Barrial Geographic: cuando la mirada consumidora es observada por la mirada del barrio de Lagunillas

Álvaro Ruiz, activista

Finales de julio de 2017. Un periódico local dedica una página a una iniciativa de una empresa local dirigida por un empresario especializado en Planificación Territorial, Urbanismo y Mercado Inmobiliario. Es publicidad, pero se presenta como noticia. El periódico anuncia una visita guiada por los grafitis de Lagunillas a cargo de una joven licenciada en Historia del Arte, «experta» en el tema. La visita cuesta 8 euros. Se inscriben 30 personas. Dos semanas antes de la visita algunas vecinas y vecinos tratan de ponerse en contacto con los organizadores. No hay respuesta. Se les pide, a través del evento creado en Facebook para la ocasión, que se se comuniquen con la asociación del barrio. No hay respuesta. Dos días antes de la visita guiada un vecino logra hablar con el empresario, quien le dice que la calle es libre y que harán lo que quieran.

«Ok, nosotros también», pensamos. Las grafiteras y grafiteros se cabrearon: «¿¡que van a cobrar por enseñar los grafitis que hemos hecho gratis y para todo el mundo!?, ¿¡que van a explicar nuestras creaciones sin contar con nosotras!?». Surge un debate necesario acerca del contenido de los grafitis: hasta ese momento los temas no aludían a la situación del barrio, no estaban suponiendo ningún conflicto para los agentes gentrificadores, es más, estaban siendo el reclamo. Se comenta la destrucción de obras por parte de Blu y otras y otros artistas callejeros en Berlín[1]. Pese a que aún se está por profundizar en ese debate, las grafiteras comienzan a tomarse en serio el papel que pueden estar jugando en la nueva burbuja cultural-inmobiliaria. Y pocas semanas después las paredes comienzan a balbucear una crítica. Por primera vez aparecen grafitis que denuncian las consecuencias perversas del turismo masivo y el oportunismo capitalista, lo que convierte a Lagunillas en un «activo» algo más incómodo o problemático en el contexto malagueño[2].

Decidimos activarnos. Con la visita a la vuelta de la esquina, nos reunimos en torno a una propuesta: transformar al grupo visitante en objeto de nuestra mirada, curiosidad y estudio. Todo esto transcurría en un contexto de ataque mediático a nivel estatal a la cada vez más visible resistencia de vecindarios de toda España a la masificación turística y sus consecuencias. Solo se escuchan dos palabras en los medios españoles durante esos días: Venezuela y turismofobia. Ponen a circular la palabra «turismofobia»[3] por televisión, radio, papel e Internet. Dedican tertulias televisivas a propagar un término creado por el dispositivo financiero-turístico-mediático para patologizar y despolitizar las expresiones del malestar que está provocando la industria turístico-inmobiliaria sobre las vidas locales. Había que tenerlo en cuenta ante la posibilidad de que se nos patologizara y criminalizara.

En primer lugar utilizamos los grafitis para interpelar a la empresa y a las asistentes directamente. Decidimos colocar sobre los principales grafitis el mensaje «El arte aquí es gratis. Para todos. Mi barrio no es tu negocio. Si quieres conocer y apoyar el barrio manda email a lagunillasporvenir@gmail.com». De este modo, además de la incomodidad y la invitación a conocer Lagunillas con sus vecinas y vecinos, el mensaje quedaría registrado en cada foto.

En segundo lugar, aprovecharíamos la visita para rodar una Lagunews, invirtiendo la relación de captura, al integrar a la empresa turística como figurante en nuestras prácticas creativas.

Y en tercer lugar, el lenguaje del humor y la parodia, además de ser el lenguaje «espontáneo» del barrio, cobraba especial importancia estratégica. La parodia tiene un doble sentido: en oposición, entendida como burla, y en paralelo, como repetición que introduce una diferencia. Se trataba de, mezclando a Bourdieu con Butler, responder al habitus turístico cultural con parodia queer antigentrificadora. La parodia permitía situarnos en paralelo a la liturgia predecible de un grupo turístico guiado para introducir una diferencia, producir un acontecimiento y singularizarnos ante la instrumentalización capitalista de la riqueza cultural del barrio. La visita guiada suponía un acto performativo a través del cual comenzaba a instituirse en Lagunillas el grafiti como arte-mercancía y objeto de saber experto, al barrio como museo, a sus vecinas como figurantes y a las graffiteras como productoras del común capitalizados por el hecho de no separar arte y vida en un espacio público. La parodia, llevar al exceso el estereotipo y ofrecerse como una imagen invertida, podría neutralizar la fuerza performativa de lo que esa visita, con su anuncio previo en prensa, pretendía inaugurar.

Permitía evidenciar la violencia naturalizada, al reflejarla cómicamente a través de un contraperformance, pero también que el grupo visitante no se sintiera en peligro ante nuestra cómica presencia y a la vez dificultar nuestra posible criminalización por la prensa y un hipotético retrato de como vecinos radicales afectados por una fobia irracional al turismo. Así que alguna y algunos nos vestimos con elementos que recordaban a los reportajes de National Geographic y acudimos al evento equipados al estilo safari. Encontrábamos en el imaginario colonial europeo en África el lugar del exceso paródico desde el que reflejar la colonialidad capitalista en la metrópolis.

Habría que aclarar que nos sorprendió la composición sociológica del grupo. Esperábamos un grupo de turistas extranjeros, pero se trataba mayormente de personas provenientes de otros barrios de Málaga más pudientes. Aproximadamente la mitad eran jóvenes y la otra mayores. Esta aparente paradoja se resuelve disociando la imagen del turista de la del extranjero del Norte global, y es que, cada vez más, en una ciudad como Málaga todas somos turistas. A medida que el dispositivo turístico configura los espacios y relaciones, cualquiera se convierte en su producto más inmediato: el turista (y/o en su otra cara: la trabajadora precaria).

El «plan» surgió sobre la marcha: esperamos al grupo visitante en el solar »Victoria, ¿de quién?», enfocándolo con cámaras, móviles, prismáticos, etc., a la vez que alguien grababa y fotografiaba la escena desde fuera. Mientras tanto, uno de nuestros «guías expertos» del Barrial Geographic impartía una lección, con tono pretendidamente académico, sobre apropiación cultural, oportunismo capitalista y grupos turísticos en barrios empobrecidos. Jugamos a convertir su práctica consumidora en objeto de nuestras miradas, registros y análisis, tal y como nuestras prácticas artísticas-vitales estaban siendo convertidas por su práctica de consumo. Donde un grupo privatizaba la riqueza colectiva en nombre de la libertad neoliberal entendida como mercantilización del espacio público, el otro la defendía dándole un giro político a esas nociones de libertad y de público en nombre del común.

Como decimos, nuestro objetivo de fondo no era tanto evitar su visita sino invertirla y transformarla en material para una Lagunews. Si nosotras estábamos trabajando para el beneficio de una empresa, el grupo guiado y la empresa trabajarían de figurantes para Lagunews.

¿Qué pasó? La política del acontecimiento

Nuestra consigna era no entrar en confrontaciones dialécticas con la guía turística ni con las asistentes, para evitar personalizar el conflicto. Pero también porque suponía teatralizar la relación científica-capitalista-patriarcal de sujeto a objeto que estábamos recibiendo por la vía de la industrialización cultural y el saber experto. La relación sujeto-objeto es una forma de violencia que se basa en la anulación de la subjetividad del otro, instituye una relación binaria jerarquizada que solo se puede sostener en el tiempo a través de la imposición y la colonización; es un monólogo del saber-poder. Ese elemento de violencia, que también nosotras ejercíamos a nuestra escala, al convertir al grupo turístico en objeto, podía ser un disparador, si se entendía nuestra inversión paródica, de forma que conectara con la violencia con la que el barrio percibe la manera en que es visitado y, por extensión, la de cualquier agente gentrificador. Era el humor lo que podía introducir la diferencia necesaria para hacer valer nuestro gesto como un acto de violencia defensiva. En cualquier caso, el conflicto había sido planteado. Así que el grupo visitante reaccionó y también se singularizó.

Nuestras pretensiones de actuar sin interaccionar directamente con el grupo se fueron al traste cuando las personas mayores comenzaron a interpelarnos y a justificar su visita. Una señora se acercó a decirnos que había venido a ver la casa donde nació su madre y que había un grafiti horrible (¿?). Otro señor se acercó a recriminarnos que si no hubiera sido por la historiadora del arte no habría pensado nunca que «eso» era arte: él pensaba que era suciedad urbana. En otro momento, alguien comentó que si no hubiera sido por la visita guiada no hubiera ido a conocer los grafitis, ya que el barrio le da miedo… Y entonces el guion y los performances de cada grupo se rompieron, los grupos se mezclaron, los grupos-objeto de la observación y los enunciados se transformaron en grupos-sujeto dialógicos, dando lugar a discusiones y conversaciones donde tratábamos de explicar los motivos de nuestra acción e invitar a visitar el barrio y apoyarlo junto con al vecindario, no sin él.

Llegados a este punto, el temor y el disgusto de las personas mayores contrastaban con las reacciones de la gente joven. Algunas y algunos se acercaron a pedirnos disculpas, a expresar su simpatía por el barrio y a aclarar que no sabían que esta empresa no había querido hablar con nosotras. Escucharon nuestros relatos sobre las consecuencias del turismo cultural en Lagunillas (expulsión vecinal, aumento de alquileres, amenaza de su singularidad, vecinos en peligro de desahucio, etc.). Algunas de ellas abandonaron el grupo turístico y se quedaron hablando con el grupo vecinal. Intercambiamos contactos. Y acabamos tomando cerveza en un bar del barrio donde, terminada la visita, también acudió la guía turística con quien pudimos hablar amigablemente, cada quien desde su posición.

 

[Vídeo de la acción]

 

[1]     «Berlin graffiti artists destroy their art to fight gentrification»: http://skrufff.com/2014/12/berlin-graffiti-artists-destroy-their-art-to-fight-gentrification/

[2]     Pese a que un grafiti politizado y la actividad militante misma puedan insuflar energías a la gentrificación de un barrio, la política del gobierno neocon de Málaga es bastante tendenciosa y represiva respecto a la visibilidad de enunciados en el espacio público. En abril de 2017 el Ayuntamiento de Málaga amenazó a una asociación marroquí con una multa de 600€ si no retiraba un mural de la puerta. El mural representaba a un joven marroquí mirando a Europa detrás de la valla fronteriza y a una mujer negra con una balanza en la que decía “No hay justicia sin igualdad”: http://cadenaser.com/emisora/2017/04/18/ser_malaga/1492532927_225371.html. Sin embargo, tres años antes, Obey había realizado un mural enorme por encargo del gobierno municipal. El mensaje original decía «Paz y Justicia», pero Obey lo cambió a petición de los mecenas por «Paz y Libertad», un mensaje mucho más cómodo para los neocon. Ver Rogelio López Cuenca: «Obey en Málaga»: https://contraindicaciones.net/obey_en_malaga_un_analisis_de_rogelio_lopez_cuenca/.

[3]  Oracio Espinosa: «Turismofobia: patologizar el malestar»: http://www.eldiario.es/catalunya/opinions/Turismofobia-Patologizar-malestar-social_6_660443975.html

Cultura, Turismo y Desarrollo Local: el modelo de Málaga a debate. El crecimiento turístico y cultural de Málaga… ¿un desarrollo sostenible?

Anton Ozomek (Colectivo en Defesa del Patrimonio Histórico de Málaga)

Cursos de Verano UNIA 2017. Cultura, turismo y desarrollo local: el modelo de Málaga a debate 25/9/2017

Contestar a la pregunta planteada, sobre si el crecimiento turístico y cultural de Málaga responde a un desarrollo sostenible, puede hacerse desde múltiples puntos de vista.

Por mi parte, voy a tratar de hacerlo a través del análisis de dos variables que llevo algunos años estudiando de forma directa: el patrimonio arquitectónico y las actividades económicas.

Pero antes de ello, creo imprescindible hablar de una palabra que se ha puesto de moda: TURISMOFOBIA.

Ahora que la neolengua más orweliana ha puesto de moda este término, bien vale una reflexión seria sobre lo que está ocurriendo; porque este es un fenómeno que sin duda merece un análisis más profundo y sosegado que el simplista duelo entre: “al turismo una sonrisa” y el “tourist go home”.

No se trata de prohibir o demonizar el turismo. Y por supuesto que no se pueden tolerar acciones de acoso directo a ningún visitante de nuestra ciudad. Pero tampoco se trata de convertir el turismo en único motor económico, al menos bajo sus actuales condiciones de precariedad laboral y bajos salarios.

De lo que sí se debe tratar, es de nunca permitir actividades sin regulación. Se hace imprescindible tener un plan de usos turísticos, que determine cuál es el punto de equilibrio entre diferentes usos y funciones; que pueden ser perfectamente compatibles, siempre y cuando se establezcan de forma objetiva sus umbrales, y se defina su correspondiente capacidad de carga.

Todo el mundo entiende que un autobús con 50 plazas tiene una capacidad para 50 personas, y que si suben más viajeros, habrá incomodidad y surgirán problemas. Y que si, por ejemplo, alguien se pone a fumar, habrá viajeros que se sentirán especialmente molestos. Pues con el territorio sucede igual: cualquier zona de la ciudad tiene una capacidad limitada, y los usos que se desarrollen en ellos pueden implicar incompatibilidades… o no, dependiendo de la tipología y de la intensidad de esos usos.

Tras los experimentos urbanísticos del siglo XX, ahora ya sabemos que el “monocultivo” genera no pocos problemas, y que un centro urbano es más sano y rico cuanto más diverso es; y que la diversidad reduce la incertidumbre, porque apostar todo a una sola carta implica asumir un riesgo excesivo.

Estoy convencido de que la ciudad de Málaga puede seguir creciendo en cuanto a economía del turismo, y que puede hacerlo de forma sostenible; pero para que así sea, no debe seguir haciéndolo en las circunstancias actuales. O sea: ocurriendo casi exclusivamente en el intramuros medieval, y menos aún a costa del patrimonio histórico, de la calidad de vida de los vecinos o del desequilibrio de la estructura empresarial.

Y tras esta breve introducción, paso ya a los datos. Datos de primera mano que cualquier persona puede contrastar y verificar. Porque un análisis geográfico que pretende ser científico, debe basarse siempre en información sistemática y veraz.

En cuanto al territorio de análisis, voy a ceñirme a lo que en urbanismo se denomina almendra histórica.

La almendra es la zona más o menos coincidente con el intramuros medieval, y que queda delimitada por Alameda, Santa Isabel, Carretería, Álamos, La Merced, Alcazabilla, Cortina del Muelle y La Marina.

Para esta zona, desde el año 2011, vengo estudiando la evolución histórica del parque inmueble; y he podido constatar que, no solo fenómenos ya conocidos como la gentrificación, provocan degradación del patrimonio histórico; sino que, paradójicamente, también turismo y cultura pueden alimentar el expolio.

Más adelante van a ver que alojamientos turísticos y museos afectan a los edificios históricos, pero para que se entiendan en toda su dimensión las cifras que expondré, necesito contextualizar la situación real del patrimonio, muy mermado ya por la dinámica inmobiliaria de las últimas décadas. Porque, por ejemplo, no es lo mismo sufrir una gripe en un cuerpo sano, que en uno que ya padece bronquitis crónica.

El centro de Málaga inició su declaración formal como Bien de Interés Cultural de Conjunto Histórico-Artístico en 1985, tras la aprobación de la Ley del Patrimonio Histórico Español… que a su vez era requisito previo a la entrada de nuestro país en la entonces Comunidad Económica Europea.

En aquella época el centro histórico de Málaga sufría un proceso de abandono residencial y empresarial, y también de degradación urbanística y arquitectónica.

Por eso la Ley de Patrimonio abría una etapa de esperanza. Sin embargo, ni su aprobación ni la redacción del subsiguiente PEPRI (el Plan Especial de Protección y Reforma Interior), significaron precisamente una mejor conservación del patrimonio; sino justo lo contrario, como vengo demostrando a través de la investigación “Geografía del Desastre”, cuyos datos se inician en el año 1957, justo tras la aprobación de la entonces nueva Ley del Suelo en España.

Aviso ahora que ver este cronomapa, duele. Esta cartografía dinámica, en solo dos minutos sintetiza cientos de horas de trabajo de investigación, y muestra año por año, parcela a parcela, las demoliciones de edificios históricos habidas en la almendra de Málaga.

Tras el análisis de abundante documentación, sobre todo cartografía histórica y fotografías, tanto aéreas como a pie de calle, se ha constatado según acabamos de ver, que entre 1957 y 1985 se demolieron en la almendra 173 edificios centenarios, lo que arroja una tasa promedio anual de 6 demoliciones.

Esta tasa puede no parecer muy abultada, pero ha de tenerse muy en cuenta el efecto acumulativo, porque esa pérdida es insustituible. La desaparición de edificios históricos puede acabar implicando una triste paradoja: que el centro histórico tenga más edificios contemporáneos que centenarios.

Pues bien, si durante el periodo 1957-1985, la almendra perdió 6 edificios históricos cada año, lo lógico sería pensar que en el periodo 1985-2016 -cuando ya existía un marco normativo europeo- se frenaría esta pérdida patrimonial.

Pero desgraciadamente no fue así. De hecho, desaparecieron otros 396 edificios históricos. O sea, que la tasa anual de pérdida del patrimonio duplicó con creces la del periodo anterior, y se situó en 13 edificios desaparecidos cada año.

Si sumamos las demoliciones de ambos periodos, tenemos que desaparecieron un total de 568 edificios históricos. O sea, que en poco más de cinco décadas se ha demolido el 44,5% del total del parque edificatorio centenario de la almendra histórica de Málaga.

Esto sería algo así como enterarse que dentro del Parque Natural de la Sierra de las Nieves, en fechas recientes, se ha talado uno de cada dos pinsapos, y se han plantado en su lugar pinos y eucaliptos. O sea: una barbaridad, tanto en términos de cantidad como de calidad.

Y esta pérdida de patrimonio está motivada fundamentalmente por la ignorancia y la avaricia. Ignorancia por no entender el significado cultural que implica conservar los edificios históricos; y avaricia por preferir fomentar las plusvalías inmobiliarias (o sea, la especulación legalizada), que implican al menos desde un punto de vista cultural, un enriquecimiento injusto.

Por supuesto, algunos dirán que las ciudades no pueden congelarse en el tiempo, que deben evolucionar y progresar. Pero este es un argumento que elude reconocer que el término municipal de Málaga cuenta con 6.000 hectáreas de suelo urbano, mientras que la almendra cuenta con apenas 40. O sea, que había disponibles miles de hectáreas para hacer crecer y evolucionar a la ciudad sin por ello necesitar, ineludiblemente, destruir el patrimonio arquitectónico; patrimonio heredado de nuestros antepasados y siendo, además, nuestro deber, conservarlo para las generaciones venideras.

Y también algunos dirán que no todo lo antiguo hay que conservarlo, que no todo lo histórico es digno de ser protegido. Pero resulta que las leyes, así como los expertos mundiales dicen justo lo contrario.

Porque la UNESCO establece que “los edificios que constituyen las áreas históricas pueden no tener ellos mismos un valor arquitectónico especial… pero deben ser salvaguardados como elementos del conjunto, por su unidad orgánica, dimensiones particulares y características técnicas, espaciales, decorativas y cromáticas insustituibles en la unidad orgánica de la ciudad”.

Rotundo. Esto es lo que indica la Carta de Cracovia, del año 2000. Y es precisamente a partir de esta fecha cuando el centro de Málaga comienza a experimentar el fenómeno turístico, pues hasta entonces en nuestra tierra el turismo era cosa de sol y playa; pero sin duda la apertura del Museo Picasso supuso un antes y un después para Málaga, al igual que ocurriera, por ejemplo, en Bilbao con el Museo Guggenheim.

Así lo vemos de forma clara en la evolución de los datos –y pasamos ahora de la cuestión patrimonial a la de las actividades económicas– procedentes del trabajo de campo, realizado por la consultora de geomarketing DonDeNegocios, para la Asociación Centro Comercial Abierto de Málaga.

En este primer mapa observamos 1.617 locales existentes a pie de calle dentro de la almendra en la actualidad. Para estos locales disponemos de datos de uso; recogidos mediante trabajos de campo exhaustivos y sistemáticos realizados en la primavera del año 2001, 2016 y 2017.

Como podemos observar, 285 locales se encuentran cerrados, inactivos. Así que vamos a centrarnos en el análisis de los 1.332 que sí cuentan con actividad empresarial.

En este segundo mapa vemos cómo las actividades hosteleras contaban en el año 2001 con 304 negocios, que representaban el 23% del total de la zona de estudio; siendo el comercio el sector mayoritario con 779 negocios (o sea: 59%); y completándose los datos con los 230 negocios del capítulo “otros servicios”.

En 2016 (justo 15 años después) eran ya 446 locales hosteleros, que suponían el 34% del peso sectorial en la almendra. Así pues, crecieron un 0,7% de promedio acumulado cada año.

Y para 2017 la hostelería cuenta ya con 477 negocios que representan el 36%. O sea, que en último año el peso hostelero ha crecido un 2,2%, que es el triple del crecimiento interanual del peso relativo hostelero durante el periodo anterior.

Podemos por tanto afirmar, con absoluto rigor estadístico, que el sector hostelero en la almendra, ha experimentado un crecimiento constante desde 2001, disparándose en el último año.

Una ratio estadística concreta y una comparativa territorial, nos puede ayudar a entender mejor qué significan estas cifras: si en 2001 la relación entre hostelería y comercio en la almendra histórica de Málaga, implicaba que por cada local hostelero había 2,6 comercios; en 2017 la ratio es de solo 1,4.

En el global de Andalucía, esta ratio es actualmente de 2,2; y en la Costa del Sol es de 1,3. Por tanto, como los datos demuestran, la almendra ofrece ya un nivel de híper especialización igual que el de los tradicionales focos turísticos de la Costa del Sol.

De seguir la tendencia, en muy pocos años, la estructura macro sectorial se invertirá, habiendo más hostelería que comercio, lo cual, sin duda, es un claro síntoma de desequilibrio económico.

Además, la saturación hostelera provoca muchos problemas de incompatibilidad con otros usos, como el residencial, o el propio de despachos profesionales; sobre todo en cuanto al ruido constante: por las mañanas a causa de la carga y descarga de mercancías, necesarias para las 352 cafeterías, bares y restaurantes; y por las noches, la clientela de los 88 bares de copas, que genera elevada contaminación acústica hasta altas horas de la madrugada.

Trabajar o vivir en estas condiciones es muy difícil, lo que provoca el éxodo vecinal y profesional. Y cuando estos edificios se quedan vacíos, e incluso antes, los propietarios se deciden por el negocio de los apartamentos turísticos.

Porque si hay una actividad plenamente representativa del fenómeno turístico, no son los bares y restaurantes, donde al fin y al cabo también pueden ser clientes los propios malagueños.

Por eso, son los alojamientos los que mejor permiten medir la intensidad de la actividad turística sobre un territorio. Y en el caso de la almendra, veremos cómo no solo la evolución reciente arroja cifras de espectacular crecimiento, sino que, además, van indudablemente acompañadas de una mayor afección patrimonial.

A comienzos del verano de 2017 había 37 grandes negocios de alojamientos turísticos en la almendra malagueña: 16 edificios de apartamentos, 9 pensiones y 12 hoteles.

Quede claro que solo se contabilizan los alojamientos que ocupan un edificio de forma íntegra, o al menos de forma mayoritaria; quedando excluidos de la estadística los apartamentos individuales, que son centenares también.

Entre 2001 y 2016 los alojamientos turísticos crecieron un 311%, pasando de 9 a 28 unidades. Y entre 2016 y 2017 se pasó de esas 28 unidades a nada menos que 37. Y la tendencia se está intensificando aún más si cabe.

Y el acondicionamiento y puesta en uso de estos 37 negocios, ha significado la afección de 65 edificios históricos en total, que se observan en este mapa y se desglosan del siguiente modo:

> 20 edificios fueron completamente demolidos, entre 1960 y el año 2000, con total pérdida patrimonial.

> 18 edificios fueron completamente demolidos, entre 2001 y 2016.

> 11 edificios fueron, también entre 2001 y 2016, casi completamente demolidos (se practicó el denominado fachadismo, o sea: vaciado completo del inmueble y mantenimiento exclusivamente de las fachadas).

> Los restantes 16 edificios históricos, fueron rehabilitados, con diverso grado de afección patrimonial.

Sin duda, el balance es catastrófico en términos de impacto sobre el patrimonio, pues tres de cada cuatro inmuebles históricos afectados, el 75%, han desaparecido total o casi totalmente para poder convertirse en alojamientos turísticos.

Y esto, sin tener en cuenta proyectos que no están ejecutados aún en su totalidad.

Hablamos de proyectos como el gran hotel diseñado por Rafael Moneo en Hoyo de Esparteros, para el que desde el año 2003 cinco “fortuitos” incendios, y consecuentes demoliciones de varios edificios allanaron el camino; quedando ya solo en pie el Palacete de los Condes de Benahavís, popularmente conocido como La Mundial.

Este inmueble histórico es un perfecto ejemplo de casa-palacio de la burguesía industrial malagueña, diseñada a finales del siglo XIX por Eduardo Strachan; ni más ni menos que el también autor de la calle más famosa de la ciudad: la calle Larios.

El palacete es un edificio de 800 m2 de superficie útil, diseñado como residencia de una única familia, los Loring-Heredia; con abundantes dependencias para el numeroso personal de servicio, y en una de las zonas más caras de la ciudad. Fue construido con los mejores y más nobles materiales de la época. Y durante casi diez años, en la década de 1920, fue la sede del Gobierno Civil, la más alta institución del Estado español en Málaga.

No cabe duda, por tanto, que se trata de un edificio histórico de primer nivel, que debería contar con el máximo grado de protección patrimonial; pero en Málaga se aprobó en 2008 sacar el edificio del Catálogo de Protecciones, para así poder legalizar su completa demolición, único obstáculo para el gran hotel proyectado.

Esto que están viendo es la infografía realizada por el estudio espaciorenders.com, de una posible rehabilitación del palacete; que demuestra que es posible otro proyecto más respetuoso con el patrimonio histórico. No se trata de bloquear la puesta en uso de edificios abandonados, sino de reactivar su uso respetando siempre el marco normativo y los valores culturales.

Y también destaca el caso del (ex)Palacio de Solesio, que a pesar de contar con nivel de protección Integral, y para facilitar al máximo su conversión en otro gran hotel, fue casi totalmente demolido en 2007 de forma intencionada; en absoluto fortuita por una supuesta ruina, que solo afectaba a una pequeña parte del inmueble, tal y como confirma una sentencia judicial al respecto.

Quedan ya solo los lienzos de fachada del que la Guía de la Arquitectura Malagueña, calificaba como el mejor ejemplo de palacio civil del siglo XVIII. Ya no existe, porque se proyecta otro gran hotel.

Por supuesto, habrá quien defienda que lo demolido estaba abandonado y era ruinoso, sin cuestionarse siquiera quién provocó dicha ruina. Y tampoco admitirán muchos que la inmensa mayoría de tales ruinas no eran siquiera físicas, sino solo económicas; o sea: que se conceden licencias de demolición cuando el coste de restauración supera en equis el coste de una obra nueva. En suma, el valor del patrimonio histórico se ve reducido al mero valor económico, sin importar el valor cultural.

No importa que la legislación determine con rotundidad que en centros históricos protegidos, la sustitución de inmuebles centenarios debe ser algo excepcional; pero ya hemos visto que en realidad las demoliciones no son una excepción, sino una regla sistemática.

Por otra parte, al igual que los alojamientos turísticos, las actividades museísticas también han provocado agresivas actuaciones sobre la arquitectura histórica, como bien atestiguan las obras para el museo Picasso y para el museo Carmen Thyssen.

Ambas actuaciones tienen lugar ya en pleno siglo XXI, y para cuya puesta en marcha se rehabilitaron dos palacios, al mismo tiempo que se demolieron un total de 23 inmuebles históricos, en sustitución de los cuales se insertó una arquitectura contemporánea de estética muy polémica.

En cualquier caso, lo que queda claro es que en un centro histórico cada vez menos histórico, las actividades culturales y turísticas representan un factor muy real de amenaza para el patrimonio.

Y no solo por las demoliciones que ha provocado la conversión de inmuebles en alojamientos turísticos o museos, sino también por la ocupación del espacio público, con terrazas hosteleras y expositores de souvenirs, todo legalizado mucho más allá de una lógica de equilibrio y respeto.

Y también por la agresión grave al paisaje urbano histórico, teóricamente protegido por la Ley de Patrimonio, pero vulnerado por cientos de mesas, sillas, expositores, carteles y sombrillas.

De hecho, este año 2017, 304 negocios dentro de la almendra histórica hacían uso del espacio público fuera de sus establecimientos, lo que representa el 65% de los 450 locales susceptibles de hacerlo; que se eleva al 85% en el caso de bares y restaurantes, y al 100% en el caso de tiendas de souvenirs.

Finalizo ya, regresando a lo expresado al principio.

Un centro urbano es más rico cuanto más diverso, porque apostar todo a una sola carta implica asumir un riesgo excesivo.

Y repito que estoy convencido de que la ciudad de Málaga puede seguir creciendo en cuanto a economía del turismo, pero debe hacerlo con un proceso adecuadamente controlado, que impida que haya más inconvenientes que beneficios.

Urge, por tanto, en primer lugar, respetar una moratoria de demoliciones de edificios históricos; y establecer una moratoria para la apertura de nuevos negocios hosteleros en la ya saturada almendra.

En segundo lugar, hay que determinar con firmeza la verdadera capacidad de carga de cada territorio, y los umbrales de equilibrio para cada actividad; de modo que todas sean compatibles, y se fomente el principio de diversidad funcional, que tan sano resulta para la ciudad.

En tercer y último lugar, debe fomentarse un proceso de descongestión, que permita llevar a los arrabales del centro una parte de las actividades que actualmente saturan la almendra histórica de Málaga.

——————————————

Más información sobre el estudio “Geografías del Desastre” puede obtenerse en la siguiente URL:

www.facebook.com/EDIFEICIOS.Malaga

Más información sobre el estudio “Evolución del comercio y la hostelería en el Centro Histórico de Málaga 2001-2016-2017” puede obtenerse en las siguientes URLs:

https://www.dondenegocios.com/single-post/2016/05/31/Evoluci%C3%B3n-del-comercio-y-la-hosteler%C3%ADa-en-el-Centro-Hist%C3%B3rico-de-M%C3%A1laga-20012016-1

https://www.dondenegocios.com/single-post/Mapa-Comercio-Hosteleria-Centro-Malaga-2001-2017