Terrazas y ruidos del Centro

«No solo tenemos que pensar en el Centro como el
escaparate de la ciudad, hablamos de una Zona Residencial»

Gente Corriente: Usted es vecina del Centro, ¿desde cuándo?

María José Soria: Soy vecina del «barrio del Centro» de Málaga desde hace aproximadamente diecisiete años, aunque mi relación con este barrio es mucho anterior, ya que parte de mi familia lleva viviendo aquí desde hace más de treinta años.

GC: En ese tiempo ha cambiado mucho el entorno, ¿qué echa de menos, qué se ha perdido en estos años o cómo os afectan esos cambios?

MJS: Por supuesto que en todos estos años el Centro ha cambiado mucho. Es lógico que las ciudades y los barrios evolucionen, se modernicen y, lo que es más importante, se vuelvan más «amables» para sus vecinos y más atractivos para los que nos visitan, tanto para los malagueños de otros barrios como para foráneos. Hay que tener en cuenta que el barrio del Centro tiene unas características especiales que lo diferencian del resto de barrios de Málaga, pero también, para cualquier decisión que se tome sobre este espacio, sobre sus usos, no solo tenemos que pensar que es el «escaparate» de la ciudad, sino que estamos hablando de una Zona Residencial en la que sus vecinos y vecinas son parte importante. Así que partiendo de que la evolución lógica es la de la mejora, hay que considerar que los cambios que se han producido debemos evaluarlos desde diferentes aspectos.

GG: ¿Puedes señalar alguno de esos aspectos?

MJS: En el plano urbanístico, la peatonalización, qué duda cabe, le ha dado al Centro un aspecto más bonito, libre de tráfico y el ruido constante que generaba –aunque el ruido solo ha cambiado de emisor- y más cómodo para todos aquellos que nos visitan, aunque debería haber sido igualmente más cómodo para los vecinos. La realidad ha sido diferente para los que aquí vivimos.

Evidentemente supone un logro que la mayoría de las calles del barrio –«la almendra»- sean hoy peatonales, pero la contrapartida para los vecinos ha sido diferente. Hemos visto que en la práctica cotidiana, la del día a día de las familias, nos han dejado encerrados. Pocos pueden llegar hasta su casa con el coche, los aparcamientos de superficie prácticamente han desaparecido todos y no se nos ha dado ninguna alternativa de estacionamiento –la lógica obliga a haber tenido en cuenta esta situación, pero en ningún momento del proceso ha sido así-. Es un calvario ya no solo con nuestros propios coches trasladar mercancías necesarias, compras, etc., sino también cualquier compra de envergadura: muebles, electrodomésticos, etc. Los transportistas se las ven y desean para poder entregarlas.

Otro grave problema de la peatonalización, que ha afectado a los vecinos y, como por supuesto era de esperar, ya afecta también a los que nos visitan, es el hecho de que pese a que se nos vendió como un cambio abocado al disfrute, al paseo relajado, ha desembocado en la ocupación obscena de este espacio público, por parte principalmente de la hostelería. Se ha perdido el principio básico de Vía Pública. Ha pasado de ser un espacio de todos a ser un espacio recuperado y habilitado para su explotación privada. Un espacio hecho a medida para ser entregado a un sector determinado. Al final, la consecuencia de la mala gestión, o simplemente la falta de ella por parte de los responsables municipales, ha llevado a la situación que tenemos. La utilización del dinero público que debiera haber revertido en todos, y por supuesto en la mejora de la calidad de vida de los vecinos, no ha quedado en más que en habilitar terrazas para ser explotadas por manos privadas.

GC: Tú hablas de «barrio del Centro».

MJS: Es que otra consecuencia la vemos en cómo se ha ido también perdiendo el concepto de «barrio», y a mí me gusta utilizar el término «barrio del Centro» para hablar de este espacio. El lenguaje ayuda mucho a visualizar lo que estamos hablando, ya que tenemos claro que vivimos en una Zona Residencial, por lo que los vecinos debieran ser importantes.

Hay muchos condiciones que han de darse para hacer barrio y, por desgracia, poco a poco han ido desapareciendo. La mayoría de las veces esta pérdida ha sido intencionada, y no hablo de «obligar a», sino que no se han tomado medidas por parte del ayuntamiento para que no se produjera, e incluso en algunos casos ha sido promotor, como en el caso del Mercado de la Merced.

La mayoría de los vecinos, y es mi caso, percibimos que somos poco importantes y poco rentables. Que sobramos en el Centro. El plan que han trazado para nuestro barrio lo ha convertido en un centro de ocio donde todo está a la venta y donde si no gusta algo a aquellos que nos visitan se cambia por otra cosa por encima de vecinos, patrimonio e historia: necesitamos más espacio para terrazas, pues desarbolamos y ponemos palmeras que acotan menos; que ahora es verdad que nos hemos pasado y a los turistas les gusta el olor a azahar, pues volvemos a colocar naranjos, etc. Hay que generar dinero a toda costa y rápido, mejor cuantos menos vecinos, hay que aprovechar la situación y los que vengan detrás que se las apañen.

El comercio tradicional se ha perdido, salvo algunas excepciones dignas de elogio. Las tiendas que nos han abastecido durante años han desaparecido, escasean los servicios que son normalidad en otros barrios de Málaga, los espacios para compartir, para relacionarnos. Si queremos sentarnos y disfrutar de nuestro buen clima y nuestro ocio debemos hacerlo previo pago de una consumición. No hay bancos, no hay plazas o, mejor dicho, existen pero pertenecen a unos cuantos.

Las calles peatonales para pasear se han convertido en una carrera de obstáculos, muchos de ellos infranqueables. Tenemos dificultades graves de movilidad, exceso de ruidos, de eventos –parece que lo que no se organiza o se hace en nuestro barrio no existe-. Muchas viviendas y edificios con grados diferentes de protección han desaparecido o desvirtuado, tenemos –como antes he comentado- falta de aparcamientos, el barrio está sucio. Es imposible la recogida normalizada de residuos como se realiza en otros barrios. La hostelería genera tanta basura que con la mala gestión que se realiza resulta imposible asumirla. Las calles –salvando el eje de calle Larios- están sucias, las paredes pintorreadas y las pocas comunidades de vecinos que vamos quedando debemos hacer frente continuamente a los gastos del vandalismo que se produce en nuestras calles, en nuestras fachadas o en nuestros portales.

GC: ¿Te has planteado en algún momento mudarte a otro lugar de la ciudad?

MJS: Cuando de madrugada estás despierta porque los usuarios del Centro así lo han decidido de jueves a domingos y fiestas de guardar con sus gritos, cánticos , etc., cuando el camión de riego o de basura les toma el relevo con el ruido de sus motores, cuando has de pagarte un garaje para poder aparcar tu coche –en el mejor de los casos-, cuando los servicios de urgencia tiene una demora establecida de llegada a tu barrio de casi media hora, cuando sales a pasear o simplemente a hacer las compra y debes sortear mesas, sillas, bicicletas, cartelería, cuando es un milagro poder comprar un simple tornillo, cuando miras alrededor y te cuesta reconocer el espacio, cuando ves que tu barrio se ha convertido en un barrio tramoya, en una puesta en escena de todo aquello que solo se encamina a hacer caja, cuando te sientes ninguneada y despreciada… pues sí, te planteas marcharte, pero es triste que esta situación, consentida por los que deben ponerle remedio, te eche de tu casa. Hay que seguir demandando que leyes y normativas municipales se cumplan. Si esto fuera así y hubiese sido así, no nos encontraríamos con problemas de convivencia con otros sectores con los que debemos compartir el espacio de nuestras calles y, por supuesto, los vecinos y vecinas, que existimos, que tenemos nuestros hogares en este barrio, podríamos vivir y no sobrevivir, como hacemos ahora.

GC: Lo cierto es que Málaga pretende vivir del turismo, al que se asocia la hostelería. ¿Podemos permitirnos renunciar a ese turismo y al empleo que genera?

MJS: Cuando los vecinos hablamos de este tema estamos obligados a pronunciarnos de una manera clara: ningún vecino del barrio del Centro está en contra de la actividad hostelera. Sí estamos en contra del cariz que ha tomado esta actividad: sobreexplotación del espacio, ocupación ilegal de la Vía Pública, caso omiso de las ordenanzas y leyes tanto municipales como autonómicas que regulan el sector, hasta el punto de que se ha creado desde la ilegalidad un agravio comparativo con el colectivo de vecinos, en detrimento de la calidad de vida y de nuestros derechos como ciudadanos.

El sector hostelero se ha convertido en el dueño y señor de nuestro barrio. Los vecinos somos tachados de insolidarios, quejicas y tiquismiquis a la hora de denunciar situaciones flagrantes que están a la vista de todos. No es así. Ha sido la dejación de funciones por parte del Ayuntamiento la que ha permitido que actuaciones ilegales de la hostelería se hayan consolidado -derechos adquiridos- y ahora la situación es difícil de reconducir, partiendo de la base de que nuestras autoridades no tienen interés en hacerlo (mala prensa, la fortaleza del colectivo hostelero). Es más fácil seguir haciendo la vista gorda a las irregularidades, actuar de modo simbólico ante las irregularidades con la marcha atrás metida y por supuesto culpar a otros.

Dejo claro que los vecinos no somos los culpables. Nuestro malestar es convertido y traducido la mayoría de las veces por la opinión pública, los medios y el propio sector hostelero como un enfrentamiento irracional y egoísta. No lo es.

Insisto, es más fácil que esto se vea así y se fomente por aquellos que deberían hacer cumplir las leyes. De esta forma pueden ocultar su incapacidad, intereses y mala gestión culpando a otros, haciendo caso omiso de las demandas lícitas de los vecinos y vecinas sobre las actuaciones que puedan emprender. La realidad es que los únicos culpables de la situación que vivimos son ellos.

Dicho esto, por supuesto que no debemos permitirnos renunciar al turismo. Pero para traer al turismo no vale todo.

El turismo, y hablo desde mi percepción personal, viene a ver una ciudad diferente, con unas señas de identidad propias, con una historia determinada que les va a ofrecer imágenes diferenciadoras del resto de las ciudades, que les ofrece una gastronomía típica y cuidada, espacios relajados, edificios representativos y únicos… eso es lo que buscan y no una ciudad que les «acosa», «recreada», preparada para vendérselo todo. Un Parque Temático Turístico. Hay que ponerle remedio al barrio del Centro. Ya hay intervenciones que no pueden deshacerse, que se han perdido para siempre. Málaga no puede permitir que las cosas continúen por este camino. Primero, Málaga pertenece a todos los malagueños, los de hoy, los de mañana y los que ya no están. Enseñemos a los que nos visitan cómo somos de verdad y no inventemos ni manipulemos nada. Sí al turismo respetuoso de ellos para nosotros y de nosotros para ellos.

¿Renunciar al turismo? No.

GC: ¿Cuáles serían las posibles soluciones para abordar todos esos problemas?

MJV: Siempre he pensado que existen soluciones para todo, pero hay que querer encontrarlas. Para ello hay que plantearlas, estudiarlas, consensuarlas con todos los sectores implicados y no tirar de demagogias y chauvinismos baratos, intereses económicos cortoplacistas y, en definitiva, egoísmos particulares. Nunca he visto un debate serio que plantee qué modelos de ciudad queremos y necesitamos, qué debemos preservar, por dónde avanzar sin que ello suponga vendernos a modas y situaciones económicas puntuales. El debate es arduo y sobre todo debemos tener claro que nos jugamos mucho.

GC: ¿Qué está haciendo la vecindad afectada, cómo se está organizando?

MJV: Tratamos de hacernos oír en todo este asunto, aunque, por diferentes motivos, con menos participación y compromiso que el deseado, pero no por falta de interés. Pero para ello creo que es importante pertenecer a una Asociación de Vecinos. Para ser más visibles, por tener respaldo legal, mayor representación y mayor fuerza.

Existen varias asociaciones en nuestro barrio. Yo pertenezco a una de ellas y he tenido años atrás un cargo en la misma, por ello sé que es la vía más efectiva de interlocución con autoridades y demás colectivos con los que compartimos espacio y con los que debemos llegar a acuerdos. Es mucho lo que se trabaja, se propone y se discute en las asociaciones, y siempre en el intento de mejorar la calidad de vida de los vecinos y vecinas. Muchas veces, la lucha, pese a tener la verdad en la mano, es infructuosa porque los intereses políticos, económicos o simplemente personales están muy asentados. Los lobbies que actúan en el Centro tienen una gran fuerza y ante ellos los vecinos poco podemos hacer, aunque tengamos en nuestras manos la fuerza que nos da la razón, el cumplimiento igualitario de las leyes y nuestros derechos constitucionales. Se han conseguido muchas cosas, con mucha dificultad, y esta lucha no es de ahora. La Asociación a la que pertenezco ha sido pionera en la consecución y reconocimiento de los derechos de los vecinos y vecinas que vivimos en este barrio. No podemos dejarlo en el olvido ni dejar de reconocerlo. No se puede estar empezando siempre de cero.

Lo que tengo claro es que para intervenir y hacer algo hay que querer hacerlo y estar ahí. Luchar por todos y todas. Por todas las calles y espacios de nuestro barrio, ya que la problemática es común, y hacerlo con la misma intensidad, sabiendo que se trabaja para un colectivo y que lo conseguido beneficiará igualmente a todos. Hay que crecer y mantener la calidad de vida de los vecinos del barrio de Centro, que, como ya he comentado anteriormente, queremos y tenemos el derecho a seguir viviendo aquí y no solo a sobrevivir.

Charlamos con María José Soria, profesora jubilada y vecina del barrio del Centro. Soria es una activista vecinal, en tanto que no deja de luchar para que los vecinos y vecinas no pierdan calidad de vida en un espacio cada vez más hostil para las familias. Ha trabajado en el seno de la Asociación de Vecinos Centro Antiguo de Málaga, de la que fue presidenta entre 2009 y 2014, de modo que, con su Junta Directiva, ha representado los intereses de los vecinos y vecinas en los diferentes organismos, instituciones y colectivos implicados en la toma de decisiones para con el Centro. Junto con el resto de asociados, fue portavoz de la Plataforma Plaza de Camas. Igualmente, ha formado parte de las iniciativas para reclamar la rehabilitación de la Zona de la judería.

Como vecina afectada, y menospreciada, por las decisiones que se toman para con el barrio, sigue atenta para frenar la ruta trazada por otros en detrimento de los vecinos y vecinas.

La ciudad del 1%

La ciudad del 1%

Kike España

Hacer ciudad

La operación del hotel de lujo en el puerto de Málaga, como se ha mencionado en las páginas anteriores, pone de nuevo encima de la mesa un debate que parecía dormido: ¿cuál es nuestro modelo de ciudad? e, incluso, ¿cómo se hace ciudad? Cuando pensamos en la ciudad muchas ideas nos vienen a la cabeza, sin embargo, no es habitual salirse de un acercamiento instrumental que entiende la ciudad como el soporte que garantiza la gestión de las necesidades «básicas» de sus habitantes. Estamos acostumbrados a ver numerosos estudios, informes y foros de debate dedicados a una interpretación que pone en el centro la funcionalidad: una circulación más eficiente a través de nuevas tecnologías, un ambiente más «verde», unas calles más limpias, unas plazas más «seguras», edificios «inteligentes», en definitiva, una ciudad matemática, una ecuación al servicio del mito de la prosperidad. Un instrumento más, fundamental, dentro de la lógica neoliberal. Pero, ¿qué esconde esta lógica que pone en el centro la funcionalidad?, y ¿qué nos impide pensar esta forma de entender la ciudad?

Evidentemente, no es una casualidad, es la consecuencia ideológica de una forma de entender el mundo, de unas determinadas relaciones de poder. Muchos autores críticos, desde diferentes disciplinas, han desarrollado esta cuestión, recalcando el importante papel que juega la ciudad bajo el capitalismo donde asume un rol principal: el de ser un motor para la acumulación de capital. El sector inmobiliario deja de tener un carácter secundario y pasa a ser uno de los principales motores de la dinamización de la economía a nivel mundial. Debido a la importancia que tiene la ciudad y el espacio en sí dentro de la circulación del capital para que el capitalismo no colapse, la construcción de la ciudad queda reducida a un tablero de juego especulativo en el que el espacio no es más que una simple porción de suelo que solo tiene importancia en cuanto a su valor de cambio, es decir, como mercancía.

El espacio de nuestro tiempo se asienta sobre esta lógica perversa que nos impide ver -y pensar- lo evidente: que la ciudad es una producción social, el escenario de nuestras vidas, el ambiente en el que se producen y reproducen nuestros sueños y la posibilidad de transformar la sociedad. Es soporte, pero también campo de acción. Esta aparente evidencia se camufla desde su propia concepción -diseño-, la voluntad insaciable de control por parte de arquitectos, urbanistas y diseñadores encaja muy bien con la pretensión expansiva y colonizadora de la circulación de capital a través del sector inmobiliario y el de la construcción, lo cual permite que de esta coincidencia de intereses se reduzca la ciudad -y el pensar la ciudad- a una cuestión técnica donde lo urbano no se piensa desde el conflicto de lo social, ni desde la potencia que las relaciones entre individuos pueden desplegar mediante sus iniciativas y formas espontáneas de vida, sino desde la utopía de la ciudad moderna como mecanismo de homogeneización.

Son múltiples los ejemplos que evidencian esta contradicción en la ciudad de Málaga. Lo podemos ver de manera muy clara en el caso de la torre del puerto, pero también en los terrenos de Repsol, el edificio de La Mundial en Hoyo de Esparteros o la invasión de terrazas y alojamientos turísticos en el centro histórico. Los debates sobre paisaje e identidad no hacen más que arañar la superficie del problema, la clave está en la cuestión democrática, es decir, en quién decide cómo se construye la ciudad. ¿Son los grandes grupos de inversión (el 1%) que entienden la ciudad como un tablero de juego especulativo o es la ciudadanía malagueña (el 99%) que entiende la ciudad como un lugar para vivir?

El monopoly del 1%

El puerto, con esta concesión, muestra abiertamente la capitulación de la mayor parte de la ciudadanía malagueña (el 99%) frente a ese sector minoritario del 1% que quiere seguir entendiendo nuestra ciudad como un juego de monopoly donde seguir poniendo hoteles en las mejores casillas y que el resto lo paguemos cada vez que pasemos por allí. Es triste ver que la figura del arquitecto, en la ciudad del 1%, ha quedado reducida a un ejercicio de retórica al servicio de los intereses económicos, en ese incómodo papel de hacer de intermediario entre grandes clientes con intereses particulares y el producto-ciudad. Esto, desgraciadamente, construye una ciudad elitista a la que solo pueden acceder un número muy reducido de personas (1%), muchas de las cuales ni siquiera viven aquí, sino que vienen y se van en barco.

La gestión neoliberal, mediante el impulso económico de la «cultura del espectáculo» enfocada a la atracción de turismo ha fracasado. Esta forma de hacer ciudad ha generado la destrucción del patrimonio del centro histórico, el desplazamiento de centenares de familias de sus barrios y el secuestro indiscriminado del espacio público convirtiendo la ciudad en un espacio invivible. Procesos de participación fracasados y una absoluta marginación, e incluso persecución, de cualquier experimento realmente democrático en nuestra ciudad demuestran la falsedad e hipocresía de una administración que no hace más que traficar con el espacio que es de todos y todas. La producción del espacio nos pertenece como ciudadanía y, desgraciadamente, estamos muy lejos de conquistarla.

La ciudad-museo

Frente a procesos a largo plazo y bien pensados sobre la morfología urbana y la vida que contienen, nos encontramos con mecanismos superficiales que solo tienen en cuenta lo espectacular, lo inmediato. El fachadismo no es más que un efecto de esta forma de entender la ciudad: «la ciudad de los museos» la llaman desde el Ayuntamiento de Málaga. En realidad se trata de la ciudad-museo, es decir, la ciudad al servicio de los visitantes, en la que no importa lo que haya detrás de la fachada, solo la apariencia. En la ciudad-museo ya no hay ciudadanía, solo turistas, y por lo tanto únicamente quedan ya tiendas de regalos y cadenas de restaurantes. La ciudad y la ciudadanía desaparecen, solo permanece su ilusión, un espejismo de ciudad que esconde el desplazamiento del 99% de su población. Dentro de esta estrategia, la administración local no adopta una actitud «pasota», sino todo lo contrario, una bien activa: el patrimonio es y será un obstáculo más dentro de la estrategia económica, solo lo utilizarán si se alinea con sus intereses.

Recuperar la ciudad

Ante esta situación lo que nos preguntamos es cómo recuperamos Málaga para el 99% de sus habitantes. La respuesta no es sencilla, pero hay ya ejemplos en la ciudad que nos animan al optimismo. Uno de ellos es la respuesta que dio un conjunto de vecinos al proyecto de las torres en los terrenos de Repsol convocando una petición en la plataforma change.org para reclamar un Bosque Urbano para Málaga (BUM), que consiguió más de 25.000 adhesiones.

Sin duda este es un claro ejemplo de lo que significa ejercer el derecho a la ciudad, es decir, la introducción de mecanismos no dirigidos que amplíen la democracia a la hora de intervenir en la ciudad y posibiliten otra forma de hacer ciudad mucho más ligada a los intereses de la mayoría social (el 99%). Otro de los ejemplos que estamos viviendo es la organización creciente de los vecinos en distintas partes de la ciudad, ya sea desde una forma clásica como la Asociación de Vecinos del Centro y sus demandas contra el ruido, la falta de comercio de proximidad y la invasión turística, o desde formas más espontáneas, como la Plataforma Lagunillas Se Defiende cuando da uso a un solar abandonado (fruto del derribo por parte del Ayuntamiento de la casa natal de Victoria Kent) y organiza incluso un ciclo de cine propio, coincidiendo con el Festival de Cine, sobre luchas vecinales y resistencias contra los procesos de gentrificación.

El movimiento 15M demostró que la ciudadanía es mayor de edad y capaz de responsabilizarse de forma colectiva de los problemas que le afectan. Es hora de inventar nuevas formas de hacer ciudad que nazcan de las preocupaciones y los anhelos de las personas que la habitan, que sepan ser sensibles a las minorías que sufren desplazamientos, acoso, persecución y que comprendan mejor la naturaleza y los retos de la crisis ecológica. La ciudad debería ser el proyecto de cómo nos cuidamos, de cómo vivimos juntos gestionando las diferencias (no suprimiéndolas), preservando singularidad y diversidad, conflictos y afectos. Y de cómo combinamos los distintos saberes (académicos, técnicos, experienciales, etc.) para tomar las mejores decisiones de manera cada vez más democrática. Seguro que también vamos a necesitar nuevas arquitecturas, en las que se disuelva el ego del arquitecto e incluso la autoría, que trabajen con nuevas solidaridades, economías, culturas, redes, cuerpos… y que asuman la complejidad de un mundo roto y lleno de preguntas.

Cómo me convertí en vecino de Antonio Banderas: La gentrificación en primera persona

Cómo me convertí en vecino de Antonio Banderas: La gentrificación en primera persona

 

Santi Fernández Patón

 

Durante las últimas semanas he estado trabajando con algunas y algunos compañeros en analizar la gentrificación y la «turistificación» precisamente para esta publicación que tienes en las manos. Sin embargo, solo recientemente, en el marco de unas jornadas sobre arte, industria cultural y derecho a la ciudad celebradas durante el décimo aniversario de la Casa Invisible de Málaga, caí en la cuenta, tras una conversación informal con algunos asistentes de otras capitales, de que mi experiencia personal ejemplificaba perfectamente este tipo de procesos.

En el año 2012 alquilé un apartamento en un edificio al borde de la ruina en la calle Alcazabilla, hoy epicentro del terremoto gentrificador de Málaga. Lo mismo que yo hicieron otros amigos, de modo que, excepto uno de los apartamentos, todo el edificio quedó habitado por lo que podríamos llamar una comunidad, siguiendo una pauta que ya habíamos ensayado anteriormente en otro enclave arrasado: la plaza de Los Mártires. No pudimos alquilar ninguno de los apartamentos hasta que la propiedad realizó una serie de reformas muy superficiales, lo justo para mantenerlos habitables y cobrarnos un precio de alquiler que hoy resultaría sorprendentemente económico: lo único que nos podíamos permitir.

 Así era la calle Alcazabilla a mediados de 2012: el edificio justo enfrente al nuestro se encontraba en completo estado de abandono, hasta el punto de que no mucho antes había sido ocupado por un grupo de jóvenes al que un una recua de matones desalojó (posteriormente fueron juzgados y condenados por agresiones injustificadas). El edificio colindante, a mano izquierda, lo usaba, si no me equivoco, la Iglesia de Santiago para ensayos de coros y algunas otras actividades, mientras que otros, de viviendas, esperaban alguna remodelación.

 Debajo de mi ventana tenía un pequeño videoclub, que por entonces empezaba a ofrecer servicio de bar, y una cafetería especializada en desayunos, de esas que abrieron hace media vida. Había, sí, algunas terrazas poco molestas, y en la bocacalle de la esquina aún se podía comer en el Mediterráneo, especializado en platos marroquíes a precios asequibles.

Dónde está mi calle

De un día para otro el vídeo club se convirtió del todo en un bar, y pronto instaló un terraza que triplicaba el número de mesas que la ordenanza le permitía (el Ayuntamiento de Málaga tiene el pacto implícito con los hosteleros de mirar para otro lado). En la antigua cafetería se fueron sucediendo los bares de copas con terraza, el último a manos de un empresario (perdón, de un «emprendedor») que se asume a sí mismo como reclamo para turistas borrachos, de modo que monta sus propias juergas los días en que juega el Málaga.

El Mediterráneo fue derruido, y en la esquina de esa bocacalle abrió un Burger King. Mientras tanto, el edifico abandonado frente al nuestro sufrió una intensa y muy ruidosa intervención que se prolongó a lo largo de un año. En la actualidad es un hotel, con un bar de moda en su azotea, a la que durante la obra se le añadió otra altura, y dos bares de terraza más en los bajos.

Mejoré mis destrezas como ciclista, porque de golpe debía sortear todo tipo de obstáculos hasta llegar a mi portal, si bien es cierto que en la misma puerta claudicaba y apartaba las últimas mesas para poder entrar. De todas formas, ¿a qué iba uno a casa? Es cierto que para leer uno acaba por acostumbrarse a usar tapones (el «emprendedor» nos dijo una vez que en casa no se estudiaba), pero ibas listo como quisieras ver una película. La siesta a casa de tu pareja, si tenías una.

Por su puesto, el Pimpi, uno de los restaurantes con más solera del centro, y que, como es sabido, no contrata mujeres si no es para la cocina y la limpieza, pero nunca de cara al público, se esponjaba hasta hacer desaparecer con sus mesas y barras de alcance toda la plaza de la Judería. Aun así, cada vez que se le queda corta la plaza el Ayuntamiento le permite instalar escenarios para actos y actividades de autobombo.

¿Qué pasó con el edificio de la Iglesia? Durante seis meses también estuvo en obras. Lo bueno de este nuevo ruido es que nuestras casas temblaban al compás de cada arremetida de la maquinaria: doce horas al día, para que luego digan que en Andalucía no se trabaja. Tengo la sospecha de que en ese edificio se están habilitando alojamientos turísticos, lo que teniendo en cuenta que la Iglesia no paga IBI sería divino.

¿Y de nuestro edificio, qué queda? Mientas encuentran algo fuera del centro, aún resisten algunos amigos. La propiedad, ahora sí, quiere rehabilitar en condiciones los apartamentos y multiplicar su precio, algo que logrará si realmente invierte para evitar la ruina del inmueble. Si no le salen las cuentas, lo venderá a un fondo hotelero, no me cabe duda. Por supuesto, el piso más goloso, el que tiene una azotea desde la que, antes de la nueva altura alzada en la terraza del hotel, se veía Gibralfaro, ya se alquila únicamente por períodos a turistas de paso.

Y entonces llegó Él

Yo aguanté hasta noviembre de 2016. En apenas 4 años había dejado de reconocer mi calle. Nadie que yo conociera podría permitirse un alquiler en las pocas viviendas que aún quedaban por la zona, si bien se habían acondicionado algunas nuevas. A los pies de una de ellas, en realidad un ático, llegaron una mañana los operarios de una empresa de mudanzas y, mediante una enorme grúa, subieron hasta el ático dos letras enormes de color rojo. Esa fue la foto de todas las primeras planas de la prensa local al día siguiente: las dos letras iniciales del abecedario, en proporciones descomunales, ascendiendo a lo más alto de la calle.

El egocentrismo kitsch de mi nuevo vecino terminó de abrirme los ojos. La gentrificación me había ganado. A toda plana.