Málaga es una ciudad que hasta tiempos recientes ha vivido y se ha desarrollado de espaldas a su línea costera, con la que, una vez «descubierta», en buena medida estableció una relación depredadora. Y es que hasta bien transcurrido el siglo XIX, salvo asentamientos puntuales, la ciudad no comenzó a dar un uso estable a la costa, más allá del portuario. De hecho, en este recorrido del proceso colonizador del litoral tomaremos como referencia la situación central que ocupaba el Puerto.

1. La colonización del Litoral Este

Asentamiento burgués y balnearios

A finales del siglo XIX, aprovechando los beneficios del desarrollo industrial acumulados a partir del segundo tercio, y a raíz de cierto estancamiento y crisis del modelo, la burguesía diseña todo un plan de transformación y colonización desde el centro al este, según una lógica de complemento y alternativa productiva. Para ello aprovecha gran parte de los terrenos ganados al mar con la remodelación del puerto (1880-1897). Frente a un litoral oeste industrializado, y un centro colapsado e insalubre, la burguesía opta por valorizar un nuevo litoral, atractivo por lo accidentado de su geografía y la belleza de las edificaciones burguesas que se habían ido construyendo, además de bien conectado.

«A finales del siglo XIX, aprovechando los beneficios del desarrollo industrial acumulados a partir del segundo tercio, y a raíz de cierto estancamiento y crisis del modelo, la burguesía diseña todo un plan de transformación y colonización desde el centro al este, según una lógica de complemento y alternativa productiva»

Con la idea de darle un cariz turístico de balneario a la ciudad, en 1897 surge la Sociedad Propagandística del Clima y Embellecimiento de Málaga. Su tarea se enfoca en promover el embellecimiento de la ciudad, por un lado, y por el otro atraer a extranjeros bajo el reclamo del clima, antecedente lejano de la revolución turística de los años cincuenta. De esta manera se crea la calle Larios, se amplía la Alameda, que se conecta con el Hospital Noble mediante un gran parque, a su vez unido al paseo de Sancha, Caleta, Limonar, etc.

Este proceso viene a consolidar y acelerar una dinámica que se había dado durante años: la trasposición y colonización de la burguesía desde el centro hacia la zona este de la ciudad. Escapan de un centro de calles y casas hacinadas e insalubres a consecuencia de la falta de infraestructuras y del incremento poblacional generado por la industria, y buscan las nuevas zonas residenciales: Cañada de los Ingleses, Caleta, Limonar, Monte Sancha, Miramar, Camino Nuevo…

El factor de atracción serán los baños. Su tradición se remonta a mediados de siglo, con los baños de agua dulce que surgen principalmente con fines higienistas: La Delicias, Salón Roma, Baños de Ortiz… Posteriormente abren nuevos baños, aún de agua dulce, pero más ligados al mar, como Diana (1843), Estrella (1859), Apolo (1879), vinculados a los muelles y las playas para quienes no pueden permitirse pagar los baños: Playas de los Ciegos y Sanidad para las mujeres; de Pescadería y del Banco para los hombres.

Los vertidos fecales y el nuevo proyecto de puerto provocan que la actividad bañista se mude a La Malagueta, y hasta allí se trasladan los baños de La Estrella y Apolo, que perduran años. La actividad del baño se va ligando a otras de tipo cultural, ocio, deportivas, etc. La renovación viene de la mano de los Baños del Carmen, que a partir de 1918 introducen un nuevo concepto de baños en agua de mar. Posteriormente llegan los primeros hoteles de lujo: Caleta Palace en 1920 y Príncipe de Asturias en 1926 (actual Miramar).

«nace una nueva relación y usos de la costa dirigidos al ocio, la salud, el deporte, la cultura, etc., aún  por encima de la lógica del negocio turístico»

Con todo este proceso nace una nueva relación y usos de la costa dirigidos al ocio, la salud, el deporte, la cultura, etc., aún por encima de la lógica del negocio turístico. Se trata de una nueva forma de relacionarse con el litoral que, sin embargo, no llegó a generalizarse y consolidarse hasta décadas después: una relación productiva con el territorio, tanto en el ámbito industrial (del litoral oeste) como en el incipiente turístico, lejana todavía de la rentista promoción inmobiliaria.

Superando cerros y arroyos

A mediados del siglo XIX El Palo apenas contaba unos 1.000 habitantes, repartidos entre las cuevas, con un sostén vital vinculado a la agricultura, y la costa, donde se mantenía una tradición agrícola, añadida a una progresiva relación con el mar a través de la pesca. La plaga de la filoxera en 1878 atrajo un flujo de nueva población desde las localidades de la Axarquía. Gran parte se asentó en el Centro, Trinidad, Perchel o en los incipientes barrios obreros cercanos a las fábricas. Otra optó por mantener un modo de vida más similar al de origen y se asentó en El Palo, tanto en las cuevas como en la costa. Cabe destacar que algunas de las viviendas de autoconstrucción reproducían las típicas de la zona de procedencia, con porches emparrados, por ejemplo. Aparte del Palo, a lo largo del litoral este solo había unos pequeños asentamientos en San Telmo y Caserío de Pedregalejo, de no más de 100 habitantes.

A diferencia de otros procesos de urbanización y colonización, los del Palo y toda la costa este vinieron precedidos por los de la construcción de infraestructuras que permitieran una comunicación con el núcleo urbano, algo muy condicionado por los accidentes geográficos de arroyos (Caleta, Bellavista, San Telmo, Pistones, Jaboneros, Miraflores, Gálica) y cerros. Pese a las dificultades que acarreaba, parecía la opción más viable de extensión urbana, con un sur limitado por el puerto y el mar, un norte muy condicionado por la inundabilidad del Guadalmedina (que no se resolvió hasta años después con la construcción del pantano del Agujero) y un oeste que, como veremos, estaba copado por el desarrollo industrial.

Para que todo ello fuera posible el puerto y su ampliación resultaron clave. Por una lado el muelle de levante había provocado un aterramiento, al acumular sedimentos arrastrados por el arroyo de La Caleta, lo que permitió plantearse la colonización del nuevo terreno surgido, que precisamente recibiría el nombre de «La Caleta» por el arroyo y que coincide con La Malagueta actual. No obstante, la disputa por la titularidad de los suelos entre Ayuntamiento y la jurisdicción militar impidió en un inicio la evolución residencial, lo que derivó en un uso predominantemente industrial (Ferrería del Ángel, fábrica de azúcar de los Heredia, además de múltiples talleres, almacenes, etc.).

Sin embargo, fue sobre sobre todo la necesidad de piedras para la ampliación del nuevo puerto el factor clave del desarrollo de nuevas infraestructuras de comunicación hacia el este. Primero fueron las canteras de San Telmo, para cuyo traslado hasta el nuevo puerto se creó un embarcadero (Puerto de la Cantera), que posteriormente generó una acumulación de sedimentos y dio lugar a usos de baños y recreo: los Baños del Carmen. A su vez, el desmonte de la cantera permitió la colonización de la zona del cauce del arroyo, mientras que el desvío interior para rodear la cantera del itinerario hacia Almería facilitó la conexión de asentamientos incipientes, como el Pedregalejo actual.

La mala calidad de la piedra de estas canteras llevó a la explotación de otras nuevas más al este, por la zona del Peñón del Cuervo. Dado que la carretera no disponía de puentes sobre los arroyos y había que trasladar los materiales hasta el nuevo puerto, se construyó un ferrocarril para conectar con el embarcadero de San Telmo y posteriormente con el propio puerto (1888). El aprovechamiento posterior de esta infraestructura conectó el centro de la ciudad con el extremo este en El Palo. Así se abría el camino para la posterior conexión ferroviaria con Vélez (1908) y Ventas de Zafarraya (1920), operativas hasta 1967, mediante el tren conocido popularmente como «La Cochinita».

Aun así, lo que realmente vertebró la ciudad hacia el este fue el tranvía que conectó definitivamente el Centro con El Palo en 1889. Con diversas mejoras y desarrollos posteriores, en 1921 funcionaba durante 14 horas ininterrumpidas, con una frecuencia de 20 minutos, de manera que el trayecto desde El Palo al Centro podía dilatarse unos 30 minutos.

Años después el trazado del paseo marítimo, a partir de 1928, fue lo que acabó de vincular El Palo y toda la zona este con el núcleo de la ciudad.

2. La Colonización del Litoral Oeste

El punto de partida eran dos arrabales históricos al otro lado del río Guadalmedina, verdadera frontera geográfica y social: la Trinidad y El Perchel. Este último siempre estuvo vinculado al mar (su nombre deriva de las perchas destinadas a los salazones), hasta el punto de que es el primero de los barrios de pescadores de la ciudad desde los tiempos romanos y se consolidó con los árabes. Ambos arrabales carecían de infraestructura básicas, siempre postergadas por empresas más prioritarias.
La colonización urbana de esta zona de la ciudad venía dificultada por varios factores. Por un lado encontramos la barrera geográfica que suponía el río Guadalmedina: hasta 1912, en que se empieza a construir el puente de Armiñán, solo existía el puente de hierro de Tetuán, de 1859. Posteriormente, en los años veinte, se arranca con el proyecto de construcción de dos nuevos puentes: el de la Aurora y el del Carmen.
Por otro lado tenemos la ubicación de la mayor parte de las industrias en el litoral oeste, atraídas por las facilidades comunicativas que les proporcionaba la cercanía del puerto, la estación de ferrocarriles, el trazado de vías a lo largo de litoral y el eje que componían el puente de Tetuán sobre el Guadalmedina, la carretera de Cádiz y el puente sobre el Guadalhorce. Con ello, la zona se configuraba como la más idónea para el desarrollo industrial de la ciudad, y su limitado uso residencial vino precisamente promocionado por las propias industrias para sus trabajadores y trabajadoras. Así, tenemos los casos, aún en el siglo XIX, de los corralones en El Bulto para familias obreras de La Constancia y la Industria Malagueña, y los de Huelin, que por su importancia desarrollamos posteriormente. Ya en el siglo XX tenemos en Los Guindos los casos de las Casas Baratas, a inicios de siglo, y las Viviendas Protegidas en la posguerra.
De esta manera se mantuvo el litoral hasta bien transcurrido el siglo XX, cuando dos factores cambiaron definitivamente el escenario: el Plan de los años setenta, por el que se reubica la zona industrial más allá del ronda exterior, y el desmantelamiento del ferrocarril a Coín, que transcurría por todo el litoral. Tras ello, la costa adquiría un valor y uso vinculados al nuevo paradigma de la época: el desarrollismo inmobiliario y turístico.

3. La Málaga Industrial

La industria llega a Málaga en el segundo tercio del siglo XIX de la mano de familias burguesas que, procedentes del extranjero, paulatinamente se asentaron en la ciudad. A grandes rasgos el reparto era los Heredia (ferrerías), los Larios (textiles y azucareras) y los Loring (comerciantes): en 1832-33 Heredia crea las Ferrerías de la Constancia, en 1846 Heredia-Larios crean la industria textil Industria Malagueña S. A., en 1856 Larios funda la textil de La Aurora, en 1862 Heredia crea las refinerías de azúcar en La Malagueta y en 1872 los Huelin las instalaciones azucareras San Guillermo en San Andrés.

En esta zona de la ciudad se van instalando, junto a las más significativas ya citadas, otras muchas y muy diversas industrias, como la Fábrica de Gas, la Industria Lapeira Metalgraf (de estampaciones en hoja de lata), la industria de vehículos Taillefer, de harinas Castel, la Fábrica de Tabacos, y otras de curtidos, sombrerería, pinturas, vinos, licores, alimenticias en general, etc.

Se trata de una nueva burguesía que releva a la de comerciantes acomodados que le precedió, y que trae ideas e impulso para implantar la industria en Málaga. Con ese fin eleva fábricas, importa maquinarias, trae técnicos y artesanos extranjeros, promueve grandes infraestructuras, teje nuevas redes comerciales. Al tiempo, aplica duros modelos de explotación agrícola, así como técnicas disciplinarias en la producción fabril, incluso de reproducción social.

Es una burguesía centrada en lo productivo y alejada de los intereses promotores e inmobiliarios, ajena por tanto a una acumulación de fincas y una modelación física de la ciudad desde una lógica de negocio organizado. Por el contrario, la transformación urbana respondía más a una dinámica diversa, distribuida e individualizada, sin que por ello esta burguesía dejase de ser parte predominante de las modificaciones físicas urbanas de la época, si bien como consecuencia de sus intereses productivos (fábricas e infraestructuras).

Es así que el asentamiento industrial marcó en gran parte el desarrollo urbano y de infraestructuras de la época, por ejemplo con el ferrocarril hasta Córdoba para hacer frente a la necesidad de suministro de carbón, más económico en las minas de la comarca de Bélmez. Aun así el proyecto tarda en hacerse realidad, y las dificultades con el suministro de carbón, que es caro si se depende del inglés o asturiano, unido a un puerto insuficiente, desaceleran el desarrollo industrial.

Después de años de cierres y estancamiento, tras el cambio de siglo, la década de los años veinte supone la activación económica posterior a la Primera Guerra Mundial, que trae la apertura de una nueva fundición, la Compañía Sidero Metalúrgica de Los Guindos, en la zona de La Misericordia (que perdura hasta 1979), y la Fábrica de Tabacos (hasta 2002).

El barrio obrero planificado de Huelin

El segundo tercio del XIX es el momento de la transformación industrial de la ciudad, o más bien su paso de precapitalista a capitalista.

Como todo cambio de paradigma, se da una etapa-periodo de «campo ciego»: un tránsito, de acuerdo con Lefebvre, en el que los protagonistas desconocen los mecanismos por lo que se rigen la (su) nueva realidad, e incluso intentan aplicar a la nueva coyuntura criterios y certezas anteriores: percepciones, principios, teorías, lenguajes, racionalidades previas. A la vez, además de sus protagonistas, nos hallamos ante un escenario en absoluto preparado a nivel técnico-jurídico para los cambios en proceso, sin capacidad para regular las consecuencias y comportamientos contradictorios de los diferentes agentes sociales de la nueva ciudad.

A lo largo de décadas, miles de personas abandonan su medio y se desplazan desde su hábitat rural a otro urbano y hostil para desarrollar labores que les eran ajenas hasta entonces. Los mecanismos, dispositivos y estrategias para disciplinar y sacar rendimiento a esta masa obrera suponen una nueva materia por experimentar y consolidar. Y aun más: cómo extender la disciplina allende los muros de la fábrica. A la vez, las formas en que sus protagonistas, la incipiente clase obrera, tejerían nuevas redes sociales y artilugios para sostenerse y soportar semejante escenario era otro basto campo por explorar, por lo general de manera conflictiva. La nuevas fábricas que se asentaban y sus habitantes eran islas que configuraban un archipiélago de modernidad que no concordaba con el territorio y el escenario preexistente.

Es en esta coyuntura que en 1861 surge el Plan de Ensanche, del arquitecto José Moreno Monroy, casi contemporáneo a los redactados para Barcelona (Ildefonso Cerdá) y Madrid (José María de Castro), los tres precursores y experimentales. Por primera vez se intenta superar un entendimiento parcial de la ciudad, con una perspectiva global del espacio urbano para definir un programa de cambios físicos sobre la totalidad. Este plan, sin llegar a desarrollarse en su integridad, marca, prefigura y deja sentadas la ideas de un modelo de ciudad que perdurará en gran parte hasta el Plan General de Ordenación Urbana de 1983-84.

El plan esboza un nuevo escenario urbano que transformaba radicalmente la ciudad para adaptarse a la nueva realidad capitalista e industrial. Sin embargo, la aplicación no fue inmediata para un plan que respondía más a los intereses de una burguesía industrial y de grandes comerciantes que a los de la propiedad inmobiliaria, más centrados en la especulación del suelo. Los unos pretendían ensanchar la ciudad para reducir densidad y epidemias, los otros subdividir y aumentar la edificabilidad de sus propiedades, a la vez que regenerar y equipar su entorno, es decir, una intervención intraurbana. Es bajo esta lógica que se desarrollan los planes de ampliación del puerto, expansión del centro al sur en conexión con el eje de La Caleta, vía Alameda, Parque, Paseo de Sancha, etc. En definitiva, el proyecto de ciudad-balneario. Aun así, la técnica del ensanche se aplica en concreto en la extensión de la ciudad por la costa, primero (1866) en la zona de la Malagueta una vez terminado el largo litigio entre Ayuntamiento y jurisdicción militar, y posteriormente (1868-70) en la construcción del barrio obrero del Huelin en terrenos adyacentes a las industrias de La Constancia y la Malagueña.

«La construcción del barrio de Huelin supone una ruptura con la mencionada tendencia de la burguesía de no vincularse a la renta inmobiliaria, tal y como se desprende del número de viviendas proyectadas. Con ellas, el industrial le descontaba a su personal parte del sueldo en concepto de alquiler por la vivienda. Es a raíz de este proyecto que se tiende a una progresiva y creciente vinculación de la burguesía con el sector»

La construcción del barrio de Huelin supone una ruptura con la mencionada tendencia de la burguesía de no vincularse a la renta inmobiliaria, tal y como se desprende del número de viviendas proyectadas. Con ellas, el industrial le descontaba a su personal parte del sueldo en concepto de alquiler por la vivienda. Es a raíz de este proyecto que se tiende a una progresiva y creciente vinculación de la burguesía con el sector, de manera que a partir del último tercio del siglo y los primeros años XX se da una tendencia a la concentración de las propiedades inmobiliarias.

El proyecto del arquitecto Juan Nepomuceno se izaba sobre unos terrenos propiedad del industrial y financiero Eduardo Huelin, que le dará nombre, ubicados entre las últimas fábricas al oeste de la ciudad y los terrenos agrícolas que constituían la vega del Guadalhorce, con el litoral marítimo al sur. A finales de siglo se habían construido más de 800 viviendas. Supone además un precedente y modelo para posteriores y similares proyectos, en el ensanche norte de la Trinidad (Tres Cruces), en la extensión de El Bulto (calle López Pinto) o en las cercanías de la fábrica La Aurora del barrio de La Pelusa (apelativo que recibían las trabajadoras textiles algodoneras).

No es baladí que el proyecto surja en el marco del Sexenio Revolucionario (1868-1874), en el que la organización y revuelta obrera habían alcanzado cotas considerables. La experiencia pone el punto de mira en dos focos: la taberna y el corralón. La taberna era considerada una fuente de alcoholismo y riñas, pero al mismo tiempo un lugar privilegiado para la propagación de ideas: «el obrero se inicia en todos los vicios posibles, y falsea su inteligencia alimentándose de absurdas utopías» (Prat de la Riba). La taberna sirve además como lugar de escape necesario ante el hacinamiento del corralón. Son corralones que se configuraban a su vez como el otro lugar privilegiado de sociabilidad, donde, sin intimidad ni espacio vital, se compartía prácticamente todo, también los malestares e ideas revolucionarias.

Era por tanto el momento idóneo para, mediante argumentos moralizantes e higienistas frente a la infravivienda del corralón, abogar por la vivienda unifamiliar. Esto suponía el inicio de un proceso por el que se pasaba de los espacios urbanos y de habitabilidad (atravesados por la comunicación y la sociabilidad) a un modelo que atomiza la familia (en su vivienda) para posteriormente generar un individuo clausurado o desenraizado, propio de la sociedad capitalista evolucionada neoliberal.

Huelin pretendía un proyecto alejado de otros precedentes como los corralones que en 1851 había promovido Manuel Agustín Heredia en El Bulto. En palabras de su arquitecto, Juan Nepomuceno, «el operario que pasa todas la horas de su trabajo en la gran familia del taller; es indudable que cuando este se retira a su vivienda anhela aislarse de todos para reconcentrarse solo en su propia familia». Se trata, pues, de un espacio de clausura y reproducción. Los trabajadores y trabajadoras de las fábricas malagueñas que vivían en los corralones del centro o los barrios de El Perchel y la Trinidad en condiciones cercanas al hacinamiento, con una sola habitación (o «sala»), con cocinas y aseos comunes, tendrían acceso a una vivienda unifamiliar con dormitorio, alcoba principal y cocina, además de un pequeño patio para jardín, lavadero o criadero de gallinas o cebadero de cerdos.

Ganaban en espacio y en comodidad, pero en esta iniciativa del industrial, como veíamos, había algo más: esas casas garantizaban o buscaban «paz social». Por si fuera poco, el proyecto prevé trasladar el orden y estatus de la fábrica al espacio urbano. Las únicas y mejores casas a dos alturas instaladas en las esquinas de cada manzana estaban reservadas para los capataces, de modo que los ojos de los superiores no solo vigilaban en el trabajo, sino también en el barrio. La estrategia es clara: por un lado llevar la disciplina al medio urbano, de lo que encontramos un buen ejemplo en el «mosaico de órdenes» de San Eugenio, una colonia obrera posterior, y por otro «aculturizar» a sus habitantes para adquirir y naturalizar el nuevo cuerpo de normas y valores.

Sumado a ello, no tarda tiempo el barrio en ser equipado con nuevos dispositivos que también comportan grados de control: una escuela, un dispensario médico y una iglesia. Un dato que lo ilustra: en 1878 solo el 26% de los niños y el 12,4% de las niñas de entre 10-14 años estaban escolarizados, pues la tendencia era la temprana incorporación al mundo del trabajo, lo que manifiesta la utilidad normalizadora de la escuela por encima de la educativo-formativa.

«Nos hayamos ante una incipiente ciudad capitalista, con dispositivos de autorreproducción de modelo a través de la incomunicación como mecanismo de control social frente a una periferia histórica obrera y popular. En esa periferia, las condiciones imponían la comunicación, la pertenencia a redes sociales y el desarrollo de un modelo cultural comunitario»

Nos hayamos ante una incipiente ciudad capitalista, con dispositivos de autorreproducción de modelo a través de la incomunicación como mecanismo de control social frente a una periferia histórica obrera y popular. En esa periferia, las condiciones imponían la comunicación, la pertenencia a redes sociales y el desarrollo de un modelo cultural comunitario, todo lo cual generaba homogeneidades ideológicas peligrosas para la burguesía.

Pese a todo ello, el caldo de cultivo para la conflictividad estaba servido. Las mencionadas técnicas de explotación y tecnologías que los industriales importaban acaban afectando a las condiciones del trabajo y los salarios. Los Larios, incluso antes que en Barcelona, venían implantando en Málaga dentro de la industria textil algodonera los husos y telares mecánicos, cuya primera consecuencia era una sustitución de trabajo cualificado (masculino) por otro menos cualificado para el que recurrían a mujeres (más barato). La progresiva inversión económica en tecnología la compensaban con rebajas salariales.

La situación estalla con la revolución de 1868, en un contexto de crisis financiera y de subsistencia arrastrada desde 1866. En Málaga, los obreros de la Industria Malagueña, en general influidos por la crisis de subsistencia, cesan en el trabajo y se dirigen a la vivienda de Martín Larios en la Alameda (hoy edificio de La Equitativa). Empuñando muchos de ellos pistolas y lanzando gritos de «a las armas» disparan varias veces a las puertas del edificio. La manifestación surte sus efectos y el día 20 de octubre, ya de noche, se reparten unas hojas entre los trabajadores con la firma Martín Larios e Hijos y el siguiente texto: «Habiendo visto el disgusto manifestado por los trabajadores y trabajadoras de los telares de mi fábrica y deseoso de evitar todo disgusto, ofrecemos a los mismos que, desde mañana, se les pagará un 20 por ciento, oséase, una quinta parte más del precio que se les ha venido pagando hasta aquí».

Es de destacar por su singularidad histórica la huelga de 1890. Ese verano estalla una huelga de las mujeres tejedoras, muchas de ellas vecinas de un barrio para el que ese verano debió de ser dramático, ya que coincidía con el cierre de la siderurgia de La Constancia, incapaz de competir con las del norte ante la imposibilidad de surtirse de combustible barato. La importancia de esta huelga estriba en el protagonismo de las mujeres y en la asociación de los trabajadoras más allá de su fábrica en incipientes organizaciones del proletariado, hasta el punto de que reciben apoyos para sostén económico de la huelga desde distintas fábricas textiles de Europa. Hacia las 10 de la mañana unas mil mujeres se concentran en la casa Larios y un comité de trabajadoras dialoga con los representantes de Larios sobre un aumento en el jornal. Reciben la negativa «debido a la depresión económica por la que atravesaba la empresa». La huelga se prolonga hasta el 15 de agosto de ese mismo año. Son muchas los detenciones, incluso la del máximo dirigente del PSOE, Pablo Iglesias, acusado de actuar en la huelga como asesor.

La situación, lejos de mejorar, fue a peor para las trabajadoras y vecinas del barrio: la mecanización continuaba, las trabajadoras descualificadas se importaban directamente desde las ocupaciones agrícolas, con cada vez peores condiciones, y la huelga estalla de nuevo en 1894 y en no pocas ocasiones posteriores.

Lo que sigue y engloba a este ejemplo concreto es todo un largo y complejo periodo de organización obrera, que adquiere su máximo exponente a raíz del proceso revolucionario de 1936. Duró hasta que en febrero de 1937 sufre un quebranto trágico como consecuencia de la toma de la ciudad por las tropas fascistas, que culmina con la conocida «Desbandá», la huida de una población desesperada en dirección a Almería mientras era bombardeada por mar y tierra, lo que a la postre causó la muerte de alrededor de 5.000 personas.

4. Cambio de paradigma: la ciudad turística

A finales del siglo XIX empieza a resquebrajarse la prosperidad alcanzada: la siderurgia entra en declive por la dificultad para conseguir combustible a buen precio; la caña de azúcar no puede competir frente la remolacha; el comercio decae sensiblemente; la agricultura queda arruinada por los devastadores efectos de la filoxera que arrasa el viñedo. En la etapa final del siglo se produce un descenso general de las actividades económicas, observándose incluso una disminución demográfica.

La crisis, con sus secuelas de pérdida de empleo, hundimiento de empresas y descenso general de las actividades económicas, lleva a buscar otras fuentes de riqueza. Algunas personas ven en el turismo una alternativa, con la idea de que Málaga saque partido a su privilegiado clima, y es a raíz de esta crisis que surgen las verdaderas iniciativas que cristalizan en 1897 con la creación de la Sociedad Propagandística del Clima y Embellecimiento de Málaga.

Aun así la primera mitad del siglo XX fue una etapa en transición. La antaño pujante industria malagueña perseveraba y se reinventaba en un intento por sobrevivir, al tiempo que un escenario global y local de enorme conflictividad social y política dificultaba la consolidación de cualquier intento de modelo turístico. Con ello, la fisonomía y usos del litoral de la ciudad varían poco respecto a los últimos años del siglo XIX. Tan solo destaca la expansión de la ciudad hacia el oeste mediante la construcción, en el periodo autárquico del franquismo, de viviendas destinadas a la población obrera, junto a la proliferación de chabolas, la consolidación residencial y de ocio burgués en la zona de La Caleta, así como el progresivo crecimiento de los asentamientos en Pedregalejo y El Palo, que evolucionaban hacia una idiosincrasia más pescadora.

La década de los cincuenta llega con un cambio de ruta en la Dictadura después de años de autarquía. El sistema económico y la sociedad se ahogan, el Régimen no puede sostener más un escenario estancado. Simultáneamente los Estados Unidos ven en España un territorio geoestratégico y por explotar, con lo que hacen una apuesta inversora, a la vez que demandan una apertura al Régimen con la que maquillar el respaldo a la dictadura.

Parece que se cuadran las condiciones para, después de más de medio siglo enunciándolo, abogar definitivamente por una Málaga turística. Con las inversiones aparecen las nuevas infraestructuras que preparan el escenario para la llegada masiva de turistas.

«El verdadero boom turístico se consolida realmente en los años sesenta. Se da una transformación evidente, primero tímidamente y después con empuje, y el estado también invierte para la promoción de la costa. Los hoteles crecen al sol y los visitantes descubren que Spain is different, barata y soleada»

El verdadero boom turístico se consolida realmente en los años sesenta. Se da una transformación evidente, primero tímidamente y después con empuje, y el estado también invierte para la promoción de la costa. Los hoteles crecen al sol y los visitantes descubren que Spain is different, barata y soleada. Se da una evidente permisividad y apertura en sitios clave, como Torremolinos (que aún formaba parte de la capital), donde se ven y toleran comportamientos impensables en otros lugares de la España franquista. La llegada de aire fresco en forma de turistas va transformando el ambiente y las subjetividades locales en un proceso de contagio cultural.

Al mismo tiempo, el cambio de modelo productivo favorece a unas élites del Régimen con grandes intereses vinculados tanto a la propiedad de tierras como al negocio inmobiliario y financiero. Mientras, la masa trabajadora se ve abocada a cambiar progresivamente desde un paradigma principalmente agrícola e industrial a otro ligado al sector servicios y de la construcción, y con ello a la rebaja de la cualificación y calidad laboral.

La transformación implica también un cambio desde el modelo productivo que caracterizaba la industria, a otro especulativo y rentista. Aparejado a esta nueva lógica se da un escenario abocado a una corrupción que intensifica y abona los beneficios (información privilegiada, influencias, adaptación o directamente forzamiento de las normativas, evasión de impuestos, etc.). Se sientan las bases del ciclo: el binomio sol-ladrillo y las prácticas corruptas, que caracterizarán hasta nuestros días el modelo productivo español con su sucesión de burbujas y crisis. La llegada de la democracia, y con ella del llamado Régimen del 78, intensifica y profundiza el modelo, mientras que el ingreso en 1986 en la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, desmantela los últimos restos industriales y en el reparto global de mercado a nuestro territorio se le asigna un papel exclusivamente turístico. Por otro lado, al margen de una democratización en las formas y las libertades, se mantienen y reproducen las mismas élites del anterior régimen, aderezadas con las vinculadas al aparato de partidos que sostiene al nuevo.

Olvido de la historia, impostura de la memoria

Tal y como describíamos, en la transición hacia el modelo industrial se da de nuevo un periodo y proceso de adaptación institucional, organizativa y subjetiva. Ya hemos comentado, para el caso concreto de la Dictadura, la apertura, también el cambio de sector productivo para las personas trabajadoras, y la correspondiente transformación subjetiva que implicaban ambos hechos.

El espacio urbano no es ajeno a este proceso transformativo. Otra vez, detrás de la solución a problemas y necesidades evidentes hay una agenda oculta, en este caso la fragmentación y eliminación de todo lo que oliese a comunidad obrera, para posteriormente borrar cualquier memoria o vestigio. Si algo había supuesto un contratiempo durante el último siglo para el flamante capitalismo industrial eran las comunidades obreras que generaba.

Y es así que ante antiguos anhelos y necesidades de la ciudad, como sanear áreas muy densificadas y deterioradas o abrir nuevas arterias de comunicación, se aprovecha para arrasar y fragmentar las zonas de la ciudad de tradición más políticamente conflictiva. Es el caso, por ejemplo, del Perchel, con el recurso de abrir la nueva avenida de Andalucía. Corre el año 1940, justo recién instaurado el nuevo régimen fascista y tras años de purga social, cuando se inician las expropiaciones y derribos. La nueva vía proyectada atravesaba el barrio y su construcción implicaba la desaparición de cientos de edificios y de numerosas calles, para lo que fue necesario reubicar a miles de personas. El barrio obrero quedaba dividido por una brecha geográfica en dos sectores, uno al sur, articulado por las calles Ancha y Cuarteles, y otro al norte, en torno a la iglesia de Santo Domingo, que lindaba con el barrio de la Trinidad.

Lo que es un ejemplo particular, marca la tendencia de las próximas décadas, de manera que, a diferencia de otras muchas ciudades, Málaga borra sistemáticamente cualquier resto o memoria de su pasado obrero, hasta el punto de reinventar la historia e identidad de barrios como Huelin.

En efecto, como contábamos, Huelin era un barrio obrero, rodeado de fábricas y habitado y colonizado progresivamente por más y más población atraída por la industria. Evidentemente, como en todo barrio o poblado que habita al lado del mar, en los núcleos chabolistas, construidos sobre la misma playa y más allá de las vías del tren que la transitaban, se recurría de manera puntual, o habitual, a una pesca que siempre ha sido de buena ayuda. Más allá de esto, y de que progresivamente la tendencia se acentuara, Huelin ha sido un barrio obrero, muy cercano al mar, pero a la vez construido de espaldas a un litoral que se veía copado por las instalaciones fabriles, las infraestructuras de comunicación y afectado por la contaminación: un barrio que hasta el siglo XXI no ha podido abrirse al mar.

Pese a todo ello, en las sucesivas remodelaciones urbanísticas de las plazas y calles del barrio ha sido recurrente la instalación de elementos o símbolos marineros que evidentemente embellecen, generan un ambiente agradable y no dejan de tener su parte de verosimilitud. Con todo, en contraste con la realidad obrera del barrio y la visibilidad que esta tiene, no deja de ser un hecho significativo de maquillado y construcción forzada de un nuevo imaginario que llegó incluso hasta la fe. Así lo prueba que el tradicional Cristo del Pañuelo, venerado como patrón por las familias obreras del barrio, fue olvidado y relegado por la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, que hoy día se saca en procesión con toda una escenificación marinera para la que se recurre, por ejemplo, a trajes que nunca usaron los pescadores.

5. Málaga en venta

Pasan los años y más allá de la coyuntura local con la Dictadura y la apuesta por el turismo, el capitalismo global muta definitivamente desde el productivo industrial al financiero especulativo. En el cenit del modelo entran en crisis también las subjetividades que lo protagonizan, el movimiento obrero en tanto que sujeto único de lucha y las instituciones que lo vertebran, como sindicatos y partidos comunistas. Mayo del 68 supone un punto de inflexión y enmienda desde unas nuevas subjetividades que no se ven representadas en sus formas, valores y prácticas, pero que a su vez se reivindican como sujetos de lucha: mujeres, LGTBI, jóvenes, ecologistas, minorías étnicas, etc., ponen su agenda política sobre la mesa, a la vez que nuevas formas organizativas.

Una vez más nos hallamos ante un cambio de ciclo, al que los distintos agentes sociales han de adaptarse. Las fobias (disciplina, rutina, jerarquías) y filias (libertad, creatividad, horizontabilidad) de las nuevas subjetividades emergentes son rápidamente leídas y reinterpretadas por un capitalismo que se reinventa para capturarlas. Se recurre a los medios y el consumo para seducir con ofertas singulares; el trabajo muta a emprendedor, innovador, creativo, experimental; la vieja empresa piramidal deviene archipiélago de filiales, con equipos de trabajo y freelance. Por contra, los recientes y diversos perfiles subalternos de esta sociedad se hallan en una tensión entre, por un lado, la identidad y la predominancia del sujeto histórico obrero, con sus tradicionales formas organizativas y, por otro, lo nuevo y diferente emergente. Los unos se resisten a evolucionar, mientras las otras no acaban de encontrar la mejor forma de aglutinar y organizar las multiplicidades que las componen. Se trata de un colapso político que en gran parte a día de hoy sigue sin acabar de resolverse.

La situación de evidente desequilibrio de fuerzas desemboca rápidamente en la apuesta del nuevo capitalismo neoliberal por demoler el frágil estado de bienestar, fruto del contrato social de la etapa anterior. Con ello, alcanza un basto terreno de negocio y corruptelas por explotar en la gestión de los servicios esenciales y, lo más interesante y valioso, una nueva oportunidad de ampliar el negocio financiero con las aseguradoras. A la vez, genera un medio vital de precariedad para las clases subalternas, que las debilita y fragmenta más y más.

«La seducción del modelo y el festín general, al que pareciéramos estar todas invitadas, convertía a cada vecina en una potencial pequeña especuladora de su propiedad inmobiliaria durante las sucesivas burbujas que se han sucedido»

Todo este proceso también ha tenido una traducción sobre nuestro territorio y sociedad local. La seducción del modelo y el festín general, al que pareciéramos estar todas invitadas, convertía a cada vecina en una potencial pequeña especuladora de su propiedad inmobiliaria durante las sucesivas burbujas que se han sucedido. El problema venía con las crisis que siguen a toda burbuja, especialmente cuando el punto de partida y las consecuencias no eran iguales ni equitativas. Las resultados: una sociedad endeudada con una banca sostenida y rescatada por sus deudores, la complicidad y compresión de una masa social seducida para con cualquier abuso y corrupción necesarios para engrasar la máquina y, cómo no, un territorio (objeto último de explotación y negocio sobre el que se sostiene el modelo) absolutamente degradado.

Degradación del territorio y la costa

Si nos atenemos a la mera costa, las mayores transformaciones se dieron a partir de 1964 con la construcción de los grandes edificios de La Malagueta, todo un icono del boom turístico y el mal gusto que lo caracteriza, en una zona que hasta entonces seguía ocupada principalmente por chabolas de pescadores y talleres de todo tipo. La playa todavía era una estrecha franja. Solo en 1990, mediante una rápida intervención de tres meses, la escollera que protegía el Paseo Marítimo Pablo Ruiz Picasso queda convertida en una espectacular playa de 2,5 kilómetros de longitud por 50 metros de ancho, desde El Morlaco hasta el Club Mediterráneo, y para la que se aportaron 1.850.000 metros cúbicos de arena.

Por otro lado sigue la colonización progresiva a medida que se desmantelan instalaciones industriales del litoral oeste. Por su singularidad, que describe perfectamente la época, debemos mencionar Sacaba Beach. En el extremo oeste de la playa de La Misericordia, justo antes de la desembocadura del Guadalhorce, donde «se acaba» todo, en los años sesenta se erige sobre los terrenos de la antigua Central Térmica esta urbanización, entonces aún rodeada de ruinas y contaminación. Más que una realidad suponía una ilusión de lo por venir, un futuro de turismo residencial paradisíaco: Sacaba Beach, la expresión del desarrollismo malagueño en su máximo esplendor.

La realidad: un reducto donde las infraestructuras y equipamientos brillan por su escasez, donde el más alto de los edificios destaca con una arquitectura que remite lejanamente a los grandes establecimientos hoteleros que florecían por aquel entonces en Torremolinos. Hoy, los pocos equipamientos aparecen extrañamente vacíos, dañados por el óxido, y encontramos un bar-restaurante que ni siquiera tiene vistas al mar, etc. Sacaba es un barrio despoblado en gran parte: entre 2004 y 2015 ni siquiera contaba con transporte público, carece de un mínimo comercio, no pocos vecinos se han marchado en los últimos años y muchos de los pisos son ocupados únicamente en verano, adonde siguen llegando los malos olores de la desembocadura del río. El barrio parece abocado a que el cambio climático, que cada año acosa con mas virulencia sus edificaciones, lo termine de engullir.

Por su parte, Pedregalejo y El Palo continuaban creciendo tierra adentro, mientras que las precarias edificaciones a pie de playa se mantenían como podían. Ambos barrios evolucionan muy vinculados al mar, a la pesca del copo y los merenderos para disfrutar de sus productos. No es hasta finales de la década de los ochenta que, con la construcción de los espigones, las casas de primera línea quedan protegidas de las embestidas del mar. A partir de entonces ambos barrios se transforman en una zona muy atractiva para el turismo, se asientan y proliferan los chiringuitos, las casas, todavía hoy en vías de escriturar, se consolidan y se adaptan para el alquiler de temporada. Pedregalejo, en mayor medida, sucumbe a la transformación turística, mientras El Palo parece resistirse a perder su idiosincrasia. De todo ello hemos conversado con parte de su vecindario en otro de los artículos de esta edición de Gente Corriente.

Más allá de la mera construcción sobre el mismo litoral, lo que ha dañado, y mucho, la costa son cuatro factores humanos vinculados al modelo de explotación intensiva:

Dragado de arena: a finales de los años ochenta, con la intención de ampliar las playas, se draga arena a unos cuantos metros de la orilla, lo que arrasa el hábitat de muchas de las especies tradicionales (peregrinas, vieiras, búsanos, chochas, conchas finas, coquinas, almejas, etc.).

Vertidos: casi 800.000 personas habitan la ciudad de Málaga y su aglomeración urbana, a las que hay que sumar las miles que llegan en el periodo estival. Sin embargo, solo contamos con una Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR del Guadalhorce) del todo insuficiente. Con ello, el río Guadalhorce, como se ve con más detalle en otro de los artículos de este periódico, se convierte en la mayor cloaca de la provincia, al verter cada día aguas residuales sin apenas depuración. A ellas hay que añadir el vertido directo al mar de miles de litros de aguas fecales desde las estaciones de bombeo a través de los aliviaderos situados en plena playa.

Paseos Marítimos: rompen la dinámica natural del ecosistema litoral, definido no en vano como el encuentro de mar, tierra y aire. En el momento en que se interviene de esta forma alguno de los tres medios rompe el frágil equilibrio. De hecho, los paseos marítimos se asientan sobre las arenas de las playas e impiden su regeneración.

Corte de ramblas: en la zona litoral este hay numerosas ramblas que en su momento supusieron un obstáculo geográfico para lanzar los ejes de comunicación. Estas ramblas, que acumulan aguas de las lluvia en la zona de recepción, bajaban en cauces estrechos de pronunciada pendiente arrastrando materiales en gran cantidad, sin apenas rozamiento y desgaste antes de llegar al mar. Es por ello que las playas de Málaga no son de arena fina sino de canto rodado, playas de piedras (de ahí el nombre de Pedregalejo), si bien en el litoral oeste el Guadalhorce desciende por una cuenca de poca pendiente que sí aporta sedimentos más rodados y arena. La corriente, al arrastrar los materiales menos pesados en suspensión (arena), se encontraba con el obstáculo del muelle de levante del Puerto, y al acumularse en aterramientos dio lugar a La Malagueta.

Con el desarrollismo, todo este sistema se ve interferido por la urbanización sobre las propias ramblas, incluso en la propia zona de recepción de aguas en la cima de las colinas. En el mejor de los casos perduran las ramblas, pero sin margen de cauce en los momentos de precipitaciones tormentosas, cuando debido a su considerable pendiente requerirían de más espacio para evitar las crecidas. De este modo se altera la lógica territorial y natural, cuyo efecto inmediato son las inundaciones tras las precipitaciones de cierta intensidad.

Por añadidura, la bajada de los cauces no solo arrastraba materiales, sino que también transportaba nutrientes orgánicos y minerales que se acumulaban en la orilla de la playa. Daban lugar así a la vegetación que servía de soporte vital para las especies marina menores, que a su vez alimentaban a la mayores, en lo que constituye la conocida cadena trófica.

Al romperse todo este ensamblaje natural se trastorna el ecosistema, lo que afecta evidentemente a las especies marinas. Todos estos factores, unidos en menor medida al abuso del alevín y de las redes de arrastre, acaban con la pesca natural en las playas de Málaga, que antaño eran praderas verdes de algas en las que destellaban los plateados bancos de peces.

Tiempos de cambio de modelo

El modelo de ciudad neoliberal, sobre todo en su vertiente productiva ligada al tándem turismo-construcción, siempre necesita más y más territorio por engullir, de modo que recurrentemente surgen ideas y proyectos para engrasar la maquinaria. En la actualidad, y también lo estamos viendo en este monográfico de Gente Corriente, las amenazas se centran en el dique levante por el proyecto de la Torre del Puerto, en los Baños del Carmen, el barrio del Palo, la desembocadura del Guadalhorce, etc. Son espacios amenazados por proyectos concretos, ideas o simplemente territorios a los que extender un modelo de ciudad turistificada Hasta hace bien poco cualquier proyecto que profundizara en este modelo era prácticamente incuestionable, salvo por minorías, pues bastaba invocar palabras clave como desarrollo, empleo, turismo… Sin embargo, nuevas percepciones, sentires, lógicas y prácticas se implantan y crecen en la ciudad. En este monográfico estamos revisando algunas de ellas.

«Al igual que describíamos la transición de la ciudad precapitalista a la capitalista, de la industrial a la turística, de la productiva a la financiera, quizás ahora asistimos y protagonizamos una nueva hacia otro modelo y paradigma que aún está por nombrar»

Al igual que describíamos la transición de la ciudad precapitalista a la capitalista, de la industrial a la turística, de la productiva a la financiera, quizás ahora asistimos y protagonizamos una nueva hacia otro modelo y paradigma que aún está por nombrar.

Lo cierto es que el modelo inmobiliario-turístico, pese a que no deja de reinventarse en su agonía, no parece tener por delante demasiado recorrido, por mucho que en apariencia nos enfrentamos a la enésima burbuja, ahora vinculada a la percepción de inseguridad en el Mediterráneo sur, por un lado, y por otro al estallido inmobiliario de los apartamentos turísticos, como analizamos en el número pasado de Gente Corriente.

Estamos ante un colapso multifacético: económico, con un modelo que cada vez encadena crisis más frecuentes y dilatadas; ecológico, con un territorio muy degradado y con la amenaza de los efectos de un cambio climático cada vez más presente; sociopolítico, con una sociedad acercándose al límite de su flexibilidad y en su tolerancia para con unas prácticas marcadas por la corrupción inherente al modelo. Y lo más importante, en parte producto de todo lo anterior, las nuevas subjetividades son ajenas a los principios, valores, prácticas y deseos que impregnan el viejo modelo. Todo ello invita a certificar el fin de ciclo.

Si en el precapitalismo las tierras y bosques comunales, y en el capitalismo industrial las fábricas, tabernas y barrios obreros, funcionaron como caldo de cultivo para la sociabilidad y la composición de experiencias antagonistas, hoy día vivimos en una sociedad y unas subjetividades marcadas por internet. A la ciudad competitiva, privativa e individualizada del sálvese quien pueda se opone la ciudad cooperativa, la de la abundancia y el vínculo, la ciudad de los comunes urbanos. Mientras tanto, el capitalismo, siempre veloz para adaptarse y capturar las nuevas subjetividades, parece encontrar rápidamente fórmulas. La plataforma Airbnb sería solo un ejemplo.

La amplitud y complejidad de esta problemática abarca cuestiones como qué recientes y diversas formas de organización están surgiendo, qué subjetividades se constituyen, cuáles y cómo son esos focos de nueva ciudad que emerge, y dónde. Frente a todo ello se impone pensar en cómo se rearticula el capitalismo con nuevos discursos y dispositivos de control para la captura y qué ciudad genera… Y por último, por dónde perdura y se resiste lo viejo.

Si ahora posponemos ese análisis poliédrico es solo para dedicarle el próximo monográfico de Gente Corriente.

Juan Díaz Ramos

Fuentes:
Alfredo Rubio Díaz (1996): Viviendas unifamiliares contra corralones. El barrio obrero de Huelin (Málaga 1868-1900). Miramar.
Rafael Reinoso Bellido (2005): Topografías del Paraíso. La construcción de la ciudad de Málaga entre 1867 y 1959. Colegio Oficial de Arquitectura de Málaga.
Blogs: laporte.es, todomalaga.net
Agradecimientos: por sus saberes y apoyos a Alfredo Rubio y Eduardo Serrano.