Cofradías: que baje dios y lo vea

Santi Fernández Patón

En noviembre de 2017 un pleno extraordinario del Ayuntamiento de Málaga aprobaba una modificación presupuestaria, con los votos del PP y el apoyo entusiasta de su apéndice naranja, que contenía una partida de 229.000 euros para 21 cofradías. Esa cantidad se repartía desde los 7.000 euros a la de El Huerto para unas bambalinas laterales del palio del trono de la Virgen, a los 17.000 euros de la Expiración (para la restauración del suelo del salón de tronos) y la Esperanza (restauración de túnicas), pasando por 16.000 a la cofradía de Zamarrilla (realización de un grupo escultórico) y la del Rico (14.000 euros para reformar su museo y las vitrinas) o El Cautivo (8.000 euros para renovar los uniformes de la banda musical). ¿Parece esto excesivo? Pues en julio del mismo año ya se habían aprobado otros 115.000 euros para ayudas similares.

«en un solo año se han entregado a las cofradías unos 345.000 euros, a los que hay que sumar las constantes con- cesiones de parcelas y locales o edificios municipales, por no mencionar los cambios arquitectónicos en nuestras plazas y calles para fran- quear el paso a los tronos»

Por tanto, en un solo año se han entregado a las cofradías unos 345.000 euros, a los que hay que sumar las constantes concesiones de parcelas y locales o edificios municipales, por no mencionar los cambios arquitectónicos en nuestras plazas y calles para franquear el paso a los tronos, lo que acaba por configurar una suerte de «urbanismo cofrade». Esto es, la configuración del espacio público en función de intereses privados y religiosos.
A este respecto, podemos recordar a vuelapluma la tala de cipreses centenarios en la plaza de San Francisco (que el vecindario impidió que fuera a más) o la pérdida de la subvención europea para remodelar la plaza de Camas, ya que el proyecto original dificultaba la salida de procesiones, lo que finalmente nos ha costado alrededor de un millón y medio de euros del erario municipal. La plaza de Camas, como se sabe, es la misma en la que el Ayuntamiento ha cedido a la cofradía de las Fusionadas (sí, la de Antonio Banderas) una parcela valorada en 750.000 euros para la construcción de su casa de hermandad, mientras ha sido incapaz de instalar toldos contra el sol, debido a la falta de arbolado, en la pequeña zona infantil, como se ha reclamado en repetidas ocasione
Podríamos enumerar muchos más casos: la cesión en 2015 de gran parte del Hospital Noble, donde actualmente tiene su sede la empresa de aguas municipales EMASA, a la cofradía del Descendimiento por un total de 50 años (el mismo mecanismo, tan habitual, que según el alcalde no se puede cumplir con La Invisible, como explican sus portavoces en una entrevista de estas mismas páginas). Es solo un ejemplo actual, al que se puede sumar la cesión reciente de otros locales o edificios a la cofradía del Cristo del Perdón, a la de Nuestra señora de los Dolores, a la de las Angustias, la del Jesús de la Pasión o a un sinfín más que abarca no solo a las 44 que procesionan.
No se trata solo de las cofradías. Como es sabido, en 2003, con el gobierno Aznar, una modificación legislativa permitió que, en una suerte de inversión de las desamortizaciones del siglo XIX, según podemos ver en este número de Gente Corriente, la Iglesia haya puesto desde entonces a su nombre más de 4.500 inmuebles en todo el país, algunos tan emblemáticos como la mezquita de Córdoba. Por supuesto, como ocurre con el resto de sus propiedades, la Iglesia también está exenta del pago de IBI con estas nuevas inmatriculaciones. En Málaga se valió de este procedimiento para en 2011 poner a su nombre la catedral, ni más ni menos, y de paso los jardines que la rodean… pero de su mantenimiento y cuidado se encarga el propio Ayuntamiento.
Sin irnos tan lejos, en octubre de 2017 el Obispado de Málaga comenzó a construir una centro de catequesis, con decenas de aulas, varias plantas y parking particular, en una parcela municipal cedida graciosamente por el Ayuntamiento en la calle Crónica, en la barriada de Puerta Nueva. La particularidad residía en que en esa parcela se asentaba la única pista deportiva de carácter gratuito de toda la barriada, por lo que era usada a diario por grupos de jóvenes, que de un día de otro perdieron un equipamiento público en favor de intereses privados, pese a las numerosas protestas vecinales.

¿Y el dinero para las barriadas?

Aquel pleno extraordinario de noviembre de 2017 aprobó también otra modificación presupuestaria para invertir 12,1 millones pendientes desde 2015 y otros 7,6 millones de 2016. Este remanente era consecuencia de la mala gestión presupuestaria, que una año más dejaba sin ejecutar partidas importantes para el desarrollo de la ciudad. A estas cantidades hay que añadir otros 37,5 millones de euros que supuestamente se han ejecutado antes de fin de 2017. Todo ello se aprobó justo un día después de que Hacienda, por mandato del ministro Montoro, anunciara la intervención de las cuentas del Ayuntamiento de Madrid en función de unos criterios que podrían haber sido aplicados perfectamente a Málaga, cuyas inversiones carecen en numerosa ocasiones de las más elementales justificaciones.
La mayor parte de esas inversiones están dirigidas a las áreas donde el PP y Ciudadanos consiguen más votos, en muchos casos sin la preceptiva justificación sobre el ahorro que a la larga generarían para la ciudad. Todo ello mientras que de nuevo se ha dado de lado a la periferia, como son los casos de Campanillas o Churriana, en los que se invierten 393.000 euros y 60.000, respectivamente (recordemos: 345.000 para las cofradías), muy lejos de los casi 5 millones que suman entre el centro y la zona Este, principalmente en Pedregalejo y Limonar. Aunque parezca increíble, era la tercera o cuarta vez que el Ayuntamiento anunciaba o, mejor, «vendía» a golpe de titular, esta inversión en los distritos. ¿Cómo lo hace?
De manera habitual, el equipo de gobierno anuncia sus partidas estrella para los siguientes presupuestos (primera vez que las vende), meses después, según se aprueban esos presupuestos, las vuelve a anunciar (segunda vez que las vende), para más tarde hacer otro anuncio en el momento de se ejecución o, si siguen pendientes, como suele ocurrir, en el pleno de la modificación presupuestaria (tercera vez) y, por último (cuarta vez), cuando por fin se ejecuten. Mencionemos que en ocasiones ha incluido como inversiones lo que en realidad son reparaciones, hasta que el interventor municipal atajó esta práctica. Por tanto, la sensación de buena parte de la ciudadanía al leer incluso cuatro veces titulares muy similares es que el equipo de gobierno no deja de invertir y desarrollar distintos planes en los barrios. Como vemos, la realidad es que en muchas ocasiones ni siquiera se ejecuta lo aprobado, y que los presupuestos castigan las áreas donde menos votos obtiene el PP.
A esto, algunos lo llaman marketing político. Otros, simplemente, robo.

La Economía del Bien Común y Málaga

Ángel Terrón

La definición habitual que recogen los diccionarios sobre el término «Economía», como administración de bienes o ciencia relacionada con ello, apenas refleja lo que normalmente nombramos con esa palabra. El análisis de la economía financiera se ha vuelto complejo hasta para los propios banqueros que capitanean esos grandes barcos que parecen flotar sin rumbo en un océano, y para los que la ciudadanía pone el combustible y, cuando encallan, el rescate.
Curiosamente, cuando analizamos la economía de países y empresas, lo hacemos de una manera muy simple: ¿ganan o pierden dinero? Es un balance que no muestra nada que importe, como por ejemplo si esa empresa o actividad respeta la dignidad de las personas, construye o destruye comunidad, preserva o contamina nuestro aire y agua. Necesitamos otras maneras de gestionar nuestros recursos y de evaluar nuestra actividad económica.
Por contra, la Economía del Bien Común (EBC) vendría a ser un sistema económico alternativo, al margen de los mercados financieros, y que propone, en función de valores humanos universales, la construcción de una buena vida para todos los seres vivos y el planeta. Es un proceso abierto en cuanto a sus resultados, participativo, de crecimiento local, aunque de efectos globales.

«El llamado “Balance del Bien Común”, perfectamente definido, aunque en constante evolución, relaciona los valores de dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social, transparencia y participación democrática con sus actores y receptores: las personas, la comunidad y el medio ambiente»

Este enunciado se quedaría como un brindis al sol más si no fuera por su principal herramienta, una matriz para valorar las actividades, las empresas, las comunidades y las personas en función de esos valores. El llamado «Balance del Bien Común», perfectamente definido, aunque en constante evolución, relaciona los valores de dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social, transparencia y participación democrática con sus actores y receptores: las personas, la comunidad y el medio ambiente.
Bajo esta idea, en el año 2010, junto a un grupo de empresarios también austriacos, Christian Felber inició el desarrollo práctico del modelo de la Economía del Bien Común como una alternativa real al capitalismo de mercado y a la economía planificada. Desde entonces se han multiplicado las empresas, municipios y comunidades del Bien Común. En España, la Economía del Bien Común se extendió a través del propio Christian Felber, la Asociación Federal Española para el Fomento de la Economía del Bien Común y personas como Diego Isabel La Moneda, quien expandió el modelo a Latinoamérica e inició el proceso de aprobación del Dictamen del Comité Económico y Social Europeo «La Economía del Bien Común: un modelo económico sostenible orientado a la cohesión social».
De todo ello se habló en abril de 2017 en Málaga, ya que nuestra ciudad acogió el Foro Global NESI sobre Nueva Economía e Innovación Social, en el que se citaron formas alternativas de entender y valorar nuestras actividades, mucho más numerosas e importantes de lo que pudiera parecer. En Málaga hay ejemplos.
En la provincia de Málaga, la Asociación Nueva Alternativa de Intervención y Mediación (NAIM) lleva desde 2015 aplicando el Balance del Bien Común como herramienta de medición de su impacto en la sociedad. Esta asociación tiene como principal fin la promoción del desarrollo integral de distintos sectores de población, preferentemente los que corresponden a la infancia y juventud que se encuentren en situación o riesgo de exclusión social. Promueve diversos proyectos de desarrollo integral destinados a estas personas, y especialmente a jóvenes.
La mayor parte de sus actividades giran alrededor de la orientación laboral, la formación para el empleo y la inserción sociolaboral. Además ha promovido tres empresas de inserción en distintos sectores de actividad. Los proyectos que lleva a cabo se centran en Málaga capital (barriadas de Palma-Palmilla, La Corta, Bailén-Miraflores) y en las localidades de Antequera y Alameda.
Trabajar por la inserción sociolaboral implica también promover y facilitar cambios en las estructuras económicas que generan la desigualdad y la exclusión. Es por ello que esta asociación malagueña participa activamente en el movimiento de la Economía del Bien Común.
Ejemplos como el de NAIM, y otras empresas de la asociación REDVERSO por una economía verde, solidaria y del Bien Común, también participante del movimiento EBC en Málaga, nos conectan con otra visión de nuestra sociedad más cordial, sana y sostenible. Nos proponen preguntarnos y analizar, precisa y sinceramente, si nuestra actividad proporciona calidad de vida o es solamente un libro de contabilidad más.

Barrial Geographic: cuando la mirada consumidora es observada por la mirada del barrio de Lagunillas

Álvaro Ruiz, activista

Finales de julio de 2017. Un periódico local dedica una página a una iniciativa de una empresa local dirigida por un empresario especializado en Planificación Territorial, Urbanismo y Mercado Inmobiliario. Es publicidad, pero se presenta como noticia. El periódico anuncia una visita guiada por los grafitis de Lagunillas a cargo de una joven licenciada en Historia del Arte, «experta» en el tema. La visita cuesta 8 euros. Se inscriben 30 personas. Dos semanas antes de la visita algunas vecinas y vecinos tratan de ponerse en contacto con los organizadores. No hay respuesta. Se les pide, a través del evento creado en Facebook para la ocasión, que se se comuniquen con la asociación del barrio. No hay respuesta. Dos días antes de la visita guiada un vecino logra hablar con el empresario, quien le dice que la calle es libre y que harán lo que quieran.

«Ok, nosotros también», pensamos. Las grafiteras y grafiteros se cabrearon: «¿¡que van a cobrar por enseñar los grafitis que hemos hecho gratis y para todo el mundo!?, ¿¡que van a explicar nuestras creaciones sin contar con nosotras!?». Surge un debate necesario acerca del contenido de los grafitis: hasta ese momento los temas no aludían a la situación del barrio, no estaban suponiendo ningún conflicto para los agentes gentrificadores, es más, estaban siendo el reclamo. Se comenta la destrucción de obras por parte de Blu y otras y otros artistas callejeros en Berlín[1]. Pese a que aún se está por profundizar en ese debate, las grafiteras comienzan a tomarse en serio el papel que pueden estar jugando en la nueva burbuja cultural-inmobiliaria. Y pocas semanas después las paredes comienzan a balbucear una crítica. Por primera vez aparecen grafitis que denuncian las consecuencias perversas del turismo masivo y el oportunismo capitalista, lo que convierte a Lagunillas en un «activo» algo más incómodo o problemático en el contexto malagueño[2].

Decidimos activarnos. Con la visita a la vuelta de la esquina, nos reunimos en torno a una propuesta: transformar al grupo visitante en objeto de nuestra mirada, curiosidad y estudio. Todo esto transcurría en un contexto de ataque mediático a nivel estatal a la cada vez más visible resistencia de vecindarios de toda España a la masificación turística y sus consecuencias. Solo se escuchan dos palabras en los medios españoles durante esos días: Venezuela y turismofobia. Ponen a circular la palabra «turismofobia»[3] por televisión, radio, papel e Internet. Dedican tertulias televisivas a propagar un término creado por el dispositivo financiero-turístico-mediático para patologizar y despolitizar las expresiones del malestar que está provocando la industria turístico-inmobiliaria sobre las vidas locales. Había que tenerlo en cuenta ante la posibilidad de que se nos patologizara y criminalizara.

En primer lugar utilizamos los grafitis para interpelar a la empresa y a las asistentes directamente. Decidimos colocar sobre los principales grafitis el mensaje «El arte aquí es gratis. Para todos. Mi barrio no es tu negocio. Si quieres conocer y apoyar el barrio manda email a lagunillasporvenir@gmail.com». De este modo, además de la incomodidad y la invitación a conocer Lagunillas con sus vecinas y vecinos, el mensaje quedaría registrado en cada foto.

En segundo lugar, aprovecharíamos la visita para rodar una Lagunews, invirtiendo la relación de captura, al integrar a la empresa turística como figurante en nuestras prácticas creativas.

Y en tercer lugar, el lenguaje del humor y la parodia, además de ser el lenguaje «espontáneo» del barrio, cobraba especial importancia estratégica. La parodia tiene un doble sentido: en oposición, entendida como burla, y en paralelo, como repetición que introduce una diferencia. Se trataba de, mezclando a Bourdieu con Butler, responder al habitus turístico cultural con parodia queer antigentrificadora. La parodia permitía situarnos en paralelo a la liturgia predecible de un grupo turístico guiado para introducir una diferencia, producir un acontecimiento y singularizarnos ante la instrumentalización capitalista de la riqueza cultural del barrio. La visita guiada suponía un acto performativo a través del cual comenzaba a instituirse en Lagunillas el grafiti como arte-mercancía y objeto de saber experto, al barrio como museo, a sus vecinas como figurantes y a las graffiteras como productoras del común capitalizados por el hecho de no separar arte y vida en un espacio público. La parodia, llevar al exceso el estereotipo y ofrecerse como una imagen invertida, podría neutralizar la fuerza performativa de lo que esa visita, con su anuncio previo en prensa, pretendía inaugurar.

Permitía evidenciar la violencia naturalizada, al reflejarla cómicamente a través de un contraperformance, pero también que el grupo visitante no se sintiera en peligro ante nuestra cómica presencia y a la vez dificultar nuestra posible criminalización por la prensa y un hipotético retrato de como vecinos radicales afectados por una fobia irracional al turismo. Así que alguna y algunos nos vestimos con elementos que recordaban a los reportajes de National Geographic y acudimos al evento equipados al estilo safari. Encontrábamos en el imaginario colonial europeo en África el lugar del exceso paródico desde el que reflejar la colonialidad capitalista en la metrópolis.

Habría que aclarar que nos sorprendió la composición sociológica del grupo. Esperábamos un grupo de turistas extranjeros, pero se trataba mayormente de personas provenientes de otros barrios de Málaga más pudientes. Aproximadamente la mitad eran jóvenes y la otra mayores. Esta aparente paradoja se resuelve disociando la imagen del turista de la del extranjero del Norte global, y es que, cada vez más, en una ciudad como Málaga todas somos turistas. A medida que el dispositivo turístico configura los espacios y relaciones, cualquiera se convierte en su producto más inmediato: el turista (y/o en su otra cara: la trabajadora precaria).

El «plan» surgió sobre la marcha: esperamos al grupo visitante en el solar »Victoria, ¿de quién?», enfocándolo con cámaras, móviles, prismáticos, etc., a la vez que alguien grababa y fotografiaba la escena desde fuera. Mientras tanto, uno de nuestros «guías expertos» del Barrial Geographic impartía una lección, con tono pretendidamente académico, sobre apropiación cultural, oportunismo capitalista y grupos turísticos en barrios empobrecidos. Jugamos a convertir su práctica consumidora en objeto de nuestras miradas, registros y análisis, tal y como nuestras prácticas artísticas-vitales estaban siendo convertidas por su práctica de consumo. Donde un grupo privatizaba la riqueza colectiva en nombre de la libertad neoliberal entendida como mercantilización del espacio público, el otro la defendía dándole un giro político a esas nociones de libertad y de público en nombre del común.

Como decimos, nuestro objetivo de fondo no era tanto evitar su visita sino invertirla y transformarla en material para una Lagunews. Si nosotras estábamos trabajando para el beneficio de una empresa, el grupo guiado y la empresa trabajarían de figurantes para Lagunews.

¿Qué pasó? La política del acontecimiento

Nuestra consigna era no entrar en confrontaciones dialécticas con la guía turística ni con las asistentes, para evitar personalizar el conflicto. Pero también porque suponía teatralizar la relación científica-capitalista-patriarcal de sujeto a objeto que estábamos recibiendo por la vía de la industrialización cultural y el saber experto. La relación sujeto-objeto es una forma de violencia que se basa en la anulación de la subjetividad del otro, instituye una relación binaria jerarquizada que solo se puede sostener en el tiempo a través de la imposición y la colonización; es un monólogo del saber-poder. Ese elemento de violencia, que también nosotras ejercíamos a nuestra escala, al convertir al grupo turístico en objeto, podía ser un disparador, si se entendía nuestra inversión paródica, de forma que conectara con la violencia con la que el barrio percibe la manera en que es visitado y, por extensión, la de cualquier agente gentrificador. Era el humor lo que podía introducir la diferencia necesaria para hacer valer nuestro gesto como un acto de violencia defensiva. En cualquier caso, el conflicto había sido planteado. Así que el grupo visitante reaccionó y también se singularizó.

Nuestras pretensiones de actuar sin interaccionar directamente con el grupo se fueron al traste cuando las personas mayores comenzaron a interpelarnos y a justificar su visita. Una señora se acercó a decirnos que había venido a ver la casa donde nació su madre y que había un grafiti horrible (¿?). Otro señor se acercó a recriminarnos que si no hubiera sido por la historiadora del arte no habría pensado nunca que «eso» era arte: él pensaba que era suciedad urbana. En otro momento, alguien comentó que si no hubiera sido por la visita guiada no hubiera ido a conocer los grafitis, ya que el barrio le da miedo… Y entonces el guion y los performances de cada grupo se rompieron, los grupos se mezclaron, los grupos-objeto de la observación y los enunciados se transformaron en grupos-sujeto dialógicos, dando lugar a discusiones y conversaciones donde tratábamos de explicar los motivos de nuestra acción e invitar a visitar el barrio y apoyarlo junto con al vecindario, no sin él.

Llegados a este punto, el temor y el disgusto de las personas mayores contrastaban con las reacciones de la gente joven. Algunas y algunos se acercaron a pedirnos disculpas, a expresar su simpatía por el barrio y a aclarar que no sabían que esta empresa no había querido hablar con nosotras. Escucharon nuestros relatos sobre las consecuencias del turismo cultural en Lagunillas (expulsión vecinal, aumento de alquileres, amenaza de su singularidad, vecinos en peligro de desahucio, etc.). Algunas de ellas abandonaron el grupo turístico y se quedaron hablando con el grupo vecinal. Intercambiamos contactos. Y acabamos tomando cerveza en un bar del barrio donde, terminada la visita, también acudió la guía turística con quien pudimos hablar amigablemente, cada quien desde su posición.

 

[Vídeo de la acción]

 

[1]     «Berlin graffiti artists destroy their art to fight gentrification»: http://skrufff.com/2014/12/berlin-graffiti-artists-destroy-their-art-to-fight-gentrification/

[2]     Pese a que un grafiti politizado y la actividad militante misma puedan insuflar energías a la gentrificación de un barrio, la política del gobierno neocon de Málaga es bastante tendenciosa y represiva respecto a la visibilidad de enunciados en el espacio público. En abril de 2017 el Ayuntamiento de Málaga amenazó a una asociación marroquí con una multa de 600€ si no retiraba un mural de la puerta. El mural representaba a un joven marroquí mirando a Europa detrás de la valla fronteriza y a una mujer negra con una balanza en la que decía “No hay justicia sin igualdad”: http://cadenaser.com/emisora/2017/04/18/ser_malaga/1492532927_225371.html. Sin embargo, tres años antes, Obey había realizado un mural enorme por encargo del gobierno municipal. El mensaje original decía «Paz y Justicia», pero Obey lo cambió a petición de los mecenas por «Paz y Libertad», un mensaje mucho más cómodo para los neocon. Ver Rogelio López Cuenca: «Obey en Málaga»: https://contraindicaciones.net/obey_en_malaga_un_analisis_de_rogelio_lopez_cuenca/.

[3]  Oracio Espinosa: «Turismofobia: patologizar el malestar»: http://www.eldiario.es/catalunya/opinions/Turismofobia-Patologizar-malestar-social_6_660443975.html

Cultura, Turismo y Desarrollo Local: el modelo de Málaga a debate. El crecimiento turístico y cultural de Málaga… ¿un desarrollo sostenible?

Anton Ozomek (Colectivo en Defesa del Patrimonio Histórico de Málaga)

Cursos de Verano UNIA 2017. Cultura, turismo y desarrollo local: el modelo de Málaga a debate 25/9/2017

Contestar a la pregunta planteada, sobre si el crecimiento turístico y cultural de Málaga responde a un desarrollo sostenible, puede hacerse desde múltiples puntos de vista.

Por mi parte, voy a tratar de hacerlo a través del análisis de dos variables que llevo algunos años estudiando de forma directa: el patrimonio arquitectónico y las actividades económicas.

Pero antes de ello, creo imprescindible hablar de una palabra que se ha puesto de moda: TURISMOFOBIA.

Ahora que la neolengua más orweliana ha puesto de moda este término, bien vale una reflexión seria sobre lo que está ocurriendo; porque este es un fenómeno que sin duda merece un análisis más profundo y sosegado que el simplista duelo entre: “al turismo una sonrisa” y el “tourist go home”.

No se trata de prohibir o demonizar el turismo. Y por supuesto que no se pueden tolerar acciones de acoso directo a ningún visitante de nuestra ciudad. Pero tampoco se trata de convertir el turismo en único motor económico, al menos bajo sus actuales condiciones de precariedad laboral y bajos salarios.

De lo que sí se debe tratar, es de nunca permitir actividades sin regulación. Se hace imprescindible tener un plan de usos turísticos, que determine cuál es el punto de equilibrio entre diferentes usos y funciones; que pueden ser perfectamente compatibles, siempre y cuando se establezcan de forma objetiva sus umbrales, y se defina su correspondiente capacidad de carga.

Todo el mundo entiende que un autobús con 50 plazas tiene una capacidad para 50 personas, y que si suben más viajeros, habrá incomodidad y surgirán problemas. Y que si, por ejemplo, alguien se pone a fumar, habrá viajeros que se sentirán especialmente molestos. Pues con el territorio sucede igual: cualquier zona de la ciudad tiene una capacidad limitada, y los usos que se desarrollen en ellos pueden implicar incompatibilidades… o no, dependiendo de la tipología y de la intensidad de esos usos.

Tras los experimentos urbanísticos del siglo XX, ahora ya sabemos que el “monocultivo” genera no pocos problemas, y que un centro urbano es más sano y rico cuanto más diverso es; y que la diversidad reduce la incertidumbre, porque apostar todo a una sola carta implica asumir un riesgo excesivo.

Estoy convencido de que la ciudad de Málaga puede seguir creciendo en cuanto a economía del turismo, y que puede hacerlo de forma sostenible; pero para que así sea, no debe seguir haciéndolo en las circunstancias actuales. O sea: ocurriendo casi exclusivamente en el intramuros medieval, y menos aún a costa del patrimonio histórico, de la calidad de vida de los vecinos o del desequilibrio de la estructura empresarial.

Y tras esta breve introducción, paso ya a los datos. Datos de primera mano que cualquier persona puede contrastar y verificar. Porque un análisis geográfico que pretende ser científico, debe basarse siempre en información sistemática y veraz.

En cuanto al territorio de análisis, voy a ceñirme a lo que en urbanismo se denomina almendra histórica.

La almendra es la zona más o menos coincidente con el intramuros medieval, y que queda delimitada por Alameda, Santa Isabel, Carretería, Álamos, La Merced, Alcazabilla, Cortina del Muelle y La Marina.

Para esta zona, desde el año 2011, vengo estudiando la evolución histórica del parque inmueble; y he podido constatar que, no solo fenómenos ya conocidos como la gentrificación, provocan degradación del patrimonio histórico; sino que, paradójicamente, también turismo y cultura pueden alimentar el expolio.

Más adelante van a ver que alojamientos turísticos y museos afectan a los edificios históricos, pero para que se entiendan en toda su dimensión las cifras que expondré, necesito contextualizar la situación real del patrimonio, muy mermado ya por la dinámica inmobiliaria de las últimas décadas. Porque, por ejemplo, no es lo mismo sufrir una gripe en un cuerpo sano, que en uno que ya padece bronquitis crónica.

El centro de Málaga inició su declaración formal como Bien de Interés Cultural de Conjunto Histórico-Artístico en 1985, tras la aprobación de la Ley del Patrimonio Histórico Español… que a su vez era requisito previo a la entrada de nuestro país en la entonces Comunidad Económica Europea.

En aquella época el centro histórico de Málaga sufría un proceso de abandono residencial y empresarial, y también de degradación urbanística y arquitectónica.

Por eso la Ley de Patrimonio abría una etapa de esperanza. Sin embargo, ni su aprobación ni la redacción del subsiguiente PEPRI (el Plan Especial de Protección y Reforma Interior), significaron precisamente una mejor conservación del patrimonio; sino justo lo contrario, como vengo demostrando a través de la investigación «Geografía del Desastre», cuyos datos se inician en el año 1957, justo tras la aprobación de la entonces nueva Ley del Suelo en España.

Aviso ahora que ver este cronomapa, duele. Esta cartografía dinámica, en solo dos minutos sintetiza cientos de horas de trabajo de investigación, y muestra año por año, parcela a parcela, las demoliciones de edificios históricos habidas en la almendra de Málaga.

Tras el análisis de abundante documentación, sobre todo cartografía histórica y fotografías, tanto aéreas como a pie de calle, se ha constatado según acabamos de ver, que entre 1957 y 1985 se demolieron en la almendra 173 edificios centenarios, lo que arroja una tasa promedio anual de 6 demoliciones.

Esta tasa puede no parecer muy abultada, pero ha de tenerse muy en cuenta el efecto acumulativo, porque esa pérdida es insustituible. La desaparición de edificios históricos puede acabar implicando una triste paradoja: que el centro histórico tenga más edificios contemporáneos que centenarios.

Pues bien, si durante el periodo 1957-1985, la almendra perdió 6 edificios históricos cada año, lo lógico sería pensar que en el periodo 1985-2016 -cuando ya existía un marco normativo europeo- se frenaría esta pérdida patrimonial.

Pero desgraciadamente no fue así. De hecho, desaparecieron otros 396 edificios históricos. O sea, que la tasa anual de pérdida del patrimonio duplicó con creces la del periodo anterior, y se situó en 13 edificios desaparecidos cada año.

Si sumamos las demoliciones de ambos periodos, tenemos que desaparecieron un total de 568 edificios históricos. O sea, que en poco más de cinco décadas se ha demolido el 44,5% del total del parque edificatorio centenario de la almendra histórica de Málaga.

Esto sería algo así como enterarse que dentro del Parque Natural de la Sierra de las Nieves, en fechas recientes, se ha talado uno de cada dos pinsapos, y se han plantado en su lugar pinos y eucaliptos. O sea: una barbaridad, tanto en términos de cantidad como de calidad.

Y esta pérdida de patrimonio está motivada fundamentalmente por la ignorancia y la avaricia. Ignorancia por no entender el significado cultural que implica conservar los edificios históricos; y avaricia por preferir fomentar las plusvalías inmobiliarias (o sea, la especulación legalizada), que implican al menos desde un punto de vista cultural, un enriquecimiento injusto.

Por supuesto, algunos dirán que las ciudades no pueden congelarse en el tiempo, que deben evolucionar y progresar. Pero este es un argumento que elude reconocer que el término municipal de Málaga cuenta con 6.000 hectáreas de suelo urbano, mientras que la almendra cuenta con apenas 40. O sea, que había disponibles miles de hectáreas para hacer crecer y evolucionar a la ciudad sin por ello necesitar, ineludiblemente, destruir el patrimonio arquitectónico; patrimonio heredado de nuestros antepasados y siendo, además, nuestro deber, conservarlo para las generaciones venideras.

Y también algunos dirán que no todo lo antiguo hay que conservarlo, que no todo lo histórico es digno de ser protegido. Pero resulta que las leyes, así como los expertos mundiales dicen justo lo contrario.

Porque la UNESCO establece que «los edificios que constituyen las áreas históricas pueden no tener ellos mismos un valor arquitectónico especial… pero deben ser salvaguardados como elementos del conjunto, por su unidad orgánica, dimensiones particulares y características técnicas, espaciales, decorativas y cromáticas insustituibles en la unidad orgánica de la ciudad».

Rotundo. Esto es lo que indica la Carta de Cracovia, del año 2000. Y es precisamente a partir de esta fecha cuando el centro de Málaga comienza a experimentar el fenómeno turístico, pues hasta entonces en nuestra tierra el turismo era cosa de sol y playa; pero sin duda la apertura del Museo Picasso supuso un antes y un después para Málaga, al igual que ocurriera, por ejemplo, en Bilbao con el Museo Guggenheim.

Así lo vemos de forma clara en la evolución de los datos –y pasamos ahora de la cuestión patrimonial a la de las actividades económicas– procedentes del trabajo de campo, realizado por la consultora de geomarketing DonDeNegocios, para la Asociación Centro Comercial Abierto de Málaga.

En este primer mapa observamos 1.617 locales existentes a pie de calle dentro de la almendra en la actualidad. Para estos locales disponemos de datos de uso; recogidos mediante trabajos de campo exhaustivos y sistemáticos realizados en la primavera del año 2001, 2016 y 2017.

Como podemos observar, 285 locales se encuentran cerrados, inactivos. Así que vamos a centrarnos en el análisis de los 1.332 que sí cuentan con actividad empresarial.

En este segundo mapa vemos cómo las actividades hosteleras contaban en el año 2001 con 304 negocios, que representaban el 23% del total de la zona de estudio; siendo el comercio el sector mayoritario con 779 negocios (o sea: 59%); y completándose los datos con los 230 negocios del capítulo “otros servicios”.

En 2016 (justo 15 años después) eran ya 446 locales hosteleros, que suponían el 34% del peso sectorial en la almendra. Así pues, crecieron un 0,7% de promedio acumulado cada año.

Y para 2017 la hostelería cuenta ya con 477 negocios que representan el 36%. O sea, que en último año el peso hostelero ha crecido un 2,2%, que es el triple del crecimiento interanual del peso relativo hostelero durante el periodo anterior.

Podemos por tanto afirmar, con absoluto rigor estadístico, que el sector hostelero en la almendra, ha experimentado un crecimiento constante desde 2001, disparándose en el último año.

Una ratio estadística concreta y una comparativa territorial, nos puede ayudar a entender mejor qué significan estas cifras: si en 2001 la relación entre hostelería y comercio en la almendra histórica de Málaga, implicaba que por cada local hostelero había 2,6 comercios; en 2017 la ratio es de solo 1,4.

En el global de Andalucía, esta ratio es actualmente de 2,2; y en la Costa del Sol es de 1,3. Por tanto, como los datos demuestran, la almendra ofrece ya un nivel de híper especialización igual que el de los tradicionales focos turísticos de la Costa del Sol.

De seguir la tendencia, en muy pocos años, la estructura macro sectorial se invertirá, habiendo más hostelería que comercio, lo cual, sin duda, es un claro síntoma de desequilibrio económico.

Además, la saturación hostelera provoca muchos problemas de incompatibilidad con otros usos, como el residencial, o el propio de despachos profesionales; sobre todo en cuanto al ruido constante: por las mañanas a causa de la carga y descarga de mercancías, necesarias para las 352 cafeterías, bares y restaurantes; y por las noches, la clientela de los 88 bares de copas, que genera elevada contaminación acústica hasta altas horas de la madrugada.

Trabajar o vivir en estas condiciones es muy difícil, lo que provoca el éxodo vecinal y profesional. Y cuando estos edificios se quedan vacíos, e incluso antes, los propietarios se deciden por el negocio de los apartamentos turísticos.

Porque si hay una actividad plenamente representativa del fenómeno turístico, no son los bares y restaurantes, donde al fin y al cabo también pueden ser clientes los propios malagueños.

Por eso, son los alojamientos los que mejor permiten medir la intensidad de la actividad turística sobre un territorio. Y en el caso de la almendra, veremos cómo no solo la evolución reciente arroja cifras de espectacular crecimiento, sino que, además, van indudablemente acompañadas de una mayor afección patrimonial.

A comienzos del verano de 2017 había 37 grandes negocios de alojamientos turísticos en la almendra malagueña: 16 edificios de apartamentos, 9 pensiones y 12 hoteles.

Quede claro que solo se contabilizan los alojamientos que ocupan un edificio de forma íntegra, o al menos de forma mayoritaria; quedando excluidos de la estadística los apartamentos individuales, que son centenares también.

Entre 2001 y 2016 los alojamientos turísticos crecieron un 311%, pasando de 9 a 28 unidades. Y entre 2016 y 2017 se pasó de esas 28 unidades a nada menos que 37. Y la tendencia se está intensificando aún más si cabe.

Y el acondicionamiento y puesta en uso de estos 37 negocios, ha significado la afección de 65 edificios históricos en total, que se observan en este mapa y se desglosan del siguiente modo:

> 20 edificios fueron completamente demolidos, entre 1960 y el año 2000, con total pérdida patrimonial.

> 18 edificios fueron completamente demolidos, entre 2001 y 2016.

> 11 edificios fueron, también entre 2001 y 2016, casi completamente demolidos (se practicó el denominado fachadismo, o sea: vaciado completo del inmueble y mantenimiento exclusivamente de las fachadas).

> Los restantes 16 edificios históricos, fueron rehabilitados, con diverso grado de afección patrimonial.

Sin duda, el balance es catastrófico en términos de impacto sobre el patrimonio, pues tres de cada cuatro inmuebles históricos afectados, el 75%, han desaparecido total o casi totalmente para poder convertirse en alojamientos turísticos.

Y esto, sin tener en cuenta proyectos que no están ejecutados aún en su totalidad.

Hablamos de proyectos como el gran hotel diseñado por Rafael Moneo en Hoyo de Esparteros, para el que desde el año 2003 cinco “fortuitos” incendios, y consecuentes demoliciones de varios edificios allanaron el camino; quedando ya solo en pie el Palacete de los Condes de Benahavís, popularmente conocido como La Mundial.

Este inmueble histórico es un perfecto ejemplo de casa-palacio de la burguesía industrial malagueña, diseñada a finales del siglo XIX por Eduardo Strachan; ni más ni menos que el también autor de la calle más famosa de la ciudad: la calle Larios.

El palacete es un edificio de 800 m2 de superficie útil, diseñado como residencia de una única familia, los Loring-Heredia; con abundantes dependencias para el numeroso personal de servicio, y en una de las zonas más caras de la ciudad. Fue construido con los mejores y más nobles materiales de la época. Y durante casi diez años, en la década de 1920, fue la sede del Gobierno Civil, la más alta institución del Estado español en Málaga.

No cabe duda, por tanto, que se trata de un edificio histórico de primer nivel, que debería contar con el máximo grado de protección patrimonial; pero en Málaga se aprobó en 2008 sacar el edificio del Catálogo de Protecciones, para así poder legalizar su completa demolición, único obstáculo para el gran hotel proyectado.

Esto que están viendo es la infografía realizada por el estudio espaciorenders.com, de una posible rehabilitación del palacete; que demuestra que es posible otro proyecto más respetuoso con el patrimonio histórico. No se trata de bloquear la puesta en uso de edificios abandonados, sino de reactivar su uso respetando siempre el marco normativo y los valores culturales.

Y también destaca el caso del (ex)Palacio de Solesio, que a pesar de contar con nivel de protección Integral, y para facilitar al máximo su conversión en otro gran hotel, fue casi totalmente demolido en 2007 de forma intencionada; en absoluto fortuita por una supuesta ruina, que solo afectaba a una pequeña parte del inmueble, tal y como confirma una sentencia judicial al respecto.

Quedan ya solo los lienzos de fachada del que la Guía de la Arquitectura Malagueña, calificaba como el mejor ejemplo de palacio civil del siglo XVIII. Ya no existe, porque se proyecta otro gran hotel.

Por supuesto, habrá quien defienda que lo demolido estaba abandonado y era ruinoso, sin cuestionarse siquiera quién provocó dicha ruina. Y tampoco admitirán muchos que la inmensa mayoría de tales ruinas no eran siquiera físicas, sino solo económicas; o sea: que se conceden licencias de demolición cuando el coste de restauración supera en equis el coste de una obra nueva. En suma, el valor del patrimonio histórico se ve reducido al mero valor económico, sin importar el valor cultural.

No importa que la legislación determine con rotundidad que en centros históricos protegidos, la sustitución de inmuebles centenarios debe ser algo excepcional; pero ya hemos visto que en realidad las demoliciones no son una excepción, sino una regla sistemática.

Por otra parte, al igual que los alojamientos turísticos, las actividades museísticas también han provocado agresivas actuaciones sobre la arquitectura histórica, como bien atestiguan las obras para el museo Picasso y para el museo Carmen Thyssen.

Ambas actuaciones tienen lugar ya en pleno siglo XXI, y para cuya puesta en marcha se rehabilitaron dos palacios, al mismo tiempo que se demolieron un total de 23 inmuebles históricos, en sustitución de los cuales se insertó una arquitectura contemporánea de estética muy polémica.

En cualquier caso, lo que queda claro es que en un centro histórico cada vez menos histórico, las actividades culturales y turísticas representan un factor muy real de amenaza para el patrimonio.

Y no solo por las demoliciones que ha provocado la conversión de inmuebles en alojamientos turísticos o museos, sino también por la ocupación del espacio público, con terrazas hosteleras y expositores de souvenirs, todo legalizado mucho más allá de una lógica de equilibrio y respeto.

Y también por la agresión grave al paisaje urbano histórico, teóricamente protegido por la Ley de Patrimonio, pero vulnerado por cientos de mesas, sillas, expositores, carteles y sombrillas.

De hecho, este año 2017, 304 negocios dentro de la almendra histórica hacían uso del espacio público fuera de sus establecimientos, lo que representa el 65% de los 450 locales susceptibles de hacerlo; que se eleva al 85% en el caso de bares y restaurantes, y al 100% en el caso de tiendas de souvenirs.

Finalizo ya, regresando a lo expresado al principio.

Un centro urbano es más rico cuanto más diverso, porque apostar todo a una sola carta implica asumir un riesgo excesivo.

Y repito que estoy convencido de que la ciudad de Málaga puede seguir creciendo en cuanto a economía del turismo, pero debe hacerlo con un proceso adecuadamente controlado, que impida que haya más inconvenientes que beneficios.

Urge, por tanto, en primer lugar, respetar una moratoria de demoliciones de edificios históricos; y establecer una moratoria para la apertura de nuevos negocios hosteleros en la ya saturada almendra.

En segundo lugar, hay que determinar con firmeza la verdadera capacidad de carga de cada territorio, y los umbrales de equilibrio para cada actividad; de modo que todas sean compatibles, y se fomente el principio de diversidad funcional, que tan sano resulta para la ciudad.

En tercer y último lugar, debe fomentarse un proceso de descongestión, que permita llevar a los arrabales del centro una parte de las actividades que actualmente saturan la almendra histórica de Málaga.

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Más información sobre el estudio “Geografías del Desastre” puede obtenerse en la siguiente URL:

www.facebook.com/EDIFEICIOS.Malaga

Más información sobre el estudio “Evolución del comercio y la hostelería en el Centro Histórico de Málaga 2001-2016-2017” puede obtenerse en las siguientes URLs:

https://www.dondenegocios.com/single-post/2016/05/31/Evoluci%C3%B3n-del-comercio-y-la-hosteler%C3%ADa-en-el-Centro-Hist%C3%B3rico-de-M%C3%A1laga-20012016-1

https://www.dondenegocios.com/single-post/Mapa-Comercio-Hosteleria-Centro-Malaga-2001-2017

 

Málaga y su litoral: historia de una colonización

Málaga es una ciudad que hasta tiempos recientes ha vivido y se ha desarrollado de espaldas a su línea costera, con la que, una vez «descubierta», en buena medida estableció una relación depredadora. Y es que hasta bien transcurrido el siglo XIX, salvo asentamientos puntuales, la ciudad no comenzó a dar un uso estable a la costa, más allá del portuario. De hecho, en este recorrido del proceso colonizador del litoral tomaremos como referencia la situación central que ocupaba el Puerto.

1. La colonización del Litoral Este

Asentamiento burgués y balnearios

A finales del siglo XIX, aprovechando los beneficios del desarrollo industrial acumulados a partir del segundo tercio, y a raíz de cierto estancamiento y crisis del modelo, la burguesía diseña todo un plan de transformación y colonización desde el centro al este, según una lógica de complemento y alternativa productiva. Para ello aprovecha gran parte de los terrenos ganados al mar con la remodelación del puerto (1880-1897). Frente a un litoral oeste industrializado, y un centro colapsado e insalubre, la burguesía opta por valorizar un nuevo litoral, atractivo por lo accidentado de su geografía y la belleza de las edificaciones burguesas que se habían ido construyendo, además de bien conectado.

«A finales del siglo XIX, aprovechando los beneficios del desarrollo industrial acumulados a partir del segundo tercio, y a raíz de cierto estancamiento y crisis del modelo, la burguesía diseña todo un plan de transformación y colonización desde el centro al este, según una lógica de complemento y alternativa productiva»

Con la idea de darle un cariz turístico de balneario a la ciudad, en 1897 surge la Sociedad Propagandística del Clima y Embellecimiento de Málaga. Su tarea se enfoca en promover el embellecimiento de la ciudad, por un lado, y por el otro atraer a extranjeros bajo el reclamo del clima, antecedente lejano de la revolución turística de los años cincuenta. De esta manera se crea la calle Larios, se amplía la Alameda, que se conecta con el Hospital Noble mediante un gran parque, a su vez unido al paseo de Sancha, Caleta, Limonar, etc.

Este proceso viene a consolidar y acelerar una dinámica que se había dado durante años: la trasposición y colonización de la burguesía desde el centro hacia la zona este de la ciudad. Escapan de un centro de calles y casas hacinadas e insalubres a consecuencia de la falta de infraestructuras y del incremento poblacional generado por la industria, y buscan las nuevas zonas residenciales: Cañada de los Ingleses, Caleta, Limonar, Monte Sancha, Miramar, Camino Nuevo…

El factor de atracción serán los baños. Su tradición se remonta a mediados de siglo, con los baños de agua dulce que surgen principalmente con fines higienistas: La Delicias, Salón Roma, Baños de Ortiz… Posteriormente abren nuevos baños, aún de agua dulce, pero más ligados al mar, como Diana (1843), Estrella (1859), Apolo (1879), vinculados a los muelles y las playas para quienes no pueden permitirse pagar los baños: Playas de los Ciegos y Sanidad para las mujeres; de Pescadería y del Banco para los hombres.

Los vertidos fecales y el nuevo proyecto de puerto provocan que la actividad bañista se mude a La Malagueta, y hasta allí se trasladan los baños de La Estrella y Apolo, que perduran años. La actividad del baño se va ligando a otras de tipo cultural, ocio, deportivas, etc. La renovación viene de la mano de los Baños del Carmen, que a partir de 1918 introducen un nuevo concepto de baños en agua de mar. Posteriormente llegan los primeros hoteles de lujo: Caleta Palace en 1920 y Príncipe de Asturias en 1926 (actual Miramar).

«nace una nueva relación y usos de la costa dirigidos al ocio, la salud, el deporte, la cultura, etc., aún  por encima de la lógica del negocio turístico»

Con todo este proceso nace una nueva relación y usos de la costa dirigidos al ocio, la salud, el deporte, la cultura, etc., aún por encima de la lógica del negocio turístico. Se trata de una nueva forma de relacionarse con el litoral que, sin embargo, no llegó a generalizarse y consolidarse hasta décadas después: una relación productiva con el territorio, tanto en el ámbito industrial (del litoral oeste) como en el incipiente turístico, lejana todavía de la rentista promoción inmobiliaria.

Superando cerros y arroyos

A mediados del siglo XIX El Palo apenas contaba unos 1.000 habitantes, repartidos entre las cuevas, con un sostén vital vinculado a la agricultura, y la costa, donde se mantenía una tradición agrícola, añadida a una progresiva relación con el mar a través de la pesca. La plaga de la filoxera en 1878 atrajo un flujo de nueva población desde las localidades de la Axarquía. Gran parte se asentó en el Centro, Trinidad, Perchel o en los incipientes barrios obreros cercanos a las fábricas. Otra optó por mantener un modo de vida más similar al de origen y se asentó en El Palo, tanto en las cuevas como en la costa. Cabe destacar que algunas de las viviendas de autoconstrucción reproducían las típicas de la zona de procedencia, con porches emparrados, por ejemplo. Aparte del Palo, a lo largo del litoral este solo había unos pequeños asentamientos en San Telmo y Caserío de Pedregalejo, de no más de 100 habitantes.

A diferencia de otros procesos de urbanización y colonización, los del Palo y toda la costa este vinieron precedidos por los de la construcción de infraestructuras que permitieran una comunicación con el núcleo urbano, algo muy condicionado por los accidentes geográficos de arroyos (Caleta, Bellavista, San Telmo, Pistones, Jaboneros, Miraflores, Gálica) y cerros. Pese a las dificultades que acarreaba, parecía la opción más viable de extensión urbana, con un sur limitado por el puerto y el mar, un norte muy condicionado por la inundabilidad del Guadalmedina (que no se resolvió hasta años después con la construcción del pantano del Agujero) y un oeste que, como veremos, estaba copado por el desarrollo industrial.

Para que todo ello fuera posible el puerto y su ampliación resultaron clave. Por una lado el muelle de levante había provocado un aterramiento, al acumular sedimentos arrastrados por el arroyo de La Caleta, lo que permitió plantearse la colonización del nuevo terreno surgido, que precisamente recibiría el nombre de «La Caleta» por el arroyo y que coincide con La Malagueta actual. No obstante, la disputa por la titularidad de los suelos entre Ayuntamiento y la jurisdicción militar impidió en un inicio la evolución residencial, lo que derivó en un uso predominantemente industrial (Ferrería del Ángel, fábrica de azúcar de los Heredia, además de múltiples talleres, almacenes, etc.).

Sin embargo, fue sobre sobre todo la necesidad de piedras para la ampliación del nuevo puerto el factor clave del desarrollo de nuevas infraestructuras de comunicación hacia el este. Primero fueron las canteras de San Telmo, para cuyo traslado hasta el nuevo puerto se creó un embarcadero (Puerto de la Cantera), que posteriormente generó una acumulación de sedimentos y dio lugar a usos de baños y recreo: los Baños del Carmen. A su vez, el desmonte de la cantera permitió la colonización de la zona del cauce del arroyo, mientras que el desvío interior para rodear la cantera del itinerario hacia Almería facilitó la conexión de asentamientos incipientes, como el Pedregalejo actual.

La mala calidad de la piedra de estas canteras llevó a la explotación de otras nuevas más al este, por la zona del Peñón del Cuervo. Dado que la carretera no disponía de puentes sobre los arroyos y había que trasladar los materiales hasta el nuevo puerto, se construyó un ferrocarril para conectar con el embarcadero de San Telmo y posteriormente con el propio puerto (1888). El aprovechamiento posterior de esta infraestructura conectó el centro de la ciudad con el extremo este en El Palo. Así se abría el camino para la posterior conexión ferroviaria con Vélez (1908) y Ventas de Zafarraya (1920), operativas hasta 1967, mediante el tren conocido popularmente como «La Cochinita».

Aun así, lo que realmente vertebró la ciudad hacia el este fue el tranvía que conectó definitivamente el Centro con El Palo en 1889. Con diversas mejoras y desarrollos posteriores, en 1921 funcionaba durante 14 horas ininterrumpidas, con una frecuencia de 20 minutos, de manera que el trayecto desde El Palo al Centro podía dilatarse unos 30 minutos.

Años después el trazado del paseo marítimo, a partir de 1928, fue lo que acabó de vincular El Palo y toda la zona este con el núcleo de la ciudad.

2. La Colonización del Litoral Oeste

El punto de partida eran dos arrabales históricos al otro lado del río Guadalmedina, verdadera frontera geográfica y social: la Trinidad y El Perchel. Este último siempre estuvo vinculado al mar (su nombre deriva de las perchas destinadas a los salazones), hasta el punto de que es el primero de los barrios de pescadores de la ciudad desde los tiempos romanos y se consolidó con los árabes. Ambos arrabales carecían de infraestructura básicas, siempre postergadas por empresas más prioritarias.
La colonización urbana de esta zona de la ciudad venía dificultada por varios factores. Por un lado encontramos la barrera geográfica que suponía el río Guadalmedina: hasta 1912, en que se empieza a construir el puente de Armiñán, solo existía el puente de hierro de Tetuán, de 1859. Posteriormente, en los años veinte, se arranca con el proyecto de construcción de dos nuevos puentes: el de la Aurora y el del Carmen.
Por otro lado tenemos la ubicación de la mayor parte de las industrias en el litoral oeste, atraídas por las facilidades comunicativas que les proporcionaba la cercanía del puerto, la estación de ferrocarriles, el trazado de vías a lo largo de litoral y el eje que componían el puente de Tetuán sobre el Guadalmedina, la carretera de Cádiz y el puente sobre el Guadalhorce. Con ello, la zona se configuraba como la más idónea para el desarrollo industrial de la ciudad, y su limitado uso residencial vino precisamente promocionado por las propias industrias para sus trabajadores y trabajadoras. Así, tenemos los casos, aún en el siglo XIX, de los corralones en El Bulto para familias obreras de La Constancia y la Industria Malagueña, y los de Huelin, que por su importancia desarrollamos posteriormente. Ya en el siglo XX tenemos en Los Guindos los casos de las Casas Baratas, a inicios de siglo, y las Viviendas Protegidas en la posguerra.
De esta manera se mantuvo el litoral hasta bien transcurrido el siglo XX, cuando dos factores cambiaron definitivamente el escenario: el Plan de los años setenta, por el que se reubica la zona industrial más allá del ronda exterior, y el desmantelamiento del ferrocarril a Coín, que transcurría por todo el litoral. Tras ello, la costa adquiría un valor y uso vinculados al nuevo paradigma de la época: el desarrollismo inmobiliario y turístico.

3. La Málaga Industrial

La industria llega a Málaga en el segundo tercio del siglo XIX de la mano de familias burguesas que, procedentes del extranjero, paulatinamente se asentaron en la ciudad. A grandes rasgos el reparto era los Heredia (ferrerías), los Larios (textiles y azucareras) y los Loring (comerciantes): en 1832-33 Heredia crea las Ferrerías de la Constancia, en 1846 Heredia-Larios crean la industria textil Industria Malagueña S. A., en 1856 Larios funda la textil de La Aurora, en 1862 Heredia crea las refinerías de azúcar en La Malagueta y en 1872 los Huelin las instalaciones azucareras San Guillermo en San Andrés.

En esta zona de la ciudad se van instalando, junto a las más significativas ya citadas, otras muchas y muy diversas industrias, como la Fábrica de Gas, la Industria Lapeira Metalgraf (de estampaciones en hoja de lata), la industria de vehículos Taillefer, de harinas Castel, la Fábrica de Tabacos, y otras de curtidos, sombrerería, pinturas, vinos, licores, alimenticias en general, etc.

Se trata de una nueva burguesía que releva a la de comerciantes acomodados que le precedió, y que trae ideas e impulso para implantar la industria en Málaga. Con ese fin eleva fábricas, importa maquinarias, trae técnicos y artesanos extranjeros, promueve grandes infraestructuras, teje nuevas redes comerciales. Al tiempo, aplica duros modelos de explotación agrícola, así como técnicas disciplinarias en la producción fabril, incluso de reproducción social.

Es una burguesía centrada en lo productivo y alejada de los intereses promotores e inmobiliarios, ajena por tanto a una acumulación de fincas y una modelación física de la ciudad desde una lógica de negocio organizado. Por el contrario, la transformación urbana respondía más a una dinámica diversa, distribuida e individualizada, sin que por ello esta burguesía dejase de ser parte predominante de las modificaciones físicas urbanas de la época, si bien como consecuencia de sus intereses productivos (fábricas e infraestructuras).

Es así que el asentamiento industrial marcó en gran parte el desarrollo urbano y de infraestructuras de la época, por ejemplo con el ferrocarril hasta Córdoba para hacer frente a la necesidad de suministro de carbón, más económico en las minas de la comarca de Bélmez. Aun así el proyecto tarda en hacerse realidad, y las dificultades con el suministro de carbón, que es caro si se depende del inglés o asturiano, unido a un puerto insuficiente, desaceleran el desarrollo industrial.

Después de años de cierres y estancamiento, tras el cambio de siglo, la década de los años veinte supone la activación económica posterior a la Primera Guerra Mundial, que trae la apertura de una nueva fundición, la Compañía Sidero Metalúrgica de Los Guindos, en la zona de La Misericordia (que perdura hasta 1979), y la Fábrica de Tabacos (hasta 2002).

El barrio obrero planificado de Huelin

El segundo tercio del XIX es el momento de la transformación industrial de la ciudad, o más bien su paso de precapitalista a capitalista.

Como todo cambio de paradigma, se da una etapa-periodo de «campo ciego»: un tránsito, de acuerdo con Lefebvre, en el que los protagonistas desconocen los mecanismos por lo que se rigen la (su) nueva realidad, e incluso intentan aplicar a la nueva coyuntura criterios y certezas anteriores: percepciones, principios, teorías, lenguajes, racionalidades previas. A la vez, además de sus protagonistas, nos hallamos ante un escenario en absoluto preparado a nivel técnico-jurídico para los cambios en proceso, sin capacidad para regular las consecuencias y comportamientos contradictorios de los diferentes agentes sociales de la nueva ciudad.

A lo largo de décadas, miles de personas abandonan su medio y se desplazan desde su hábitat rural a otro urbano y hostil para desarrollar labores que les eran ajenas hasta entonces. Los mecanismos, dispositivos y estrategias para disciplinar y sacar rendimiento a esta masa obrera suponen una nueva materia por experimentar y consolidar. Y aun más: cómo extender la disciplina allende los muros de la fábrica. A la vez, las formas en que sus protagonistas, la incipiente clase obrera, tejerían nuevas redes sociales y artilugios para sostenerse y soportar semejante escenario era otro basto campo por explorar, por lo general de manera conflictiva. La nuevas fábricas que se asentaban y sus habitantes eran islas que configuraban un archipiélago de modernidad que no concordaba con el territorio y el escenario preexistente.

Es en esta coyuntura que en 1861 surge el Plan de Ensanche, del arquitecto José Moreno Monroy, casi contemporáneo a los redactados para Barcelona (Ildefonso Cerdá) y Madrid (José María de Castro), los tres precursores y experimentales. Por primera vez se intenta superar un entendimiento parcial de la ciudad, con una perspectiva global del espacio urbano para definir un programa de cambios físicos sobre la totalidad. Este plan, sin llegar a desarrollarse en su integridad, marca, prefigura y deja sentadas la ideas de un modelo de ciudad que perdurará en gran parte hasta el Plan General de Ordenación Urbana de 1983-84.

El plan esboza un nuevo escenario urbano que transformaba radicalmente la ciudad para adaptarse a la nueva realidad capitalista e industrial. Sin embargo, la aplicación no fue inmediata para un plan que respondía más a los intereses de una burguesía industrial y de grandes comerciantes que a los de la propiedad inmobiliaria, más centrados en la especulación del suelo. Los unos pretendían ensanchar la ciudad para reducir densidad y epidemias, los otros subdividir y aumentar la edificabilidad de sus propiedades, a la vez que regenerar y equipar su entorno, es decir, una intervención intraurbana. Es bajo esta lógica que se desarrollan los planes de ampliación del puerto, expansión del centro al sur en conexión con el eje de La Caleta, vía Alameda, Parque, Paseo de Sancha, etc. En definitiva, el proyecto de ciudad-balneario. Aun así, la técnica del ensanche se aplica en concreto en la extensión de la ciudad por la costa, primero (1866) en la zona de la Malagueta una vez terminado el largo litigio entre Ayuntamiento y jurisdicción militar, y posteriormente (1868-70) en la construcción del barrio obrero del Huelin en terrenos adyacentes a las industrias de La Constancia y la Malagueña.

«La construcción del barrio de Huelin supone una ruptura con la mencionada tendencia de la burguesía de no vincularse a la renta inmobiliaria, tal y como se desprende del número de viviendas proyectadas. Con ellas, el industrial le descontaba a su personal parte del sueldo en concepto de alquiler por la vivienda. Es a raíz de este proyecto que se tiende a una progresiva y creciente vinculación de la burguesía con el sector»

La construcción del barrio de Huelin supone una ruptura con la mencionada tendencia de la burguesía de no vincularse a la renta inmobiliaria, tal y como se desprende del número de viviendas proyectadas. Con ellas, el industrial le descontaba a su personal parte del sueldo en concepto de alquiler por la vivienda. Es a raíz de este proyecto que se tiende a una progresiva y creciente vinculación de la burguesía con el sector, de manera que a partir del último tercio del siglo y los primeros años XX se da una tendencia a la concentración de las propiedades inmobiliarias.

El proyecto del arquitecto Juan Nepomuceno se izaba sobre unos terrenos propiedad del industrial y financiero Eduardo Huelin, que le dará nombre, ubicados entre las últimas fábricas al oeste de la ciudad y los terrenos agrícolas que constituían la vega del Guadalhorce, con el litoral marítimo al sur. A finales de siglo se habían construido más de 800 viviendas. Supone además un precedente y modelo para posteriores y similares proyectos, en el ensanche norte de la Trinidad (Tres Cruces), en la extensión de El Bulto (calle López Pinto) o en las cercanías de la fábrica La Aurora del barrio de La Pelusa (apelativo que recibían las trabajadoras textiles algodoneras).

No es baladí que el proyecto surja en el marco del Sexenio Revolucionario (1868-1874), en el que la organización y revuelta obrera habían alcanzado cotas considerables. La experiencia pone el punto de mira en dos focos: la taberna y el corralón. La taberna era considerada una fuente de alcoholismo y riñas, pero al mismo tiempo un lugar privilegiado para la propagación de ideas: «el obrero se inicia en todos los vicios posibles, y falsea su inteligencia alimentándose de absurdas utopías» (Prat de la Riba). La taberna sirve además como lugar de escape necesario ante el hacinamiento del corralón. Son corralones que se configuraban a su vez como el otro lugar privilegiado de sociabilidad, donde, sin intimidad ni espacio vital, se compartía prácticamente todo, también los malestares e ideas revolucionarias.

Era por tanto el momento idóneo para, mediante argumentos moralizantes e higienistas frente a la infravivienda del corralón, abogar por la vivienda unifamiliar. Esto suponía el inicio de un proceso por el que se pasaba de los espacios urbanos y de habitabilidad (atravesados por la comunicación y la sociabilidad) a un modelo que atomiza la familia (en su vivienda) para posteriormente generar un individuo clausurado o desenraizado, propio de la sociedad capitalista evolucionada neoliberal.

Huelin pretendía un proyecto alejado de otros precedentes como los corralones que en 1851 había promovido Manuel Agustín Heredia en El Bulto. En palabras de su arquitecto, Juan Nepomuceno, «el operario que pasa todas la horas de su trabajo en la gran familia del taller; es indudable que cuando este se retira a su vivienda anhela aislarse de todos para reconcentrarse solo en su propia familia». Se trata, pues, de un espacio de clausura y reproducción. Los trabajadores y trabajadoras de las fábricas malagueñas que vivían en los corralones del centro o los barrios de El Perchel y la Trinidad en condiciones cercanas al hacinamiento, con una sola habitación (o «sala»), con cocinas y aseos comunes, tendrían acceso a una vivienda unifamiliar con dormitorio, alcoba principal y cocina, además de un pequeño patio para jardín, lavadero o criadero de gallinas o cebadero de cerdos.

Ganaban en espacio y en comodidad, pero en esta iniciativa del industrial, como veíamos, había algo más: esas casas garantizaban o buscaban «paz social». Por si fuera poco, el proyecto prevé trasladar el orden y estatus de la fábrica al espacio urbano. Las únicas y mejores casas a dos alturas instaladas en las esquinas de cada manzana estaban reservadas para los capataces, de modo que los ojos de los superiores no solo vigilaban en el trabajo, sino también en el barrio. La estrategia es clara: por un lado llevar la disciplina al medio urbano, de lo que encontramos un buen ejemplo en el «mosaico de órdenes» de San Eugenio, una colonia obrera posterior, y por otro «aculturizar» a sus habitantes para adquirir y naturalizar el nuevo cuerpo de normas y valores.

Sumado a ello, no tarda tiempo el barrio en ser equipado con nuevos dispositivos que también comportan grados de control: una escuela, un dispensario médico y una iglesia. Un dato que lo ilustra: en 1878 solo el 26% de los niños y el 12,4% de las niñas de entre 10-14 años estaban escolarizados, pues la tendencia era la temprana incorporación al mundo del trabajo, lo que manifiesta la utilidad normalizadora de la escuela por encima de la educativo-formativa.

«Nos hayamos ante una incipiente ciudad capitalista, con dispositivos de autorreproducción de modelo a través de la incomunicación como mecanismo de control social frente a una periferia histórica obrera y popular. En esa periferia, las condiciones imponían la comunicación, la pertenencia a redes sociales y el desarrollo de un modelo cultural comunitario»

Nos hayamos ante una incipiente ciudad capitalista, con dispositivos de autorreproducción de modelo a través de la incomunicación como mecanismo de control social frente a una periferia histórica obrera y popular. En esa periferia, las condiciones imponían la comunicación, la pertenencia a redes sociales y el desarrollo de un modelo cultural comunitario, todo lo cual generaba homogeneidades ideológicas peligrosas para la burguesía.

Pese a todo ello, el caldo de cultivo para la conflictividad estaba servido. Las mencionadas técnicas de explotación y tecnologías que los industriales importaban acaban afectando a las condiciones del trabajo y los salarios. Los Larios, incluso antes que en Barcelona, venían implantando en Málaga dentro de la industria textil algodonera los husos y telares mecánicos, cuya primera consecuencia era una sustitución de trabajo cualificado (masculino) por otro menos cualificado para el que recurrían a mujeres (más barato). La progresiva inversión económica en tecnología la compensaban con rebajas salariales.

La situación estalla con la revolución de 1868, en un contexto de crisis financiera y de subsistencia arrastrada desde 1866. En Málaga, los obreros de la Industria Malagueña, en general influidos por la crisis de subsistencia, cesan en el trabajo y se dirigen a la vivienda de Martín Larios en la Alameda (hoy edificio de La Equitativa). Empuñando muchos de ellos pistolas y lanzando gritos de «a las armas» disparan varias veces a las puertas del edificio. La manifestación surte sus efectos y el día 20 de octubre, ya de noche, se reparten unas hojas entre los trabajadores con la firma Martín Larios e Hijos y el siguiente texto: «Habiendo visto el disgusto manifestado por los trabajadores y trabajadoras de los telares de mi fábrica y deseoso de evitar todo disgusto, ofrecemos a los mismos que, desde mañana, se les pagará un 20 por ciento, oséase, una quinta parte más del precio que se les ha venido pagando hasta aquí».

Es de destacar por su singularidad histórica la huelga de 1890. Ese verano estalla una huelga de las mujeres tejedoras, muchas de ellas vecinas de un barrio para el que ese verano debió de ser dramático, ya que coincidía con el cierre de la siderurgia de La Constancia, incapaz de competir con las del norte ante la imposibilidad de surtirse de combustible barato. La importancia de esta huelga estriba en el protagonismo de las mujeres y en la asociación de los trabajadoras más allá de su fábrica en incipientes organizaciones del proletariado, hasta el punto de que reciben apoyos para sostén económico de la huelga desde distintas fábricas textiles de Europa. Hacia las 10 de la mañana unas mil mujeres se concentran en la casa Larios y un comité de trabajadoras dialoga con los representantes de Larios sobre un aumento en el jornal. Reciben la negativa «debido a la depresión económica por la que atravesaba la empresa». La huelga se prolonga hasta el 15 de agosto de ese mismo año. Son muchas los detenciones, incluso la del máximo dirigente del PSOE, Pablo Iglesias, acusado de actuar en la huelga como asesor.

La situación, lejos de mejorar, fue a peor para las trabajadoras y vecinas del barrio: la mecanización continuaba, las trabajadoras descualificadas se importaban directamente desde las ocupaciones agrícolas, con cada vez peores condiciones, y la huelga estalla de nuevo en 1894 y en no pocas ocasiones posteriores.

Lo que sigue y engloba a este ejemplo concreto es todo un largo y complejo periodo de organización obrera, que adquiere su máximo exponente a raíz del proceso revolucionario de 1936. Duró hasta que en febrero de 1937 sufre un quebranto trágico como consecuencia de la toma de la ciudad por las tropas fascistas, que culmina con la conocida «Desbandá», la huida de una población desesperada en dirección a Almería mientras era bombardeada por mar y tierra, lo que a la postre causó la muerte de alrededor de 5.000 personas.

4. Cambio de paradigma: la ciudad turística

A finales del siglo XIX empieza a resquebrajarse la prosperidad alcanzada: la siderurgia entra en declive por la dificultad para conseguir combustible a buen precio; la caña de azúcar no puede competir frente la remolacha; el comercio decae sensiblemente; la agricultura queda arruinada por los devastadores efectos de la filoxera que arrasa el viñedo. En la etapa final del siglo se produce un descenso general de las actividades económicas, observándose incluso una disminución demográfica.

La crisis, con sus secuelas de pérdida de empleo, hundimiento de empresas y descenso general de las actividades económicas, lleva a buscar otras fuentes de riqueza. Algunas personas ven en el turismo una alternativa, con la idea de que Málaga saque partido a su privilegiado clima, y es a raíz de esta crisis que surgen las verdaderas iniciativas que cristalizan en 1897 con la creación de la Sociedad Propagandística del Clima y Embellecimiento de Málaga.

Aun así la primera mitad del siglo XX fue una etapa en transición. La antaño pujante industria malagueña perseveraba y se reinventaba en un intento por sobrevivir, al tiempo que un escenario global y local de enorme conflictividad social y política dificultaba la consolidación de cualquier intento de modelo turístico. Con ello, la fisonomía y usos del litoral de la ciudad varían poco respecto a los últimos años del siglo XIX. Tan solo destaca la expansión de la ciudad hacia el oeste mediante la construcción, en el periodo autárquico del franquismo, de viviendas destinadas a la población obrera, junto a la proliferación de chabolas, la consolidación residencial y de ocio burgués en la zona de La Caleta, así como el progresivo crecimiento de los asentamientos en Pedregalejo y El Palo, que evolucionaban hacia una idiosincrasia más pescadora.

La década de los cincuenta llega con un cambio de ruta en la Dictadura después de años de autarquía. El sistema económico y la sociedad se ahogan, el Régimen no puede sostener más un escenario estancado. Simultáneamente los Estados Unidos ven en España un territorio geoestratégico y por explotar, con lo que hacen una apuesta inversora, a la vez que demandan una apertura al Régimen con la que maquillar el respaldo a la dictadura.

Parece que se cuadran las condiciones para, después de más de medio siglo enunciándolo, abogar definitivamente por una Málaga turística. Con las inversiones aparecen las nuevas infraestructuras que preparan el escenario para la llegada masiva de turistas.

«El verdadero boom turístico se consolida realmente en los años sesenta. Se da una transformación evidente, primero tímidamente y después con empuje, y el estado también invierte para la promoción de la costa. Los hoteles crecen al sol y los visitantes descubren que Spain is different, barata y soleada»

El verdadero boom turístico se consolida realmente en los años sesenta. Se da una transformación evidente, primero tímidamente y después con empuje, y el estado también invierte para la promoción de la costa. Los hoteles crecen al sol y los visitantes descubren que Spain is different, barata y soleada. Se da una evidente permisividad y apertura en sitios clave, como Torremolinos (que aún formaba parte de la capital), donde se ven y toleran comportamientos impensables en otros lugares de la España franquista. La llegada de aire fresco en forma de turistas va transformando el ambiente y las subjetividades locales en un proceso de contagio cultural.

Al mismo tiempo, el cambio de modelo productivo favorece a unas élites del Régimen con grandes intereses vinculados tanto a la propiedad de tierras como al negocio inmobiliario y financiero. Mientras, la masa trabajadora se ve abocada a cambiar progresivamente desde un paradigma principalmente agrícola e industrial a otro ligado al sector servicios y de la construcción, y con ello a la rebaja de la cualificación y calidad laboral.

La transformación implica también un cambio desde el modelo productivo que caracterizaba la industria, a otro especulativo y rentista. Aparejado a esta nueva lógica se da un escenario abocado a una corrupción que intensifica y abona los beneficios (información privilegiada, influencias, adaptación o directamente forzamiento de las normativas, evasión de impuestos, etc.). Se sientan las bases del ciclo: el binomio sol-ladrillo y las prácticas corruptas, que caracterizarán hasta nuestros días el modelo productivo español con su sucesión de burbujas y crisis. La llegada de la democracia, y con ella del llamado Régimen del 78, intensifica y profundiza el modelo, mientras que el ingreso en 1986 en la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, desmantela los últimos restos industriales y en el reparto global de mercado a nuestro territorio se le asigna un papel exclusivamente turístico. Por otro lado, al margen de una democratización en las formas y las libertades, se mantienen y reproducen las mismas élites del anterior régimen, aderezadas con las vinculadas al aparato de partidos que sostiene al nuevo.

Olvido de la historia, impostura de la memoria

Tal y como describíamos, en la transición hacia el modelo industrial se da de nuevo un periodo y proceso de adaptación institucional, organizativa y subjetiva. Ya hemos comentado, para el caso concreto de la Dictadura, la apertura, también el cambio de sector productivo para las personas trabajadoras, y la correspondiente transformación subjetiva que implicaban ambos hechos.

El espacio urbano no es ajeno a este proceso transformativo. Otra vez, detrás de la solución a problemas y necesidades evidentes hay una agenda oculta, en este caso la fragmentación y eliminación de todo lo que oliese a comunidad obrera, para posteriormente borrar cualquier memoria o vestigio. Si algo había supuesto un contratiempo durante el último siglo para el flamante capitalismo industrial eran las comunidades obreras que generaba.

Y es así que ante antiguos anhelos y necesidades de la ciudad, como sanear áreas muy densificadas y deterioradas o abrir nuevas arterias de comunicación, se aprovecha para arrasar y fragmentar las zonas de la ciudad de tradición más políticamente conflictiva. Es el caso, por ejemplo, del Perchel, con el recurso de abrir la nueva avenida de Andalucía. Corre el año 1940, justo recién instaurado el nuevo régimen fascista y tras años de purga social, cuando se inician las expropiaciones y derribos. La nueva vía proyectada atravesaba el barrio y su construcción implicaba la desaparición de cientos de edificios y de numerosas calles, para lo que fue necesario reubicar a miles de personas. El barrio obrero quedaba dividido por una brecha geográfica en dos sectores, uno al sur, articulado por las calles Ancha y Cuarteles, y otro al norte, en torno a la iglesia de Santo Domingo, que lindaba con el barrio de la Trinidad.

Lo que es un ejemplo particular, marca la tendencia de las próximas décadas, de manera que, a diferencia de otras muchas ciudades, Málaga borra sistemáticamente cualquier resto o memoria de su pasado obrero, hasta el punto de reinventar la historia e identidad de barrios como Huelin.

En efecto, como contábamos, Huelin era un barrio obrero, rodeado de fábricas y habitado y colonizado progresivamente por más y más población atraída por la industria. Evidentemente, como en todo barrio o poblado que habita al lado del mar, en los núcleos chabolistas, construidos sobre la misma playa y más allá de las vías del tren que la transitaban, se recurría de manera puntual, o habitual, a una pesca que siempre ha sido de buena ayuda. Más allá de esto, y de que progresivamente la tendencia se acentuara, Huelin ha sido un barrio obrero, muy cercano al mar, pero a la vez construido de espaldas a un litoral que se veía copado por las instalaciones fabriles, las infraestructuras de comunicación y afectado por la contaminación: un barrio que hasta el siglo XXI no ha podido abrirse al mar.

Pese a todo ello, en las sucesivas remodelaciones urbanísticas de las plazas y calles del barrio ha sido recurrente la instalación de elementos o símbolos marineros que evidentemente embellecen, generan un ambiente agradable y no dejan de tener su parte de verosimilitud. Con todo, en contraste con la realidad obrera del barrio y la visibilidad que esta tiene, no deja de ser un hecho significativo de maquillado y construcción forzada de un nuevo imaginario que llegó incluso hasta la fe. Así lo prueba que el tradicional Cristo del Pañuelo, venerado como patrón por las familias obreras del barrio, fue olvidado y relegado por la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, que hoy día se saca en procesión con toda una escenificación marinera para la que se recurre, por ejemplo, a trajes que nunca usaron los pescadores.

5. Málaga en venta

Pasan los años y más allá de la coyuntura local con la Dictadura y la apuesta por el turismo, el capitalismo global muta definitivamente desde el productivo industrial al financiero especulativo. En el cenit del modelo entran en crisis también las subjetividades que lo protagonizan, el movimiento obrero en tanto que sujeto único de lucha y las instituciones que lo vertebran, como sindicatos y partidos comunistas. Mayo del 68 supone un punto de inflexión y enmienda desde unas nuevas subjetividades que no se ven representadas en sus formas, valores y prácticas, pero que a su vez se reivindican como sujetos de lucha: mujeres, LGTBI, jóvenes, ecologistas, minorías étnicas, etc., ponen su agenda política sobre la mesa, a la vez que nuevas formas organizativas.

Una vez más nos hallamos ante un cambio de ciclo, al que los distintos agentes sociales han de adaptarse. Las fobias (disciplina, rutina, jerarquías) y filias (libertad, creatividad, horizontabilidad) de las nuevas subjetividades emergentes son rápidamente leídas y reinterpretadas por un capitalismo que se reinventa para capturarlas. Se recurre a los medios y el consumo para seducir con ofertas singulares; el trabajo muta a emprendedor, innovador, creativo, experimental; la vieja empresa piramidal deviene archipiélago de filiales, con equipos de trabajo y freelance. Por contra, los recientes y diversos perfiles subalternos de esta sociedad se hallan en una tensión entre, por un lado, la identidad y la predominancia del sujeto histórico obrero, con sus tradicionales formas organizativas y, por otro, lo nuevo y diferente emergente. Los unos se resisten a evolucionar, mientras las otras no acaban de encontrar la mejor forma de aglutinar y organizar las multiplicidades que las componen. Se trata de un colapso político que en gran parte a día de hoy sigue sin acabar de resolverse.

La situación de evidente desequilibrio de fuerzas desemboca rápidamente en la apuesta del nuevo capitalismo neoliberal por demoler el frágil estado de bienestar, fruto del contrato social de la etapa anterior. Con ello, alcanza un basto terreno de negocio y corruptelas por explotar en la gestión de los servicios esenciales y, lo más interesante y valioso, una nueva oportunidad de ampliar el negocio financiero con las aseguradoras. A la vez, genera un medio vital de precariedad para las clases subalternas, que las debilita y fragmenta más y más.

«La seducción del modelo y el festín general, al que pareciéramos estar todas invitadas, convertía a cada vecina en una potencial pequeña especuladora de su propiedad inmobiliaria durante las sucesivas burbujas que se han sucedido»

Todo este proceso también ha tenido una traducción sobre nuestro territorio y sociedad local. La seducción del modelo y el festín general, al que pareciéramos estar todas invitadas, convertía a cada vecina en una potencial pequeña especuladora de su propiedad inmobiliaria durante las sucesivas burbujas que se han sucedido. El problema venía con las crisis que siguen a toda burbuja, especialmente cuando el punto de partida y las consecuencias no eran iguales ni equitativas. Las resultados: una sociedad endeudada con una banca sostenida y rescatada por sus deudores, la complicidad y compresión de una masa social seducida para con cualquier abuso y corrupción necesarios para engrasar la máquina y, cómo no, un territorio (objeto último de explotación y negocio sobre el que se sostiene el modelo) absolutamente degradado.

Degradación del territorio y la costa

Si nos atenemos a la mera costa, las mayores transformaciones se dieron a partir de 1964 con la construcción de los grandes edificios de La Malagueta, todo un icono del boom turístico y el mal gusto que lo caracteriza, en una zona que hasta entonces seguía ocupada principalmente por chabolas de pescadores y talleres de todo tipo. La playa todavía era una estrecha franja. Solo en 1990, mediante una rápida intervención de tres meses, la escollera que protegía el Paseo Marítimo Pablo Ruiz Picasso queda convertida en una espectacular playa de 2,5 kilómetros de longitud por 50 metros de ancho, desde El Morlaco hasta el Club Mediterráneo, y para la que se aportaron 1.850.000 metros cúbicos de arena.

Por otro lado sigue la colonización progresiva a medida que se desmantelan instalaciones industriales del litoral oeste. Por su singularidad, que describe perfectamente la época, debemos mencionar Sacaba Beach. En el extremo oeste de la playa de La Misericordia, justo antes de la desembocadura del Guadalhorce, donde «se acaba» todo, en los años sesenta se erige sobre los terrenos de la antigua Central Térmica esta urbanización, entonces aún rodeada de ruinas y contaminación. Más que una realidad suponía una ilusión de lo por venir, un futuro de turismo residencial paradisíaco: Sacaba Beach, la expresión del desarrollismo malagueño en su máximo esplendor.

La realidad: un reducto donde las infraestructuras y equipamientos brillan por su escasez, donde el más alto de los edificios destaca con una arquitectura que remite lejanamente a los grandes establecimientos hoteleros que florecían por aquel entonces en Torremolinos. Hoy, los pocos equipamientos aparecen extrañamente vacíos, dañados por el óxido, y encontramos un bar-restaurante que ni siquiera tiene vistas al mar, etc. Sacaba es un barrio despoblado en gran parte: entre 2004 y 2015 ni siquiera contaba con transporte público, carece de un mínimo comercio, no pocos vecinos se han marchado en los últimos años y muchos de los pisos son ocupados únicamente en verano, adonde siguen llegando los malos olores de la desembocadura del río. El barrio parece abocado a que el cambio climático, que cada año acosa con mas virulencia sus edificaciones, lo termine de engullir.

Por su parte, Pedregalejo y El Palo continuaban creciendo tierra adentro, mientras que las precarias edificaciones a pie de playa se mantenían como podían. Ambos barrios evolucionan muy vinculados al mar, a la pesca del copo y los merenderos para disfrutar de sus productos. No es hasta finales de la década de los ochenta que, con la construcción de los espigones, las casas de primera línea quedan protegidas de las embestidas del mar. A partir de entonces ambos barrios se transforman en una zona muy atractiva para el turismo, se asientan y proliferan los chiringuitos, las casas, todavía hoy en vías de escriturar, se consolidan y se adaptan para el alquiler de temporada. Pedregalejo, en mayor medida, sucumbe a la transformación turística, mientras El Palo parece resistirse a perder su idiosincrasia. De todo ello hemos conversado con parte de su vecindario en otro de los artículos de esta edición de Gente Corriente.

Más allá de la mera construcción sobre el mismo litoral, lo que ha dañado, y mucho, la costa son cuatro factores humanos vinculados al modelo de explotación intensiva:

Dragado de arena: a finales de los años ochenta, con la intención de ampliar las playas, se draga arena a unos cuantos metros de la orilla, lo que arrasa el hábitat de muchas de las especies tradicionales (peregrinas, vieiras, búsanos, chochas, conchas finas, coquinas, almejas, etc.).

Vertidos: casi 800.000 personas habitan la ciudad de Málaga y su aglomeración urbana, a las que hay que sumar las miles que llegan en el periodo estival. Sin embargo, solo contamos con una Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR del Guadalhorce) del todo insuficiente. Con ello, el río Guadalhorce, como se ve con más detalle en otro de los artículos de este periódico, se convierte en la mayor cloaca de la provincia, al verter cada día aguas residuales sin apenas depuración. A ellas hay que añadir el vertido directo al mar de miles de litros de aguas fecales desde las estaciones de bombeo a través de los aliviaderos situados en plena playa.

Paseos Marítimos: rompen la dinámica natural del ecosistema litoral, definido no en vano como el encuentro de mar, tierra y aire. En el momento en que se interviene de esta forma alguno de los tres medios rompe el frágil equilibrio. De hecho, los paseos marítimos se asientan sobre las arenas de las playas e impiden su regeneración.

Corte de ramblas: en la zona litoral este hay numerosas ramblas que en su momento supusieron un obstáculo geográfico para lanzar los ejes de comunicación. Estas ramblas, que acumulan aguas de las lluvia en la zona de recepción, bajaban en cauces estrechos de pronunciada pendiente arrastrando materiales en gran cantidad, sin apenas rozamiento y desgaste antes de llegar al mar. Es por ello que las playas de Málaga no son de arena fina sino de canto rodado, playas de piedras (de ahí el nombre de Pedregalejo), si bien en el litoral oeste el Guadalhorce desciende por una cuenca de poca pendiente que sí aporta sedimentos más rodados y arena. La corriente, al arrastrar los materiales menos pesados en suspensión (arena), se encontraba con el obstáculo del muelle de levante del Puerto, y al acumularse en aterramientos dio lugar a La Malagueta.

Con el desarrollismo, todo este sistema se ve interferido por la urbanización sobre las propias ramblas, incluso en la propia zona de recepción de aguas en la cima de las colinas. En el mejor de los casos perduran las ramblas, pero sin margen de cauce en los momentos de precipitaciones tormentosas, cuando debido a su considerable pendiente requerirían de más espacio para evitar las crecidas. De este modo se altera la lógica territorial y natural, cuyo efecto inmediato son las inundaciones tras las precipitaciones de cierta intensidad.

Por añadidura, la bajada de los cauces no solo arrastraba materiales, sino que también transportaba nutrientes orgánicos y minerales que se acumulaban en la orilla de la playa. Daban lugar así a la vegetación que servía de soporte vital para las especies marina menores, que a su vez alimentaban a la mayores, en lo que constituye la conocida cadena trófica.

Al romperse todo este ensamblaje natural se trastorna el ecosistema, lo que afecta evidentemente a las especies marinas. Todos estos factores, unidos en menor medida al abuso del alevín y de las redes de arrastre, acaban con la pesca natural en las playas de Málaga, que antaño eran praderas verdes de algas en las que destellaban los plateados bancos de peces.

Tiempos de cambio de modelo

El modelo de ciudad neoliberal, sobre todo en su vertiente productiva ligada al tándem turismo-construcción, siempre necesita más y más territorio por engullir, de modo que recurrentemente surgen ideas y proyectos para engrasar la maquinaria. En la actualidad, y también lo estamos viendo en este monográfico de Gente Corriente, las amenazas se centran en el dique levante por el proyecto de la Torre del Puerto, en los Baños del Carmen, el barrio del Palo, la desembocadura del Guadalhorce, etc. Son espacios amenazados por proyectos concretos, ideas o simplemente territorios a los que extender un modelo de ciudad turistificada Hasta hace bien poco cualquier proyecto que profundizara en este modelo era prácticamente incuestionable, salvo por minorías, pues bastaba invocar palabras clave como desarrollo, empleo, turismo… Sin embargo, nuevas percepciones, sentires, lógicas y prácticas se implantan y crecen en la ciudad. En este monográfico estamos revisando algunas de ellas.

«Al igual que describíamos la transición de la ciudad precapitalista a la capitalista, de la industrial a la turística, de la productiva a la financiera, quizás ahora asistimos y protagonizamos una nueva hacia otro modelo y paradigma que aún está por nombrar»

Al igual que describíamos la transición de la ciudad precapitalista a la capitalista, de la industrial a la turística, de la productiva a la financiera, quizás ahora asistimos y protagonizamos una nueva hacia otro modelo y paradigma que aún está por nombrar.

Lo cierto es que el modelo inmobiliario-turístico, pese a que no deja de reinventarse en su agonía, no parece tener por delante demasiado recorrido, por mucho que en apariencia nos enfrentamos a la enésima burbuja, ahora vinculada a la percepción de inseguridad en el Mediterráneo sur, por un lado, y por otro al estallido inmobiliario de los apartamentos turísticos, como analizamos en el número pasado de Gente Corriente.

Estamos ante un colapso multifacético: económico, con un modelo que cada vez encadena crisis más frecuentes y dilatadas; ecológico, con un territorio muy degradado y con la amenaza de los efectos de un cambio climático cada vez más presente; sociopolítico, con una sociedad acercándose al límite de su flexibilidad y en su tolerancia para con unas prácticas marcadas por la corrupción inherente al modelo. Y lo más importante, en parte producto de todo lo anterior, las nuevas subjetividades son ajenas a los principios, valores, prácticas y deseos que impregnan el viejo modelo. Todo ello invita a certificar el fin de ciclo.

Si en el precapitalismo las tierras y bosques comunales, y en el capitalismo industrial las fábricas, tabernas y barrios obreros, funcionaron como caldo de cultivo para la sociabilidad y la composición de experiencias antagonistas, hoy día vivimos en una sociedad y unas subjetividades marcadas por internet. A la ciudad competitiva, privativa e individualizada del sálvese quien pueda se opone la ciudad cooperativa, la de la abundancia y el vínculo, la ciudad de los comunes urbanos. Mientras tanto, el capitalismo, siempre veloz para adaptarse y capturar las nuevas subjetividades, parece encontrar rápidamente fórmulas. La plataforma Airbnb sería solo un ejemplo.

La amplitud y complejidad de esta problemática abarca cuestiones como qué recientes y diversas formas de organización están surgiendo, qué subjetividades se constituyen, cuáles y cómo son esos focos de nueva ciudad que emerge, y dónde. Frente a todo ello se impone pensar en cómo se rearticula el capitalismo con nuevos discursos y dispositivos de control para la captura y qué ciudad genera… Y por último, por dónde perdura y se resiste lo viejo.

Si ahora posponemos ese análisis poliédrico es solo para dedicarle el próximo monográfico de Gente Corriente.

Juan Díaz Ramos

Fuentes:
Alfredo Rubio Díaz (1996): Viviendas unifamiliares contra corralones. El barrio obrero de Huelin (Málaga 1868-1900). Miramar.
Rafael Reinoso Bellido (2005): Topografías del Paraíso. La construcción de la ciudad de Málaga entre 1867 y 1959. Colegio Oficial de Arquitectura de Málaga.
Blogs: laporte.es, todomalaga.net
Agradecimientos: por sus saberes y apoyos a Alfredo Rubio y Eduardo Serrano.