Álvaro Ruiz, activista

Finales de julio de 2017. Un periódico local dedica una página a una iniciativa de una empresa local dirigida por un empresario especializado en Planificación Territorial, Urbanismo y Mercado Inmobiliario. Es publicidad, pero se presenta como noticia. El periódico anuncia una visita guiada por los grafitis de Lagunillas a cargo de una joven licenciada en Historia del Arte, «experta» en el tema. La visita cuesta 8 euros. Se inscriben 30 personas. Dos semanas antes de la visita algunas vecinas y vecinos tratan de ponerse en contacto con los organizadores. No hay respuesta. Se les pide, a través del evento creado en Facebook para la ocasión, que se se comuniquen con la asociación del barrio. No hay respuesta. Dos días antes de la visita guiada un vecino logra hablar con el empresario, quien le dice que la calle es libre y que harán lo que quieran.

«Ok, nosotros también», pensamos. Las grafiteras y grafiteros se cabrearon: «¿¡que van a cobrar por enseñar los grafitis que hemos hecho gratis y para todo el mundo!?, ¿¡que van a explicar nuestras creaciones sin contar con nosotras!?». Surge un debate necesario acerca del contenido de los grafitis: hasta ese momento los temas no aludían a la situación del barrio, no estaban suponiendo ningún conflicto para los agentes gentrificadores, es más, estaban siendo el reclamo. Se comenta la destrucción de obras por parte de Blu y otras y otros artistas callejeros en Berlín[1]. Pese a que aún se está por profundizar en ese debate, las grafiteras comienzan a tomarse en serio el papel que pueden estar jugando en la nueva burbuja cultural-inmobiliaria. Y pocas semanas después las paredes comienzan a balbucear una crítica. Por primera vez aparecen grafitis que denuncian las consecuencias perversas del turismo masivo y el oportunismo capitalista, lo que convierte a Lagunillas en un «activo» algo más incómodo o problemático en el contexto malagueño[2].

Decidimos activarnos. Con la visita a la vuelta de la esquina, nos reunimos en torno a una propuesta: transformar al grupo visitante en objeto de nuestra mirada, curiosidad y estudio. Todo esto transcurría en un contexto de ataque mediático a nivel estatal a la cada vez más visible resistencia de vecindarios de toda España a la masificación turística y sus consecuencias. Solo se escuchan dos palabras en los medios españoles durante esos días: Venezuela y turismofobia. Ponen a circular la palabra «turismofobia»[3] por televisión, radio, papel e Internet. Dedican tertulias televisivas a propagar un término creado por el dispositivo financiero-turístico-mediático para patologizar y despolitizar las expresiones del malestar que está provocando la industria turístico-inmobiliaria sobre las vidas locales. Había que tenerlo en cuenta ante la posibilidad de que se nos patologizara y criminalizara.

En primer lugar utilizamos los grafitis para interpelar a la empresa y a las asistentes directamente. Decidimos colocar sobre los principales grafitis el mensaje «El arte aquí es gratis. Para todos. Mi barrio no es tu negocio. Si quieres conocer y apoyar el barrio manda email a lagunillasporvenir@gmail.com». De este modo, además de la incomodidad y la invitación a conocer Lagunillas con sus vecinas y vecinos, el mensaje quedaría registrado en cada foto.

En segundo lugar, aprovecharíamos la visita para rodar una Lagunews, invirtiendo la relación de captura, al integrar a la empresa turística como figurante en nuestras prácticas creativas.

Y en tercer lugar, el lenguaje del humor y la parodia, además de ser el lenguaje «espontáneo» del barrio, cobraba especial importancia estratégica. La parodia tiene un doble sentido: en oposición, entendida como burla, y en paralelo, como repetición que introduce una diferencia. Se trataba de, mezclando a Bourdieu con Butler, responder al habitus turístico cultural con parodia queer antigentrificadora. La parodia permitía situarnos en paralelo a la liturgia predecible de un grupo turístico guiado para introducir una diferencia, producir un acontecimiento y singularizarnos ante la instrumentalización capitalista de la riqueza cultural del barrio. La visita guiada suponía un acto performativo a través del cual comenzaba a instituirse en Lagunillas el grafiti como arte-mercancía y objeto de saber experto, al barrio como museo, a sus vecinas como figurantes y a las graffiteras como productoras del común capitalizados por el hecho de no separar arte y vida en un espacio público. La parodia, llevar al exceso el estereotipo y ofrecerse como una imagen invertida, podría neutralizar la fuerza performativa de lo que esa visita, con su anuncio previo en prensa, pretendía inaugurar.

Permitía evidenciar la violencia naturalizada, al reflejarla cómicamente a través de un contraperformance, pero también que el grupo visitante no se sintiera en peligro ante nuestra cómica presencia y a la vez dificultar nuestra posible criminalización por la prensa y un hipotético retrato de como vecinos radicales afectados por una fobia irracional al turismo. Así que alguna y algunos nos vestimos con elementos que recordaban a los reportajes de National Geographic y acudimos al evento equipados al estilo safari. Encontrábamos en el imaginario colonial europeo en África el lugar del exceso paródico desde el que reflejar la colonialidad capitalista en la metrópolis.

Habría que aclarar que nos sorprendió la composición sociológica del grupo. Esperábamos un grupo de turistas extranjeros, pero se trataba mayormente de personas provenientes de otros barrios de Málaga más pudientes. Aproximadamente la mitad eran jóvenes y la otra mayores. Esta aparente paradoja se resuelve disociando la imagen del turista de la del extranjero del Norte global, y es que, cada vez más, en una ciudad como Málaga todas somos turistas. A medida que el dispositivo turístico configura los espacios y relaciones, cualquiera se convierte en su producto más inmediato: el turista (y/o en su otra cara: la trabajadora precaria).

El «plan» surgió sobre la marcha: esperamos al grupo visitante en el solar »Victoria, ¿de quién?», enfocándolo con cámaras, móviles, prismáticos, etc., a la vez que alguien grababa y fotografiaba la escena desde fuera. Mientras tanto, uno de nuestros «guías expertos» del Barrial Geographic impartía una lección, con tono pretendidamente académico, sobre apropiación cultural, oportunismo capitalista y grupos turísticos en barrios empobrecidos. Jugamos a convertir su práctica consumidora en objeto de nuestras miradas, registros y análisis, tal y como nuestras prácticas artísticas-vitales estaban siendo convertidas por su práctica de consumo. Donde un grupo privatizaba la riqueza colectiva en nombre de la libertad neoliberal entendida como mercantilización del espacio público, el otro la defendía dándole un giro político a esas nociones de libertad y de público en nombre del común.

Como decimos, nuestro objetivo de fondo no era tanto evitar su visita sino invertirla y transformarla en material para una Lagunews. Si nosotras estábamos trabajando para el beneficio de una empresa, el grupo guiado y la empresa trabajarían de figurantes para Lagunews.

¿Qué pasó? La política del acontecimiento

Nuestra consigna era no entrar en confrontaciones dialécticas con la guía turística ni con las asistentes, para evitar personalizar el conflicto. Pero también porque suponía teatralizar la relación científica-capitalista-patriarcal de sujeto a objeto que estábamos recibiendo por la vía de la industrialización cultural y el saber experto. La relación sujeto-objeto es una forma de violencia que se basa en la anulación de la subjetividad del otro, instituye una relación binaria jerarquizada que solo se puede sostener en el tiempo a través de la imposición y la colonización; es un monólogo del saber-poder. Ese elemento de violencia, que también nosotras ejercíamos a nuestra escala, al convertir al grupo turístico en objeto, podía ser un disparador, si se entendía nuestra inversión paródica, de forma que conectara con la violencia con la que el barrio percibe la manera en que es visitado y, por extensión, la de cualquier agente gentrificador. Era el humor lo que podía introducir la diferencia necesaria para hacer valer nuestro gesto como un acto de violencia defensiva. En cualquier caso, el conflicto había sido planteado. Así que el grupo visitante reaccionó y también se singularizó.

Nuestras pretensiones de actuar sin interaccionar directamente con el grupo se fueron al traste cuando las personas mayores comenzaron a interpelarnos y a justificar su visita. Una señora se acercó a decirnos que había venido a ver la casa donde nació su madre y que había un grafiti horrible (¿?). Otro señor se acercó a recriminarnos que si no hubiera sido por la historiadora del arte no habría pensado nunca que «eso» era arte: él pensaba que era suciedad urbana. En otro momento, alguien comentó que si no hubiera sido por la visita guiada no hubiera ido a conocer los grafitis, ya que el barrio le da miedo… Y entonces el guion y los performances de cada grupo se rompieron, los grupos se mezclaron, los grupos-objeto de la observación y los enunciados se transformaron en grupos-sujeto dialógicos, dando lugar a discusiones y conversaciones donde tratábamos de explicar los motivos de nuestra acción e invitar a visitar el barrio y apoyarlo junto con al vecindario, no sin él.

Llegados a este punto, el temor y el disgusto de las personas mayores contrastaban con las reacciones de la gente joven. Algunas y algunos se acercaron a pedirnos disculpas, a expresar su simpatía por el barrio y a aclarar que no sabían que esta empresa no había querido hablar con nosotras. Escucharon nuestros relatos sobre las consecuencias del turismo cultural en Lagunillas (expulsión vecinal, aumento de alquileres, amenaza de su singularidad, vecinos en peligro de desahucio, etc.). Algunas de ellas abandonaron el grupo turístico y se quedaron hablando con el grupo vecinal. Intercambiamos contactos. Y acabamos tomando cerveza en un bar del barrio donde, terminada la visita, también acudió la guía turística con quien pudimos hablar amigablemente, cada quien desde su posición.

 

[Vídeo de la acción]

 

[1]     «Berlin graffiti artists destroy their art to fight gentrification»: http://skrufff.com/2014/12/berlin-graffiti-artists-destroy-their-art-to-fight-gentrification/

[2]     Pese a que un grafiti politizado y la actividad militante misma puedan insuflar energías a la gentrificación de un barrio, la política del gobierno neocon de Málaga es bastante tendenciosa y represiva respecto a la visibilidad de enunciados en el espacio público. En abril de 2017 el Ayuntamiento de Málaga amenazó a una asociación marroquí con una multa de 600€ si no retiraba un mural de la puerta. El mural representaba a un joven marroquí mirando a Europa detrás de la valla fronteriza y a una mujer negra con una balanza en la que decía “No hay justicia sin igualdad”: http://cadenaser.com/emisora/2017/04/18/ser_malaga/1492532927_225371.html. Sin embargo, tres años antes, Obey había realizado un mural enorme por encargo del gobierno municipal. El mensaje original decía «Paz y Justicia», pero Obey lo cambió a petición de los mecenas por «Paz y Libertad», un mensaje mucho más cómodo para los neocon. Ver Rogelio López Cuenca: «Obey en Málaga»: https://contraindicaciones.net/obey_en_malaga_un_analisis_de_rogelio_lopez_cuenca/.

[3]  Oracio Espinosa: «Turismofobia: patologizar el malestar»: http://www.eldiario.es/catalunya/opinions/Turismofobia-Patologizar-malestar-social_6_660443975.html