Gentrificación y turistificación: ¿qué son?

«Gentrificación» es el término, cada vez más popular, con el que se conocen los procesos de transformación urbana para desplazar a la población de un barrio deteriorado y sustituirla por otra de mayor nivel adquisitivo, a la vez que la inversión privada, en connivencia con la administración pública, renueva esa zona. La gentrificación, por tanto, viene a ser una «elitización residencial». A este proceso, habitual en

los grandes núcleos urbanos, se ha sumado otro en los últimos años, que podemos denominar «turistificación», y que tiene lugar principalmente en los centros históricos o zonas de playa, si es el caso. Ya no se trata de sustituir a la población original por otra de mayor poder adquisitivo cuanto de vaciar la zona de residentes para relevarla, por otra flotante, compuesta íntegramente por visitantes y turistas.

Todo ello implica una enorme remodelación de los cascos urbanos, a veces con absoluto desprecio por su patrimonio cultural y material, para concentrar en ellos las principales atracciones y transformar las viviendas en pisos turísticos, con sus diferentes variantes, y en hoteles. En este proceso de vaciamiento de población, los servicios básicos y comercios de primera necesidad pierden sentido. Esto provoca su paulatina desaparición y al mismo tiempo acelera el proceso de expulsión de la población y el surgimiento de establecimientos orientados únicamente al consumo turístico o de masas, toda vez que se hace la vista larga o se modifican las normativas sobre ocupación de la vía públicas y horarios comerciales y de hostelería.

Como consecuencia, la escasez de viviendas provoca un aumento del precio de alquiler o compra, de modo que solo unos pocos residentes pueden permitirse habitar la zona, lo que convierte este proceso en otra cara de la gentrificación.

Los beneficios de estos fenómenos se dan a favor de intereses empresariales, financieros, inmobiliarios y electorales, y no de las poblaciones donde se producen, que ven cómo sus ayuntamientos apenas logran cubrir los gastos de los servicios consumidos por los turistas. Antes al contrario, el turismo de aluvión acaba mermando la calidad de vida de las residentes, en lugar de mejorarla.

Barcelona y Madrid se sitúan a la cabeza de estos procesos, con distritos en los que la inmensa mayoría de su población está solo de paso. Málaga, con el vaciamiento de la almendra del centro de las última décadas (de 12.000 residentes a menos de 5.000), está experimentando esa situación de manera salvaje, con una agresiva remodelación, destrucción de patrimonio, expulsión de población y caída en picado de viviendas en alquiler que merece ser estudiada.

Es lo que nos hemos propuesto en esta edición de Gente Corriente.