más espontáneas, como la Plataforma Lagunillas Se Defiende cuando da uso a un solar abandonado (fruto del derribo por parte del Ayuntamiento de la casa natal de Victoria Kent) y organiza incluso un ciclo de cine propio, coincidiendo con el Festival de Cine, sobre luchas vecinales y resistencias contra los procesos de gentrificación.

El movimiento 15M demostró que la ciudadanía es mayor de edad y capaz de responsabilizarse de forma colectiva de los problemas que le afectan. Es hora de inventar nuevas formas de hacer ciudad que nazcan de las preocupaciones y los anhelos de las personas que la habitan, que sepan ser sensibles a las minorías que sufren desplazamientos, acoso, persecución y que comprendan mejor la naturaleza y los retos de la crisis ecológica. La ciudad debería ser el proyecto de cómo nos cuidamos, de cómo vivimos juntos gestionando las diferencias (no suprimiéndolas), preservando singularidad y diversidad, conflictos y afectos. Y de cómo combinamos los distintos saberes (académicos, técnicos, experienciales, etc.) para tomar las mejores decisiones de manera cada vez más democrática. Seguro que también vamos a necesitar nuevas arquitecturas, en las que se disuelva el ego del arquitecto e incluso la autoría, que trabajen con nuevas solidaridades, economías, culturas, redes, cuerpos… y que asuman la complejidad de un mundo roto y lleno de preguntas.