Juan Díaz Ramos

En los dos anteriores monográficos de Gente Corriente se abordaban, entre otros asuntos, las transformaciones de nuestra ciudad. En el último hacíamos un repaso, que arrancaba a mediados del siglo XIX, del proceso de transformaciones en el litoral, mientras que el primero lo dedicábamos al proceso de turistificación, en desarrollo actualmente. Ambos procesos, evidentemente, han traído y traen aparejados cambios del territorio, de sus usos, de cómo se organizan y relacionan sus habitantes, de cómo lo habitan, de los diversos mecanismos y dispositivos de control y explotación social de la fuerza de trabajo, así como de las sucesivas grietas y líneas de fuga frente a dicho control, etc.

En ese recorrido veíamos la transición de la ciudad precapitalista a la capitalista, de la industrial a la turística, de la productiva a la financiera. Llegábamos así hasta el actual modelo inmobiliario-turístico, que parece vivir su enésima burbuja, ahora vinculada, por un lado, a la inyección de liquidez, que se mantiene (con fecha de caducidad cercana) desde el Banco Central Europeo sobre nuestro mercado y, por otro lado, a la percepción de inseguridad en el Mediterráneo sur, así como al estallido inmobiliario de los apartamentos turísticos. Es un modelo de ciudad neoliberal, sobre todo en su vertiente productiva, ligada al tándem turismo-construcción, que siempre necesita más y más territorio por engullir, de modo que recurrentemente surgen ideas y proyectos para engrasar la maquinaria. También exponíamos que nos hallamos ante un colapso multifacético: económico, con un modelo que cada vez encadena crisis más frecuentes y dilatadas; ecológico, con un territorio muy degradado y con la amenaza de los efectos de un cambio climático cada vez más presente; sociopolítico, con una sociedad cada vez más al límite en su flexibilidad vital y en su tolerancia para con unas prácticas marcadas por la corrupción inherente al modelo. Y es que hasta hace bien poco cualquier proyecto que profundizara en este modelo era prácticamente incuestionable, salvo por minorías, pues bastaba invocar palabras clave como desarrollo, empleo, turismo para cortocircuitarlo. Sin embargo, nuevas percepciones, sentires, lógicas y prácticas se han venido implantando y creciendo en la ciudad.

«A la ciudad competitiva, privativa e individualizada  del sálvese quien pueda que  venimos habitando en el ciclo aún vigente, se opone la ciudad cooperativa, la de la abundancia y el vínculo, la ciudad de los  comunes urbanos»

Con ello nos atrevíamos a lanzar una hipótesis: asistimos, vivimos y protagonizamos una nueva transformación hacia otro modelo y paradigma de ciudad, que aún está por nombrar.
Si en el precapitalismo las tierras y bosques comunales, y en el capitalismo industrial las fábricas, tabernas y barrios obreros, funcionaron como caldo de cultivo para la sociabilidad y la composición de experiencias antagonistas, hoy día vivimos en una sociedad y unas subjetividades marcadas por internet. A la ciudad competitiva, privativa e individualizada del sálvese quien pueda que venimos habitando en el ciclo aún vigente, se opone la ciudad cooperativa, la de la abundancia y el vínculo, la ciudad de los comunes urbanos. Mientras tanto, el capitalismo, siempre veloz a la hora de adaptarse y capturar las nuevas subjetividades, parece encontrar rápidamente fórmulas para el cercado de esos comunes. La plataforma Airbnb sería solo un ejemplo.
La amplitud y complejidad de esta problemática abarca cuestiones como qué recientes y diversas formas de organización están surgiendo, qué subjetividades se constituyen, cuáles y cómo son esos focos de nueva ciudad que emerge, y dónde. Frente a todo ello se impone pensar en cómo se rearticula el capitalismo con nuevos discursos y dispositivos de control para la captura y qué ciudad genera… Por dónde perdura y se resiste lo viejo. Y qué papel juega el Estado o puede jugar en este escenario. En definitiva, un análisis poliédrico, Mercado-Estado-Comunes, al que dedicamos este nuevo monográfico de Gente Corriente.

LOS COMUNES

Posiblemente si preguntamos por el significado de «Mercado» o «Estado» casi todo el mundo los sepa definir o entender de alguna manera. Esbozarán una definición aproximada, con más o menos habilidad, con tendencias diversas cargando lo negativo o lo positivo sobre uno u otro concepto.
Ambos términos, sobre todo hasta la caída del bloque socialista, pero también después, han supuesto dos polos de una línea continua que marcaba una realidad inevitable, en la que, según ideologías y modelos, se podía optar por la cercanía o distanciamiento respecto a cada uno. Un extremo significaba un modelo de sociedad socialista, y el otro un modelo de sociedad capitalista liberal. Se disputaba el influjo de un extremo sobre otro, el contraste, los intentos de compensar, de seducir, de mejorar a su opuesto… Durante décadas, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, cada modelo reproducía parte de su oponente. Así, el bloque socialista progresivamente implantó la posibilidad de propiedad y empresas privadas, lo que de forma paulatina derivó en un modelo de Capitalismo de Estado. Mientras, su oponente fue introduciendo lo que se dio en llamar el Estado del Bienestar, con políticas de acuerdo social y laboral con las fuertes (por aquel entonces) organizaciones obreras.
La caída del bloque socialista dio alas al discurso del «fin de la historia» (concepto acuñado por el politólogo estadounidense Francis Fukuyama), según el cual el capitalismo o «democracia liberal» no solo había resultado vencedor, sino que siempre sería el mejor e inevitable modelo. Coincidente con múltiples factores, supuso a partir de entonces toda una ola de desmantelamiento del Estado del Bienestar y de privatizaciones de espacios, recursos, empresas e infraestructura de gestión estatal, en lo que se dio en llamar «Neoliberalismo», proceso que a día de hoy sigue vigente.
Mientras que Mercado y Estado son conceptos ampliamente reconocidos, el de «comunes» o «procomunes» resulta extraño a la mayoría. Si intentamos esbozar una definición, el «procomún» sería la combinación de un recurso + una comunidad + un conjunto de normas y criterios. Los tres elementos conforman un todo integrado e interdependiente, en el que una comunidad determinada gestiona un recurso material o intangible como un bien común, para lo que recurre a acuerdos de reglas, normas y sanciones coercitivas, que permiten el disfrute y reproducción del recurso.

La tragedia de los cercamientos

En el recorrido de estas prácticas, que encontramos a lo largo de toda la historia, se suele tomar como momento clave un punto de inflexión y clausura, el denominado «cercamiento» (enclosure en inglés), que se refiere al cierre (cercado con vallas) de los terrenos comunales en favor de terratenientes y aristocracia, ocurrido en Inglaterra entre los siglos XVIII y XIX (aunque iniciado en el XVI). Hasta entonces las comunidades habían podido organizar libremente el disfrute y reproducción de los recursos: praderas, bosques, caza, agua, etc. De todo ello se habla con más profundidad en otro de los artículos de este número de Gente Corriente.
Podemos decir que los cercamientos tuvieron algunos efectos positivos, como la desaparición de la relación señor-siervo y la posterior transformación de los vasallos en trabajadores libres. Pero esta nueva «libertad» era un arma de doble filo. Mientras que liberaba a las personas para que a su vez persiguieran nuevas libertades, también destruía su hábitat comunitario: la cohesión social, la autonomía en la subsistencia, la sostenibilidad ecológica de su entorno. Aparecía un nuevo tipo de persona, el individuo, alguien que no formaba parte de una comunidad y que ahora era competidor con el resto de individuos por un salario. Miles de personas se veían obligadas a emigrar a ciudades para vivir en condiciones insalubres, y en donde la emergente Revolución Industrial los convertía en esclavos asalariados si tenían suerte, o en mendigos en caso contrario. Las señas de identidad del nuevo orden serían el individualismo, la propiedad privada y el «libre mercado». El cercamiento no es un hecho anecdótico, en el cercamiento está la génesis del capitalismo en su transición desde el feudalismo.

«tras l­os cercamientos el Mercado se hizo cargo de la producción y el Estado de la gobernanza: había nacido el Estado liberal moderno»

Uno de los aspectos más desapercibidos de los cercamientos fue la separación de producción y gobernanza. Anteriormente las dos formaban parte del mismo proceso y todos los comuneros podían participar en ambas. Sin embargo, tras los cercamientos el Mercado se hizo cargo de la producción y el Estado de la gobernanza: había nacido el Estado liberal moderno.
Se tardaron años en recuperar una mínima forma de cohesión o mutualismo social, primero de manera intuitiva y espontánea, posteriormente organizada, con la emergencia del movimiento obrero y sus distintos dispositivos de vertebración de comunes obreros, algunos de los cuales en nuestra ciudad revisábamos en el anterior número.
Sin embargo, más allá de este episodio histórico, las experiencias de comunes llegan hasta nuestros días, con recursos comunitarios de todo tipo: desde «comunes de subsistencia», que suelen ser recursos naturales (agua, bosques, pesquerías, tierras, caza, etc.) hasta los «comunes cívicos y sociales», que incluyen hoy día huertas comunitarias, ecoaldeas, coviviendas, centros sociales, redes de consumo, redes de cuidados, bancos del tiempo, redes de apoyo mutuo, incluso (mediado por el Estado) sistemas de donaciones de órganos y de sangre, pasando por los nuevos «comunes digitales», que han supuesto toda una revolución con ejemplos como el software libre, la enciclopedia colaborativa wikipedia, procesos de diseño colaborativo con crowdsourcing, procesos de micromecenazgo colaborativo (crowdfunding), publicaciones académicas de acceso abierto, recursos educativos abiertos, etc.
Con la noción de los comunes se abre una nueva perspectiva, se rompe la dicotomía que suponen los polos Mercado-Estado al emerger una tercera opción, que no es baladí, pero se tiende a olvidar, invisibilizar, ningunear, incluso reprimir.

«La falsa equivalencia de los comunes con caos, ruina y fracaso parece ofrecer una lección sobre la inviabilidad de la acción colectiva: la satisfacción personal y la prosperidad social duraderas nacen de la libertad individual encaminada a una propiedad privada con la que comerciar en el ámbito del libre mercado, garantizado y protegido por el Estado liberal»

Para ello, cuando no se ignoran, se difunde un pensamiento negativo sobre los comunes. Uno de los más extendidos es la famosa «Tragedia de los comunes». En esta parábola de 1968, Garrett Hardin asegura que en una hipotética pradera es de esperar que cada pastor intente mantener la mayor cantidad de ganado en el área comunal para maximizar sus ganancias, de modo que añadirá un animal más a su rebaño, y luego otro, y así seguirá. Es ahí donde reside la tragedia de los comunes.
La parábola, sin embargo, parte de un fallo estructural, al establecer un sistema en el que no existen límites ni normas que lo regulen, no hay sanciones a la sobreexplotación ni una comunidad propia de usuarios. Este escenario, el de un régimen de acceso libre donde impera la ley del más fuerte y se confunde un terreno comunal con la tierra de nadie, no es un común, como pretendía Hardin. A pesar de algo tan elemental, «la tragedia de los comunes» es considerada como un principio básico de la economía y se ha establecido como tópico económico. El artículo de Hardin forma ya parte esencial de la educación universitaria en los Estados Unidos, no solo en las ciencias económicas, sino también en las ciencias políticas, la sociología y otros campos de estudio.
La falsa equivalencia de los comunes con caos, ruina y fracaso parece ofrecer una lección sobre la inviabilidad de la acción colectiva: la satisfacción personal y la prosperidad social duraderas nacen de la libertad individual encaminada a una propiedad privada con la que comerciar en el ámbito del libre mercado, garantizado y protegido por el Estado liberal.

Saltarse la cola

Nada más lejos de la realidad, como certifica una extensa lista de experiencias sin método de referencia ni normas matriz. Los comunes se parecen, de hecho, a un organismo vivo que evoluciona con su entorno y su contexto para adaptarse a las contingencias locales, pues, como el ADN, no es de carácter fijo ni determinista, sino parcial y flexible, crece y se modifica.
Un común es un contrato social cambiante, en el que la comunidad se reúne para acordar reglas y normas que la regirán en la gestión del recurso y para prevenir su sobreexplotación, así como para establecer asignaciones equitativas de tareas y derechos, siempre supervisando y sancionando los malas prácticas y abusos, de manera que los intereses individuales y colectivos se alinean y refuerzan mutuamente por encima de discrepancias ocasionales o sobresaltos externos. Negocian así resoluciones satisfactorias para alcanzar sus propósitos comunes sin la intromisión de mercados ni burocracias gubernamentales.
A veces, con el paso del tiempo, se tiende a interiorizar, incluso a ritualizar, hábitos y ética colectiva, que con el transcurrir maduran en una cultura propia que arraiga hasta convertirse en «costumbres» que incluso se transformarán en una especie de «ley vernácula» invisible.
Las leyes vernáculas se originan en espacios informales de la sociedad y se convierten en una fuente de regulación y legitimidad por derecho propio. Son una especie de procomún pasivo que la mayoría hemos interiorizado («así se hacen las cosas»). Baste un ejemplo sencillo: respetar las colas y castigar a quienes se cuelan. Supone un principio rudimentario de protocolo social particularmente efectivo en ciertos casos de nuestra vida cotidiana, ya que se organiza y aplica de manera automática, sin intervención exterior alguna.
Sin embargo, hasta lo más básico y cotidiano del procomún encuentra su límite en sus polos alternativos (Mercado y Estado). ¿Qué ocurre cuando el dinero y los derechos de propiedad privada interfieren con un consenso social? Volvamos al sencillo ejemplo de antes: gracias a entradas VIP o de preferencia hay quienes avanzan sin esperar la cola. ¿Es eso justo? Desde un sentido instintivo de justicia social sabemos que no, mientras que desde la lógica capitalista entendemos que sí. Y ello cuando el Estado tiende a comportarse con hostilidad frente a cualquier incursión, por pequeña que sea, en su capacidad de crear e imponer normas. Las tensiones surgen cuando el derecho formal y escrito no es totalmente coherente con este «derecho común» y no deja espacio a la creación de procomún. Es entonces cuando se apela a la legalidad.
¿Resulta el derecho estatal formal demasiado estricto o rígido? ¿Hace tanto hincapié en las normas y relaciones de mercado que no permite la existencia de una ciudadanía verdadera que ejerza su legítima autorregulación y gestión sobre los bienes comunes? ¿O por el contrario está abierto al cambio mediante políticas pacíficas y los debidos procedimientos?

COSAS DE NADIE: EL CERCADO DE LOS BIENES COMUNES

Lo frecuente es que Mercado y Estado sean uña y carne, compartan la visión de modelo y prácticas, basados en un crecimiento continuo para el que es necesario que aúnen esfuerzos en desarrollar estrategias ingeniosas –cuando no la fuerza bruta– para privatizar recursos antaño compartidos y convertirlos en productos comercializables.
Por lo general, los derechos sobre la propiedad de los bienes comunes pertenecen al Estado, quien a través del gobierno, en teoría, actúa como fideicomisario del pueblo, es decir, gestiona (el acceso) y cuida (la continuidad) de los recursos comunes materiales o inmateriales que le son cedidos en confianza.
La realidad es que la mayoría de los gestores de Estado consideran bastante rentable ignorar sus deberes fiduciarios, por lo que liquidan (muchas veces a precio de saldo) los bienes comunes que les son confiados. Directrices políticas llegadas de instancias superiores (normalmente ajenas a control democrático); expectativas de nuevos ingresos fiscales; promesas de empleo, «desarrollo y prosperidad», suelen ser una recurrente excusa. Son procesos de cercado (o privatización) que suelen traer aparejados episodios de tráfico de influencias y corrupción.
La base teórica y filosófica que opera en los procesos de cercado son los denominados «derechos de propiedad», según John Locke, que en el siglo XVII vino a plantear que «las personas son dueñas de sí mismas y, por tanto, dueñas de su propio trabajo». Cuando una persona trabaja, ese esfuerzo entra en el objeto. Así pues, el objeto se convierte en la propiedad de la persona. La relación entre trabajo y propiedad se refiere solo a la propiedad que no tenía dueño antes de que ese tipo de trabajo se llevara a cabo.
Por tanto, la tierra «sin explotar» no pertenece a nadie y cualquiera que la trabaje puede tomarla para sí mismo. Esta fue una conclusión de lo más oportuna para los procesos de colonización europeos. Según el razonamiento de Locke, dichas tierras deberían considerarse como terra nullius o tierras despobladas (en ocasiones llamadas también res nullius o cosa de nadie), ya que la tierra solo adquiere valor cuando los individuos dedican su esfuerzo e ingenio a mejorarla, hacerla comercializable, etc. Sobre el origen de esos términos habla Curro Machuca en otro de los artículos de este Gente Corriente.

«La arrogancia de Locke consistió en considerar la naturaleza como un objeto inerte que puede convertirse en propiedad privada sin tomar en consideración el vínculo que mantiene con sus habitantes, con sus ecosistemas naturales más amplios y las generaciones futuras»

La arrogancia de Locke consistió en considerar la naturaleza como un objeto inerte que puede convertirse en propiedad privada sin tomar en consideración el vínculo que mantiene con sus habitantes, con sus ecosistemas naturales más amplios y las generaciones futuras. Los pueblos aborígenes generalmente percibían a los individuos como parte de redes más amplias de personas; la mera idea de una persona aislada, «que se ha hecho a sí misma», les parecía algo irrisorio o incluso delirante. Los pueblos indígenas tienden a ver sus recursos y conocimientos como elementos integrados en una comunidad de cuidados recíprocos y gestión grupal. La idea de un «dominio exclusivo» sobre un recurso, al estilo que el derecho occidental entiende la propiedad, niega nuestra dependencia insoslayable respecto la naturaleza y nuestra interdependencia para con los demás.
La lógica de Locke fue rápida e interesadamente extrapolada hasta una fantasía legal. De ese modo, los pueblos podrían haber gestionado la tierra, agua, pesquerías, bosques y otros recursos naturales como comunes desde tiempos inmemoriales, con normas no escritas pero extremadamente sofisticadas, si bien, en tanto que no exhibían ningún título formal, todo ello no pertenecía a nadie, y por consiguiente ¡no había más que ir y tomarlo!
Este mismo razonamiento se ha seguido aplicando sistemáticamente, y se busca aplicar hoy día, cuando se pretende cercar los océanos o ríos, el espacio exterior, la biodiversidad, incluso Internet, como si fueran recursos a los que aplicar la res nullius (cosa de nadie) que justifique su expolio privado desenfrenado.
Para los mercados el precio es el indicador supremo y la forma más justa de identificar el verdadero valor de las cosas. Pero, ¿cuál es el valor comercial de la atmósfera? ¿O de un río limpio? El precio solo mide el valor de intercambio, no el valor de uso.

«Los mercados acaparan lo que pueden de la naturaleza de forma gratuita sin reconocer su verdadero valor (en vista de que la naturaleza es considerada como res nullius). Una vez capturada, privatizan los beneficios, al tiempo que vierten sus desechos para que los comunes y los gobiernos lidien con las consecuencias»

La economía convencional ensalza el Producto Interior Bruto o PIB como el referente evaluador, al calcular el valor total de toda nuestra actividad comercial, pero realmente mide únicamente el dinero que ha cambiado de manos, lo que constituye una definición ridícula de la creación de riqueza. Según esta lógica, un vertido de petróleo o un desastre nuclear deberían considerarse provechosos, ya que acaban estimulando la actividad económica, mientras que el infinito trabajo de cuidados que sostiene nuestra sociedad sería una tarea inútil, dado que no suele llevar aparejado intercambio de dinero.
Los mercados acaparan lo que pueden de la naturaleza de forma gratuita sin reconocer su verdadero valor (en vista de que la naturaleza es considerada como res nullius). Una vez capturada, privatizan los beneficios, al tiempo que vierten sus desechos para que los comunes y los gobiernos lidien con las consecuencias.

El cercado de lo natural

La gama de cercamientos de lo natural es vastísima: va desde lo global (la atmósfera, los océanos, el espacio) a lo regional (ríos, acuíferos, pesquerías, bosques) y lo local (biodiversidad, minerales). Los cercamientos también incluyen la propia vida (tejido humano, líneas celulares, genes) y lo infinitamente pequeño (microorganismos, sustitutos sintéticos de la nanomateria).
En el caso de nuestra ciudad, el más significativo de los cercados naturales es el de la apropiación y degradación del litoral (que veíamos en nuestro anterior número) por parte de industrias, primero, y el turismo después. Es ya un territorio degradado que poco tiene que ver con el heredado hace apenas un siglo.

El cercado de espacios públicos

Las ciudades son hoy día uno de los escenarios más disputados por los cercamientos comerciales. Una fiel alianza de corporaciones, representación política, promotoras inmobiliarias, profesionales, etc. viene apoderándose del espacio público: plazas, calles, parques, paseos, recintos deportivos, incluso la propia imagen e identidad de las urbes. Esto implica el «vaciado» de la identidad social, de las vivencias comunes que con el paso del tiempo dotan de «alma» a la ciudad, que pasan a ser consideradas otra mercancía más de compra y venta, de manera que el espacio público muta a un espacio anodino, indistinto del de otras ciudades. Habla de ello Eduardo Serrano en otro artículo.
Málaga no es ajena a ello. Las principales calles comerciales están copadas por las mismas cadenas comerciales o franquicias que en otras ciudades, la estética del espacio público no se cuida en su singularidad y está repleta de publicidad de estas empresas, se llega incluso a que la feria del centro sea patrocinada por una empresa (cervecera) que se apropia de ella con su publicidad (incluso en el nombre), como ocurre con equipos deportivos, la estación de ferrocarril, etc.
A todo ello se suma la apropiación del espacio público (en parte gracias al diseño urbanístico y la connivencia del Estado) por parte de intereses privados, con las terrazas como caso más significativo. Especialmente dolorosa es la pretensión de construir un negocio privado en un territorio del común como es el Puerto, un negocio que además impactaría brutalmente en la imagen de la ciudad, en su skyline: la Torre del Puerto. Este proyecto, de manera inédita respecto a otros similares anteriores, ha despertado considerables resistencias en la ciudad.

El cercado de infraestructuras y servicios

Carreteras, puentes, aeropuertos, equipamientos culturales o deportivos, agua, residuos, sanidad, educación… y, años atrás, telecomunicaciones, energéticas, banca… Recursos pagados por contribuyentes, incluso generaciones de ellos, pasan a manos privadas, de manera que se pierde el control. A continuación, las concesionarias reducen la calidad del servicio, las plantillas, bajan costes salariales, según el caso derivan a negocio financiero el servicio (seguros), y transfieren costos a generaciones futuras.
Las concesiones son el preciado objetivo de inversores, dado que les garantizan altas tasas de rentabilidad a bajo (o nulo) riesgo. Los gobiernos asumen los riesgos del fracaso empresarial a la vez que garantizan grandes beneficios sin importar lo que ocurra con la empresa, en una suerte de socialismo corporativo en el que los beneficios se privatizan al tiempo que los riesgos se socializan. Sumado a ello, las empresas privadas que los controlan suelen eludir la competencia e imponer precios de monopolio u oligopolio, además de aprovechar su influencia para moldear las costumbres de la población y guiarla hacia determinados productos en los que tengan intereses creados.
En este caso los ejemplos de nuestra ciudad son abundantes y a ratos escalofriantes. Algunos de los más significativos serán motivo de artículos o entrevistas en el presente número: equipamientos deportivos, la empresa de limpieza Limasa, gestión de eventos municipales, Patronato de Recaudación Provincial, etc.

El cercado de Internet

En principio se trataría de otra infraestructura más, pero la tratamos aparte por su relevancia en tanto que medio básico de comunicación, de negocio, incluso podíamos decir vital. Internet es un nuevo espacio público, virtual e inmaterial, pero donde millones de personas habitan y se encuentran.
Internet hoy por hoy es un común abierto y no discriminatorio en cuanto a la transmisión de datos se refiere, en lo que se da en llamar «la neutralidad de la red». Sin embargo, las empresas de telefonía y televisión por cable aspiran a cobrar para privilegiar flujos, de manera que, por contra, podrán censurar o ralentizar el tráfico del resto. Con ello, además, se abre el cauce para posibles censuras de redes que puedan competir con sus intereses comerciales o políticos, en caso de los gobiernos, perdiéndose así nuestras más básicas libertades digitales.
Estos intentos de cercar Internet son muy parecidos a lo sucedido años atrás con la industria de la comunicación. Pese a que el espectro electromagnético utilizado para la radiodifusión y emisión televisiva es de dominio público, las empresas consiguieron ejercer un control exclusivo sobre él ¡y totalmente gratis!

El cercado del conocimiento y la cultura

Desde tiempos inmemoriales los seres humanos han compartido libremente su creatividad. La cultura siempre se ha basado en imitar, difundir y transformar obras creativas anteriores y el arte siempre ha consistido en un préstamo común intergeneracional. Pongamos un ejemplo cercano: es imposible concebir el desarrollo del flamenco sin la influencia de músicas anteriores de origen árabe, bereber, judía, o gitana. La cultura no puede prosperar sin un fondo común de creatividad compartida.
Con el cercamiento de las obras creativas, la información y el conocimiento, nuestros impulsos humanos naturales de imitar y compartir, es decir, la esencia propia de nuestra cultura, han sido criminalizados. Si alguna vez, al menos hasta 2015, has cantado el «Cumpleaños feliz», has sido un «pirata» bajo el punto de vista de la industria del entretenimiento, cuando precisamente Warner Music Group se embolsaba cerca de 5.000 dólares al día por este título, lo que se traduce en casi 2 millones de dólares al año. La autoría recae en dos hermanas, Mildred y Patty Hill, que la escribieron en 1858 inspiradas en canciones folclóricas afroamericanas y en una melodía llamada «Buenos días a todos» (Good Morning to All). La cineasta Jennifer Nelson se negó a pagar los 1.500 dólares que le costaba la licencia para utilizar la canción en un documental, y decidió llevar a juicio a la Warner Music Group. Hasta entonces nadie había tenido suficiente dinero ni valentía para arriesgarse. La victoria de Nelson liberó la canción para que cualquiera pudiera usarla en cualquier contexto, sin necesidad de permiso ni pago.

«La cultura ha sido la excusa, el modus operandi, para generar un “marca de ciudad”, una ciudad producto»

En nuestra ciudad el cercado de la cultura ha ido más allá de la propia cultura y ha sido un proceso más complejo. La cultura ha sido la excusa, el modus operandi, para generar un «marca de ciudad», una ciudad producto, en este caso aparejada a los museos, con gran preponderancia inicial de Picasso, para seguir con Thyssen, Pompidou, Ruso. Por tanto, la cultura y su cercado ha servido como combustible para mantener la maquinaria turismo-construcción a punto, y con ello ha venido asociada y en alianza con el cercado de espacios públicos. Más que un cercado cultural al uso, se ha dado un uso de la cultura como evento, espectáculo, producto de consumo, franquicia… Se vacía así el concepto «cultura» de sus elementales significados. Es todo un proceso que por sus dimensiones en la ciudad merecerá un futuro número específico de Gente Corriente, si bien algo se abordó en el monográfico sobre la turistificación.

El cercado de Universidades

Siendo parte de la cultura y el conocimiento, dedicamos un espacio propio a las universidades por su valor estratégico. Históricamente el Estado ha tratado la investigación académica como un bien común, y para ello ha creado universidades públicas, financiado investigaciones y respetado la autonomía académica, en lo que suponía una colaboración constructiva entre Estado y Comunes. Sin embargo, este principio se ha deteriorado a medida que Estado y Mercado han cercado el patrimonio académico, considerando a este como un bien barato y financiado con dinero público, fácil de capturar en función de intereses comerciales. A partir de ello, las prioridades de las investigaciones vienen dadas por las de las empresas, y las patentes suelen quedar en manos de estas corporaciones.
La mayoría de las veces el cercado no se da en un solo sentido, sino en procesos múltiples y complejos. Vamos a ilustrarlo tomando como referencia el que es quizás el más importante sector productivo de nuestra ciudad, el turismo. Hagamos una revisión de cuántos y diversos cercados se desarrollan a consecuencias del turismo masivo.
La vivienda está empezando a sufrir su enésima burbuja con el fenómeno de los apartamentos turísticos de alquiler por días. En Málaga la situación es ya alarmante.
Se multiplican gastos de servicios públicos que se sostienen sobre los bolsillos de las vecinas y vecinos, como residuos, agua, seguridad, etc.
Se multiplican los gastos en promoción turística desde las instituciones, que en el caso de la Diputación de Málaga es de 8,4 millones de euros en 2017, sin tener en cuenta otros apoyos indirectos al sector.
Entre tanto, el turismo afecta al territorio y su medioambiente: gran parte del territorio de nuestra provincia, en especial el litoral, ha sufrido una degradación de difícil restitución en el corto-medio plazo y, sumado a ello, los vertidos urbanos a ríos y litoral se multiplican con el turismo, por no hablar del incremento desmedido del consumo de agua. Además, el turismo está afectando a ritmo frenético a la mera vida cotidiana. Si en las economías litorales el turismo funciona capturando y privatizando las rentas que generan los activos naturales (sol, playa, mar, ríos, etc.), en las ciudades lo hace capturando la propia vida social. La ciudad queda a disposición del turismo y deviene en parque temático desnaturalizado para sus habitantes cotidianos.

«el turismo convierte en rentas privadas dimensiones colectivas sin que haya devolución o reposición alguna (salvo empleo, cada vez más precario)»

Con todo ello el turismo convierte en rentas privadas dimensiones colectivas sin que haya devolución o reposición alguna (salvo empleo, cada vez más precario), en una espiral de destrucción, que ya hemos visto en nuestras costas y estamos empezando a vivir en nuestra ciudad.

LOS COMUNES SE CITAN CON LOS MILLENNIALS

Pese a la imposición de la cultura del individualismo y la competitividad, que traía aparejada el capitalismo, su lógica y práctica no siempre logró penetrar todos los resquicios. No han dejado de resistir o resurgir otras formas de entender y vivir el día a día.
Como ha apuntado Amador Fernández-Savater (eldiario.es, 30/7/2017), las bases de la cultura capitalista surgen en un contexto histórico-cultural muy vinculado a la emergencia del protestantismo: responsabilidad individual, meritocracia, el «hazte a ti mismo», el «progreso», puritanismo, severidad, etc. Podíamos denominarla una «cultura del Norte»: anglosajona, masculina, blanca y protestante. Sin embargo, de acuerdo con el sociólogo Michel Maffesoli, existe una «socialidad del sur»: difusa, sumergida, oculta, impulsiva, a-racional, difícil de ver, pero que resiste en una dinámica informal cotidiana, de querer vivir en común.
La reciente crisis con arranque en 2008, provocada por las prácticas neoliberales, fue paradójicamente aprovechada para responsabilizar a estas formas de vida del «sur», a los países que peyorativamente se denominaron PIGS («cerdos», por su acrónimo inglés): Portugal, Italia, Grecia, España. Se repitieron mantras como «insuficiente movilidad geográfica», el «limitado espíritu emprendedor», el «colchón familiar», el «trabajo informal» o la «indiferencia (incluso la repugnancia) hacia el enriquecimiento»… A todo se asociaba una serie de medidas de índole económica para «corregir esas desviaciones», ese «vivir por encima de nuestras posibilidades». Son medidas de austericidio conocidas y padecidas por casi todas las personas: eliminación de protecciones sociales, precariedad laboral, privatizaciones, fomento del endeudamiento, la destrucción de los cimientos que sostienen la vida en común para favorecer el «sálvese quien pueda», la dependencia respecto del Mercado, siempre con la complicidad autista y sumisa de nuestros gobernantes, del Estado.

Sin embargo, cuando mejor se lo prometían, surgieron reafirmados los valores del sur para difundir y practicar otras ideas de riqueza y felicidad: más basadas en el presente que en el futuro, en los vínculos que en la soledad, en el tiempo disponible que en la vida para el trabajo, en la empatía que en la competencia, en el disfrute de la gracia que en la culpa por la deuda. Las calles y plazas del sur, de los países mediterráneos, en sus dos orillas, se llenaron de rebeldía y creatividad, emergieron nuevas formas de organización desde abajo, con un eslogan que lo definía todo perfectamente, «Nos quieren en soledad, nos tendrán en común», mareas de todos los colores, las Plataformas de Afectados por las Hipotecas, corralas y viviendas de realojo, nuevos centros sociales, etc. Mientras tanto, por debajo de lo visible, de lo público, se daba un refuerzo de lazos y tramas de lo social, con grupos informales de solidaridad y apoyo mutuo (familiares, vecinales, amistosas) que ayudaron a atemperar los peores efectos de la gestión neoliberal de la crisis: miedo, soledad y desamparo.

«La clave radica en la emergencia y protagonismo de esa nueva generación, denominada (a veces peyorativamente) como «millennials», educada y socializada en el medio digital, en Internet, gracias a lo cual ha desarrollado hábitos y habilidades como la cooperación»

Para que todo ello esté ocurriendo no solo es determinante esa «cultura del sur». La clave radica en la emergencia y protagonismo de esa nueva generación, denominada (a veces peyorativamente) como «millennials», educada y socializada en el medio digital, en Internet, gracias a lo cual ha desarrollado hábitos y habilidades como la cooperación, la diversidad, el compartir es bueno, la transparencia, la horizontalidad, el liderazgo distribuido, el valor de la iniciativa, del «hacer», la escucha activa, la construcción de consensos, la democracia, la organización en red, la construcción inmanente, aquí y ahora, de la realidad perseguida, etc. Cuando estas actitudes interiorizadas pasaron de lo privado y virtual a lo público y físico, gracias a los procesos organizativos fluyeron con mucha más facilidad y virtuosismo. Ponían en cuestión todo un Régimen como el del 78, en lo que suponía una enmienda a la totalidad de un modelo obsoleto.

Los comunes hoy

En la actualidad la mayor parte de los comunes son los tradicionales, aunque pequeños, recursos naturales. Se estima la nada despreciable cifra de dos mil millones de personas cuya subsistencia diaria depende de la gestión comunal de bosques, pesquerías, acuíferos, fauna y otros recursos naturales.

«Se estima la nada despreciable cifra de dos mil millones de personas cuya subsistencia diaria depende de la gestión comunal de bosques, pesquerías, acuíferos, fauna y otros recursos naturales»

Existen otros tipos de bienes comunes en las ciudades. Se trata de «comunes cívicos y sociales» que en Málaga proliferan desde hace unos años: la experiencia del centro social y cultural de gestión ciudadana La Casa Invisible, el ecohuerto comunitario El Caminito, diversas redes de consumo ecológico, redes de apoyo mutuo, radios comunitarias como Onda Color, experiencias de economía como la moneda Málaga Común, la Universidad Libre Experimental (Ulex), librerías comunitarias como Más Libros Libres, experiencias de sindicalismo social como la Plataformas de Afectadas por las Hipotecas, experiencias de realojo vecinal, de reapropiación del espacio público con solares en Lagunillas o en la céntrica calle Gigantes, además de la que se realiza cotidianamente del cauce del río y otros espacios por colectivos de deportes urbanos, como futvóley, skater, parkour, etc.

Los comunes digitales ya están aquí

Con todo, las formas de procomún más productivas y cualitativamente más influyentes son aquellas vinculadas a Internet y a las tecnologías digitales, que permiten a las personas (comuneras) acumular un valioso contingente de conocimiento y creatividad compartidos.
La primera y más impresionante experiencia de procomún online llegó con la emergencia del software libre. Sirvió de modelo fundacional para lo que en general se conoce como producción entre pares o entre iguales orientada al procomún (commons-based peer production), una forma de colaboración online que invita a un gran número de personas a aunar fuerzas, al tiempo que permite examinar, modificar, mejorar y compartir libremente el software. El proceso de GNU/Linux inspiró proyectos colaborativos posteriores, como Wikipedia (una enciclopedia web con más de 70.000 personas voluntarias trabajando en 285 idiomas), o innovaciones recientes como las redes sociales. También contamos con experiencias como las revistas de acceso abierto, que permiten la disponibilidad del conocimiento para cualquiera, al margen de la escasez artificial que las editoriales pretenden imponer por medio de restricciones como el copyright y la «gestión de derechos digitales». Mencionemos también los movimientos de «diseño abierto», que invitan a diseñar indumentaria, muebles, componentes de ordenadores e incluso automóviles, como la experiencia de Arduino, que diseña placas de circuito impreso con componentes que, junto a las impresoras 3D, permiten el desarrollo de tecnologías materiales «hardware libre».
Al tratarse de experiencias conectadas en red, virtuales, no es fácil encontrar una específica de nuestra ciudad, aunque sí múltiples personas y colectivos que participan en gran diversidad de ellas.

Regular contra el cerco

Pese a todo ello, los comunes no dejan de depender de las instituciones del Estado y del Mercado. El procomún tiene una historia legal venerable que se remonta al Imperio Romano, así como al siglo XIII inglés, con la Carta Magna y su complementaria Carta de Foresta o del Bosque, que con más detalle se analizan en otro de los artículos de este monográfico. Sin embargo, las democracias liberales buscan alcanzar el bien supremo mediante la aplicación universal de derechos individuales a todos los ciudadanos, iguales ante la ley. El liberalismo político en general no contempla muchas disposiciones a favor de los derechos colectivos que trasciendan lo individual. Por ello, el procomún resulta con mucha frecuencia inescrutable para las políticas públicas convencionales, si no completamente incompatible.

«un peligro añadido que se ha vivido recientemente con la políticas neoliberales radica en que el Estado aproveche la existencia de los comunes para eludir sus propias responsabilidades»

En el extremo opuesto, un peligro añadido que se ha vivido recientemente con la políticas neoliberales radica en que el Estado aproveche la existencia de los comunes para eludir sus propias responsabilidades. Por un lado cede la gestión, por otro retira su apoyo legal, administrativo o financiero. Es por ejemplo la estrategia política del anterior primer ministro del Reino Unido, David Cameron, conocida como Big Society o Gran Sociedad, que celebraba el control comunitario sobre recursos públicos, al mismo tiempo que recortaba los fondos públicos que lo financiaban.
Ni un extremo ni el otro: la Administración debe reconocer que el procomún autoorganizado es capaz de llevar a cabo ciertas funciones de forma más efectiva que el Estado o el Mercado, y con mayor legitimidad, equidad y democracia. No todos los comunes son necesariamente positivos, por lo que el papel del Estado puede ser importante a la hora de establecer unos criterios básicos mínimos y de rendimiento. El Estado debe colaborar con estos procesos legal y financieramente, o al menos brindar respaldo para que los comunes se consoliden. Es el caso reciente del Ayuntamiento de Nápoles (Italia), donde el alcalde Luigi de Magistris aprobó en 2015 una serie de medidas administrativas para regular, promover e institucionalizar los bienes comunes en el ámbito urbano. Se trata de un proceso encaminado a reconocer jurídicamente espacios de autogobierno y desarrollar modelos de gestión ciudadana de bienes del patrimonio inmobiliario del Ayuntamiento, vía por la que se han regularizado múltiples centros sociales de gestión ciudadana.
En las pocas ocasiones en que los comunes han logrado reconocimiento legal estatal formal se han valido de «hackeos legales», como por ejemplo las diversas licencias copyleft. La GPL, a veces también denominada copyleft, se celebra como un hito de los «hackeos» a las leyes de copyright. En lugar de bloquear el código, de entenderlo como propiedad privada, el copyleft asegura que cualquiera tenga la libertad de copiar, modificar o distribuir un programa de software según le parezca, e incluso la libertad de ponerle un precio y venderlo. La licencia logra este objetivo al insistir sobre un simple requisito legal: que cualquier obra derivada, tal como un programa de software modificado, también debe licenciarse bajo la GPL, para que a su vez se pueda compartir, y así sucesivamente, en lo que supone una manera de viralizar y proteger legalmente el intercambio de software, que seguirá siendo un bien común.
Inspiradas en GPL, las lincencias CC (Creative Commons o Comunes Creativos) indican que bajo sus licencias los trabajos están disponibles para compartir y reutilizar según condiciones específicas. Ambas licencias han sido cruciales para permitir que todo tipo de bienes comunes digitales se arraiguen y prosperen protegidos de posibles cercamientos, y que con el paso del tiempo hayan generado una inusitada economía de intercambio global de código de software, estudios de investigación, archivos fotográficos, música, cine, blogs y otros trabajos creativos.

 

Los actuales cercados comunales

No obstante, toda esta proliferación continua de comunes digitales, dada su eficiencia, utilidad y atractivo social, es un enorme terreno potencialmente cercable. El Mercado lo sabe y se está posicionando para explotar ese procomún digital. La emergencia del sector de la «economía colaborativa» es buen síntoma de ello, alimentada por nuevos modelos de negocio basados en plataformas web para compartir servicios y recursos. Se inicia con una dinámica colaborativa entre una comunidad, para que una vez generado el ámbito, la fidelidad y por tanto la «necesidad» de la comunidad, sea apropiada por la empresa que brinda el soporte (o plataforma). Nuestra ciudad no es ajena a ejemplos de ello: servicios privados de alquiler de coche con conductor, como la plataforma Cabify, que el pasado verano protagonizó un conflicto con el sector del taxi, o el caso de los alquileres de habitaciones con plataformas como Airbnb, que viene generando una nueva burbuja inmobiliaria con el alquiler en la ciudad.

«mientras Facebook y Google nos brindan servicios útiles de forma «gratuita», también realizan una agresiva extracción de datos sobre nuestra información personal para venderla posteriormente. Se trata del negocio de los metadatos»

El caso quizás más significativo es el de las redes sociales. Hay muchas comunitarias de software libre, pero las que se han conseguido implantar como hegemónicas son privativas: Youtube Facebook, Twitter, Instagram… Estas plataformas se asemejan a los comunes en muchos aspectos, pero con una diferencia significativa: están regidas por «términos de servicio» corporativos que los usuarios aceptan cuando se registran, de manera que entregan a las empresas datos e información para que los empleen a su antojo. Así, mientras Facebook y Google nos brindan servicios útiles de forma «gratuita», también realizan una agresiva extracción de datos sobre nuestra información personal para venderla posteriormente. Se trata del negocio de los metadatos.
Los metadatos son un concepto asociado a la archivística y pueden definirse como «la información de la información», los datos de los datos. Sin embargo, en los últimos años, con la explosión de la sociedad de la información, el concepto metadatos ha adquirido nuevos significados. Pese a que la palabra se sigue refiriendo a «los datos de los datos», la capacidad de almacenarlos y sobre todo procesarlos ha variado tanto que administrarlos en grandes cantidades («bigdata») se ha convertido en el nuevo oro del siglo XXI.
La información que generamos cuando usamos tecnologías digitales, por ejemplo en el caso de un email o una llamada, es metadatos: el horario, la fecha en que se envió y la localización desde la que nos conectamos la última vez, entre otros. Se puede predecir con casi un 90% de probabilidad dónde vamos a estar en cada momento de cada día del próximo año. Imaginemos cuánto vale esa información para el marketing de una empresa, por ejemplo. Tanto es así que las tres empresas más grandes del mundo en 2016 (Apple, Google, Microsoft) obtuvieron la mayor parte de sus ingresos precisamente a partir del bigdata, seguidas de cerca por Facebook y Amazon (la sexta y novena mayores empresas del planeta, respectivamente).

Smart Steps es una empresa perteneciente a Telefónica que se dedica a la venta de los datos de la compañía. Si eres usuaria de Movistar, esa empresa hace negocio con tus datos. Si vas a abrir un negocio en un determinado lugar y quieres saber cuánta clientela potencial pasa al día delante de esa ubicación, Smart Stpes te puede vender los datos, incluso para que los uses a tiempo real, saber a qué hora pasa la gente, si se detiene o no a ver el anuncio de oferta que pusiste en el escaparate, etc. Se sabe dónde están las personas, pero también qué compran, qué comen, cuándo duermen, cuáles son sus amigos, sus ideas políticas, su vida social.

«Obama fue el pionero. En la campaña de 2012 invirtió mil millones de dólares, contrató a un grupo de 40 freaks a los que metió en un sótano para que extrajeran datos hasta identificar al detalle 16 millones de perfiles personales de votantes indecisos»

Este volumen de información no solo se puede destinar a los negocios, sino que tiene otros muchos usos. Obama y Trump lo utilizaron en sus campañas electorales, algo que Hillary Clinton no hizo… y perdió. Obama fue el pionero. En la campaña de 2012 invirtió mil millones de dólares, contrató a un grupo de 40 freaks a los que metió en un sótano para que extrajeran datos hasta identificar al detalle 16 millones de perfiles personales de votantes indecisos. Con ellos empezaron a generar publicidad individualizada, no solo mediante mensajes, sino mostrándoles en Facebook de manera selectiva solo aquellos compromisos de la campaña con los que estarían de acuerdo. No era propaganda de campaña, sino artículos de prensa bien elegidos que les llegaban a través de los muros de sus amigos, sin que ni siquiera fueran visibles para estos: es una práctica que cada usuario de Facebook autoriza cuando firma las condiciones de registro. Así, en 2012 Obama y su equipo inclinaron la opinión del 78% de esas personas indecisas.

«Bastan entre 100 y 250 «Me gusta» de un usuario de Facebook para predecir su orientación sexual, origen étnico, opiniones religiosas y políticas, nivel de inteligencia y de felicidad, consumo de drogas, etc.»

Trump también lo ha hecho más recientemente. Bastan entre 100 y 250 «Me gusta» de un usuario de Facebook para predecir su orientación sexual, origen étnico, opiniones religiosas y políticas, nivel de inteligencia y de felicidad, consumo de drogas, etc., según un estudio realizado en Cambridge por el investigador de origen polaco Kosinski. Con esto en mente, un empresario creó Cambridge Analytica y Trump contrató sus servicios para las elecciones. Usaron esa metodología para elaborar los perfiles de cada una de las personas que podía votar: casi 250 millones de perfiles. Obama tenía 16 millones; Trump los tenía todos.
¿Es esto legal? Y en caso afirmativo, ¿conviene que así sea, habría que regularlo de alguna manera? La realidad es que nuestros metadatos no se obtienen de manera delictiva, sino que se generan permanente y legalmente. Hoy por hoy no hay casi legislación que lo regule, y además una normativa de protección de datos personales en relación al uso o al tratamiento de la información intercambiada o compartida abre muchas grietas. Un ejemplo: Google almacena un fichero con nuestros datos de carácter personal y por tanto debe cumplir la actual legislación española de protección de datos (la LOPD). Por supuesto, es posible borrar los datos de los servidores del índice y de la caché de Google servidos por Google España si así lo solicitamos, pero, ¿qué ocurre cuando vamos a Google.com? Que tus datos siguen ahí. Y es perfectamente legal, y aun cuando no lo fuera, ¿quién litiga contra Google, qué le supondría a Google en relación a sus beneficios sino una multa por no cumplir la LOPD?
En otro de los artículos de este número de Gente Corriente revisaremos un caso reciente de intento de acceso y privatización de metadatos sobre la fiscalidad de la población en la provincia de Málaga.
Como se ha visto, todo este relato se incardina de lleno en acontecimientos que no dejan de sucederse. En esa batalla de lo viejo sobre lo nuevo parece que no se quieren entender los recientes comunes urbanos o que, precisamente porque sí se entienden, se pretenda cercarlos. Lo vimos en octubre de 2017, cuando el grupo municipal del partido Ciudadanos (con el respaldo del Partido Popular) presentó en el Pleno una moción para pedir el desalojo y la privatización en su gestión de un bien común arraigado desde hace más de una década en la ciudad, como es La Casa Invisible. La batalla por La Invisible aún está por librar y no se resolverá en el corto plazo, pese a que la suma de ambos partidos aprobara la moción. Tampoco se resolverá el conflicto histórico que estamos protagonizando y mediante el que se rearticulan los equilibrios entre los tres ejes, Mercado-Estado-Comunes, cada uno en fase de transformación a causa de los cambios en las tecnologías y las subjetividades en proceso.

Fuentes:
Pensar desde los comunes (David Bollier, 2016. Traficantes de Sueños). «Una vida que se basta a sí misma: la revancha de los “valores del sur”»  (Amador Fernández-Savater. eldiario.es, 30/7/2017). «Reapropiarse de los bienes comunes: producir movimiento, datos, norma» (Mauro Castro y Rubén Martínez Moreno, La Hidra Cooperativa. Diagonal, 6/1/2017)