La Semana Santa de Málaga: muerta por sus supuestos defensores

Miguel Ángel Fernandez

Soy malagueño, vivo hace 20 años en lo que queda del Perchel Norte y anteriormente al otro lado de Mármoles, en el barrio de La Trinidad. A inicios de los años ochenta fui uno de esos jóvenes que se puso un traje por primera vez en su vida para meter el hombro bajo los tronos y sí, soy ateo. Ningún tipo de sentimiento religioso me impulsó a eso que para nosotros suponía un rito iniciático: si estabas a la altura podías pasear los tronos por el centro de la ciudad y demostrar a los otros barrios que el tuyo era el mejor. Si nos cruzábamos en el recorrido con otro barrio, había que pugnar por quién aguantaba más con el trono a pulso, algo que ahora no está bien visto, pues se sacrifica la tradición por la estética.

Lo reconozco, por muy ateo que sea me he emocionado viendo al Cautivo cruzar el puente de la Aurora, he disfrutado en la Tribuna de los pobres con la Estrella o en la Cruz Verde con el Rocío.

Algunos dirán que eso es contradictorio, que la Semana Santa es una exaltación del sentimiento católico… Yo creo que los católicos, que supieron acercarse al poder ya en los tiempos de Constantino, fueron los que se apropiaron de la religiosidad popular, adaptando sus ritos a las creencias del pueblo. No habían logrado acabar con ellas ni imponer el monoteísmo en lugares donde era normal adorar múltiples dioses y diosas. Así, las ermitas de las vírgenes, tan extendidas en todo el Mediterráneo europeo, son las cuevas donde se adoraba a Isis, Astarté o Noctiluca. La Semana Santa es la adaptación cristiana de los idus de marzo y demás festividades populares que celebraban la llegada de la primavera y la regeneración de la vida por todo el Mediterráneo.

Los cambios que ha sufrido la Semana Santa malagueña en los últimos años demuestran que sus promotores, más que respetar y conservar una tradición, la han adaptado a unos intereses concretos: los del neo-nacionalcatolicismo y las elites empresariales de la ciudad. Desde las administraciones, en particular desde el ayuntamiento, se ha fomentado la aparición de nuevas cofradías, hasta el punto de que si en los años ochenta procesionaban 20 (la mayoría de ellas con siglos de historia), en la actualidad la cantidad se ha duplicado.

Para dar espacio a todas ellas incluso se ha desvirtuado completamente la cronología de la Pasión. Ahora vemos un Crucificado el Domingo de Ramos o una Última Cena después de la ascensión al monte Calvario. La agrupación de cofradías de Málaga se ha convertido en un lobby empresarial. Si antes la conformaban personas vinculadas a los barrios históricos donde las cofradías estaban asentadas, ahora se ha llenado de empresarios y aspirantes a puestos políticos en las filas del PP.

La Semana Santa es una industria, se ha mercantilizado y la Iglesia, de acuerdo a su histórica querencia por el poder, se muestra encantada. Miles de chavales que únicamente buscan participar en el evento por tradición familiar, por orgullo de barrio, se ven inmersos en las redes de las nuevas cofradías, que, además de exigirles el pago de la cuota, les obligan a participar en multitud de actos supuestamente relacionados con la Semana Santa, de modo que esta ya no dura siete días, sino todo el año.

Las cofradías, en su nueva etapa de expansión, ahora realizan actos benéficos, religiosos y lúdicos, coronaciones, inauguraciones exposiciones, traslados, etc.., con el consiguiente dispendio de dinero público. El Ayuntamiento cede los mejores solares del centro histórico a las cofradías para que creen sus casas hermandad, ese lugar desde donde irradian su influencia, y de paso finiquitan la tradición de los «tinglaos», otra seña de identidad propia de nuestra Semana Santa.

Quienes aseguran defender la tradición son los que en realidad están acabando con ella. La Semana Santa malagueña era demasiado laica para ellos, demasiado popular, demasiado de la gente… era necesario arrebatársela.