Piscinas municipales: con el agua al cuello

Miguel Ángel Fernández

De cómo se entregan equipamientos públicos a empresas privadas para que extraigan beneficios particulares o nos pasen la factura de las pérdidas.

 

Los falsos riesgos empresariales
Es en la gestión de los equipamientos deportivos, y en concreto de la red de piscinas municipales, donde encontramos uno de los ejemplos más relevantes sobre el modelo de explotación de los recursos públicos que tiene el gobierno de Málaga, y en general el PP. Ese modelo, basado en la socialización de los gastos y la privatización de los beneficios, acaba deteriorando el servicio público en aras del enriquecimiento de unos pocos. La gestión de las piscinas municipales, como mencionábamos, merece un relato detallado.
Siempre se ha dicho que el beneficio empresarial se justifica por el riesgo que asume el capital al comprometer su patrimonio. No es así. En el caso que nos ocupa las empresas adjudicatarias, en su mayor parte, acceden a las concesiones sin asumir riesgos notables. Por el contrario, es el ayuntamiento, la ciudadanía de Málaga en definitiva, quien finalmente paga las consecuencias de la deficiente gestión de estos recursos, cuyo coste no es solo económico, pues también redunda en la dificultad de disfrutar del derecho al deporte y al ocio.
A partir de 2009 el ayuntamiento comienza un proceso de privatización de la gestión de estas instalaciones plagado de irregularidades, negligencia y dejación de responsabilidades. Se desmantelaron los servicios públicos municipales bajo la premisa de las supuestas bondades que traería la gestión privada de estos servicios, lo que evidentemente ha quedado desmentido por la realidad.

Si los recursos son limitados la prioridad debe ser garantizar un servicio y un derecho, puesto que en una lógica empresarial la obtención de beneficios solo podrá llegar a costa de degradar la calidad o las condiciones laborales, cuando no ambas.

Cuatro piscinas en las que se ahogó el dinero público
Con la llegada del Partido Popular al ayuntamiento de Málaga en 1995 se puso en marcha la construcción de una red de piscinas municipales. En el año 2008 el equipo de gobierno informaba de una inversión de 78 millones de euros, y anunciaba la gestión a través de concesiones a empresas privadas. Desde esa fecha encontramos multitud de irregularidades, que han supuesto unos sobrecostes a las arcas públicas, incremento de los precios para las usuarias, mala calidad del servicio y varias instalaciones hoy cerradas o incluso desaparecidas. Aquí algunos ejemplos:
1. Santa Rosalía (Campanillas): es la piscina que lleva más tiempo cerrada, desde 2006, año en que acabó la concesión que la gestionaba. Hubo un nuevo concurso y una empresa que lo ganó, pero terminó desistiendo. El Ayuntamiento anunció que rescataría la concesión, pero nunca lo hizo. Desde entonces, el vecindario de Santa Rosalía y Maqueda sigue sin piscina.
2. Campanillas: la piscina se cerró por orden municipal en 2013 debido a defectos en la cubierta. Un año después el Ayuntamiento resolvió el contrato con la empresa concesionaria. Urbanismo anunció la imposibilidad de volver a abrirla por fallos en la estructura. Tras un reguero de infracciones urbanísticas, el concesionario fue sancionado por Urbanismo con 250.000 euros por levantar construcciones ilegales. Fue finalmente demolida.
3. Colmenarejo: construida en 2009 con una inversión de 378.000 euros, el Ayuntamiento tuvo que gastarse 40.000 euros más para reparar los desperfectos después de que quedara abandonada, en julio de 2010. Se abrió de forma precaria en los meses de verano de 2015-16 después de una nueva inversión del ayuntamiento.
4. Puerto de la Torre: este equipamiento es el mejor ejemplo de la fallida gestión de las piscinas municipales por parte del equipo de gobierno.

La piscina costó 3,6 millones de euros, pero solo tres meses después de conseguir la concesión, y después de numerosas quejas de usuarias por las deficiencias que presentaba, Belda y Parody (socios de la empresa concesionaria, Imcomar Blue) rompieron su relación comercial.

Entonces se supo que en realidad quien gestionaba el equipamiento público era el conseguidor Vega, directivo de una asociación vecinal próxima al PP, Central Ciudadana. Finalmente Belda se convirtió en el principal testigo del llamado Caso Piscinas, que le costó la carrera política al entonces delfín de Paco de la Torre, Manuel Díaz, a la sazón concejal de Urbanismo. Díaz abandonó la política tras la decisión del PP de no llevarlo en las listas para las siguientes elecciones municipales. En este caso, finalmente archivado por los juzgados, también estuvo implicado el entonces concejal de deportes y actual presidente del Partido Popular en Málaga y presidente de la Diputación, Elías Bendodo.
Después de múltiples denuncias del vecindario y la plantilla de la empresa, el ayuntamiento acordó iniciar el procedimiento para resolver el contrato por no ejecutar las fases 2, 3 y 4 de las instalaciones, recogidas en el pliego, y después de conocer que la Seguridad Social le reclama a la concesionaria 404.957 euros correspondientes a la cuota de las trabajadoras entre 2010 y 2013.  De hecho, el Ayuntamiento se ha visto obligado a adelantar esa cantidad. A ello hay que añadir una sanción de 87.515 euros por esta infracción, que el ayuntamiento debe asumir como responsable subsidiario. Finalmente, en junio de 2015 se produjo el cierre de la piscina, lo que dejó sin servicio a más de 1.000 usuarias y en general al vecindario del Puerto de la Torre.
Por si fuera poco, hay que añadir la deuda contraída con los trabajadores y trabajadoras, a los que se adeudaba entre 6 y 10 meses de salario. Sumemos también el perjuicio económico causado a las usuarias, a quienes no se les ha reembolsado ningún tipo de compensación por los meses de abono pagados y no disfrutados.
El incendio en las instalaciones de la piscina del Puerto de la Torre ocurrido a inicios de mayo de 2017 puso de manifiesto que este equipamiento municipal no contaba con servicio de vigilancia ni mantenimiento desde finales del año anterior, según reconoció el propio ayuntamiento de Málaga. El deterioro de la instalación había alcanzado, según ha trascendido, límites insospechados: desde la desaparición de solerías, griferías, cableado, etc., hasta la propia piscina convertida en un estercolero y algunas estancias habitadas en condiciones infrahumanas.
De nuevo serán las arcas públicas, es decir, toda la ciudadanía malagueña, la que deberá hacerse cargo de los gastos ocasionados por la dejadez de este equipo de gobierno en sus responsabilidades de guarda y custodia de los bienes públicos. Ya sabemos que las reparaciones necesarias costarán al menos 150.000 euros.

 

Los alambicados pretextos que el equipo de gobierno ha sacado a la palestra para justificar su brutal negligencia y pasar la pelota a otras administraciones no solo han costado la reprobación del Pleno de la concejala de Deportes, Elisa Pérez de Siles, sino que además chocan con la ley.
El reglamento general de la ley 33/2003, de 3 de noviembre, del patrimonio de las administraciones públicas establece en su artículo 85 que las Entidades Locales «tienen la obligación de conservar, proteger, defender y mejorar sus bienes».
Y en la Ley Decreto 18/2006, de 24 de enero, por el que se aprueba el Reglamento de Bienes de las Entidades Locales de Andalucía, leemos en su artículo 165 que «Las autoridades y el personal al servicio de las Entidades Locales, que tuvieran a su cargo la gestión o utilización de sus bienes y derechos, responderán directamente ante la Entidad de los daños y perjuicios ocasionados por su pérdida o detrimento, en caso de dolo, culpa o negligencia graves».
Toda esta nefasta gestión ha provocado un grave perjuicio a las arcas públicas, como hemos visto, así como a la ciudadanía en cuanto a su derecho al uso y disfrute de los servicios públicos municipales. Si las responsabilidades políticas están claras, queda aún lanzarse a la piscina de las judiciales y dirimir las penales. Esperemos que eso ocurra antes de fin de legislatura.

La Semana Santa de Málaga: muerta por sus supuestos defensores

La Semana Santa de Málaga: muerta por sus supuestos defensores

Miguel Ángel Fernandez

Soy malagueño, vivo hace 20 años en lo que queda del Perchel Norte y anteriormente al otro lado de Mármoles, en el barrio de La Trinidad. A inicios de los años ochenta fui uno de esos jóvenes que se puso un traje por primera vez en su vida para meter el hombro bajo los tronos y sí, soy ateo. Ningún tipo de sentimiento religioso me impulsó a eso que para nosotros suponía un rito iniciático: si estabas a la altura podías pasear los tronos por el centro de la ciudad y demostrar a los otros barrios que el tuyo era el mejor. Si nos cruzábamos en el recorrido con otro barrio, había que pugnar por quién aguantaba más con el trono a pulso, algo que ahora no está bien visto, pues se sacrifica la tradición por la estética.

Lo reconozco, por muy ateo que sea me he emocionado viendo al Cautivo cruzar el puente de la Aurora, he disfrutado en la Tribuna de los pobres con la Estrella o en la Cruz Verde con el Rocío.

Algunos dirán que eso es contradictorio, que la Semana Santa es una exaltación del sentimiento católico… Yo creo que los católicos, que supieron acercarse al poder ya en los tiempos de Constantino, fueron los que se apropiaron de la religiosidad popular, adaptando sus ritos a las creencias del pueblo. No habían logrado acabar con ellas ni imponer el monoteísmo en lugares donde era normal adorar múltiples dioses y diosas. Así, las ermitas de las vírgenes, tan extendidas en todo el Mediterráneo europeo, son las cuevas donde se adoraba a Isis, Astarté o Noctiluca. La Semana Santa es la adaptación cristiana de los idus de marzo y demás festividades populares que celebraban la llegada de la primavera y la regeneración de la vida por todo el Mediterráneo.

Los cambios que ha sufrido la Semana Santa malagueña en los últimos años demuestran que sus promotores, más que respetar y conservar una tradición, la han adaptado a unos intereses concretos: los del neo-nacionalcatolicismo y las elites empresariales de la ciudad. Desde las administraciones, en particular desde el ayuntamiento, se ha fomentado la aparición de nuevas cofradías, hasta el punto de que si en los años ochenta procesionaban 20 (la mayoría de ellas con siglos de historia), en la actualidad la cantidad se ha duplicado.

Para dar espacio a todas ellas incluso se ha desvirtuado completamente la cronología de la Pasión. Ahora vemos un Crucificado el Domingo de Ramos o una Última Cena después de la ascensión al monte Calvario. La agrupación de cofradías de Málaga se ha convertido en un lobby empresarial. Si antes la conformaban personas vinculadas a los barrios históricos donde las cofradías estaban asentadas, ahora se ha llenado de empresarios y aspirantes a puestos políticos en las filas del PP.

La Semana Santa es una industria, se ha mercantilizado y la Iglesia, de acuerdo a su histórica querencia por el poder, se muestra encantada. Miles de chavales que únicamente buscan participar en el evento por tradición familiar, por orgullo de barrio, se ven inmersos en las redes de las nuevas cofradías, que, además de exigirles el pago de la cuota, les obligan a participar en multitud de actos supuestamente relacionados con la Semana Santa, de modo que esta ya no dura siete días, sino todo el año.

Las cofradías, en su nueva etapa de expansión, ahora realizan actos benéficos, religiosos y lúdicos, coronaciones, inauguraciones exposiciones, traslados, etc.., con el consiguiente dispendio de dinero público. El Ayuntamiento cede los mejores solares del centro histórico a las cofradías para que creen sus casas hermandad, ese lugar desde donde irradian su influencia, y de paso finiquitan la tradición de los «tinglaos», otra seña de identidad propia de nuestra Semana Santa.

Quienes aseguran defender la tradición son los que en realidad están acabando con ella. La Semana Santa malagueña era demasiado laica para ellos, demasiado popular, demasiado de la gente… era necesario arrebatársela.

Gentrificación y turistificación: ¿qué son?

Gentrificación y turistificación: ¿qué son?

«Gentrificación» es el término, cada vez más popular, con el que se conocen los procesos de transformación urbana para desplazar a la población de un barrio deteriorado y sustituirla por otra de mayor nivel adquisitivo, a la vez que la inversión privada, en connivencia con la administración pública, renueva esa zona. La gentrificación, por tanto, viene a ser una «elitización residencial». A este proceso, habitual en

los grandes núcleos urbanos, se ha sumado otro en los últimos años, que podemos denominar «turistificación», y que tiene lugar principalmente en los centros históricos o zonas de playa, si es el caso. Ya no se trata de sustituir a la población original por otra de mayor poder adquisitivo cuanto de vaciar la zona de residentes para relevarla, por otra flotante, compuesta íntegramente por visitantes y turistas.

Todo ello implica una enorme remodelación de los cascos urbanos, a veces con absoluto desprecio por su patrimonio cultural y material, para concentrar en ellos las principales atracciones y transformar las viviendas en pisos turísticos, con sus diferentes variantes, y en hoteles. En este proceso de vaciamiento de población, los servicios básicos y comercios de primera necesidad pierden sentido. Esto provoca su paulatina desaparición y al mismo tiempo acelera el proceso de expulsión de la población y el surgimiento de establecimientos orientados únicamente al consumo turístico o de masas, toda vez que se hace la vista larga o se modifican las normativas sobre ocupación de la vía públicas y horarios comerciales y de hostelería.

Como consecuencia, la escasez de viviendas provoca un aumento del precio de alquiler o compra, de modo que solo unos pocos residentes pueden permitirse habitar la zona, lo que convierte este proceso en otra cara de la gentrificación.

Los beneficios de estos fenómenos se dan a favor de intereses empresariales, financieros, inmobiliarios y electorales, y no de las poblaciones donde se producen, que ven cómo sus ayuntamientos apenas logran cubrir los gastos de los servicios consumidos por los turistas. Antes al contrario, el turismo de aluvión acaba mermando la calidad de vida de las residentes, en lugar de mejorarla.

Barcelona y Madrid se sitúan a la cabeza de estos procesos, con distritos en los que la inmensa mayoría de su población está solo de paso. Málaga, con el vaciamiento de la almendra del centro de las última décadas (de 12.000 residentes a menos de 5.000), está experimentando esa situación de manera salvaje, con una agresiva remodelación, destrucción de patrimonio, expulsión de población y caída en picado de viviendas en alquiler que merece ser estudiada.

Es lo que nos hemos propuesto en esta edición de Gente Corriente.

La ciudad del 1%

La ciudad del 1%

Kike España

Hacer ciudad

La operación del hotel de lujo en el puerto de Málaga, como se ha mencionado en las páginas anteriores, pone de nuevo encima de la mesa un debate que parecía dormido: ¿cuál es nuestro modelo de ciudad? e, incluso, ¿cómo se hace ciudad? Cuando pensamos en la ciudad muchas ideas nos vienen a la cabeza, sin embargo, no es habitual salirse de un acercamiento instrumental que entiende la ciudad como el soporte que garantiza la gestión de las necesidades «básicas» de sus habitantes. Estamos acostumbrados a ver numerosos estudios, informes y foros de debate dedicados a una interpretación que pone en el centro la funcionalidad: una circulación más eficiente a través de nuevas tecnologías, un ambiente más «verde», unas calles más limpias, unas plazas más «seguras», edificios «inteligentes», en definitiva, una ciudad matemática, una ecuación al servicio del mito de la prosperidad. Un instrumento más, fundamental, dentro de la lógica neoliberal. Pero, ¿qué esconde esta lógica que pone en el centro la funcionalidad?, y ¿qué nos impide pensar esta forma de entender la ciudad?

Evidentemente, no es una casualidad, es la consecuencia ideológica de una forma de entender el mundo, de unas determinadas relaciones de poder. Muchos autores críticos, desde diferentes disciplinas, han desarrollado esta cuestión, recalcando el importante papel que juega la ciudad bajo el capitalismo donde asume un rol principal: el de ser un motor para la acumulación de capital. El sector inmobiliario deja de tener un carácter secundario y pasa a ser uno de los principales motores de la dinamización de la economía a nivel mundial. Debido a la importancia que tiene la ciudad y el espacio en sí dentro de la circulación del capital para que el capitalismo no colapse, la construcción de la ciudad queda reducida a un tablero de juego especulativo en el que el espacio no es más que una simple porción de suelo que solo tiene importancia en cuanto a su valor de cambio, es decir, como mercancía.

El espacio de nuestro tiempo se asienta sobre esta lógica perversa que nos impide ver -y pensar- lo evidente: que la ciudad es una producción social, el escenario de nuestras vidas, el ambiente en el que se producen y reproducen nuestros sueños y la posibilidad de transformar la sociedad. Es soporte, pero también campo de acción. Esta aparente evidencia se camufla desde su propia concepción -diseño-, la voluntad insaciable de control por parte de arquitectos, urbanistas y diseñadores encaja muy bien con la pretensión expansiva y colonizadora de la circulación de capital a través del sector inmobiliario y el de la construcción, lo cual permite que de esta coincidencia de intereses se reduzca la ciudad -y el pensar la ciudad- a una cuestión técnica donde lo urbano no se piensa desde el conflicto de lo social, ni desde la potencia que las relaciones entre individuos pueden desplegar mediante sus iniciativas y formas espontáneas de vida, sino desde la utopía de la ciudad moderna como mecanismo de homogeneización.

Son múltiples los ejemplos que evidencian esta contradicción en la ciudad de Málaga. Lo podemos ver de manera muy clara en el caso de la torre del puerto, pero también en los terrenos de Repsol, el edificio de La Mundial en Hoyo de Esparteros o la invasión de terrazas y alojamientos turísticos en el centro histórico. Los debates sobre paisaje e identidad no hacen más que arañar la superficie del problema, la clave está en la cuestión democrática, es decir, en quién decide cómo se construye la ciudad. ¿Son los grandes grupos de inversión (el 1%) que entienden la ciudad como un tablero de juego especulativo o es la ciudadanía malagueña (el 99%) que entiende la ciudad como un lugar para vivir?

El monopoly del 1%

El puerto, con esta concesión, muestra abiertamente la capitulación de la mayor parte de la ciudadanía malagueña (el 99%) frente a ese sector minoritario del 1% que quiere seguir entendiendo nuestra ciudad como un juego de monopoly donde seguir poniendo hoteles en las mejores casillas y que el resto lo paguemos cada vez que pasemos por allí. Es triste ver que la figura del arquitecto, en la ciudad del 1%, ha quedado reducida a un ejercicio de retórica al servicio de los intereses económicos, en ese incómodo papel de hacer de intermediario entre grandes clientes con intereses particulares y el producto-ciudad. Esto, desgraciadamente, construye una ciudad elitista a la que solo pueden acceder un número muy reducido de personas (1%), muchas de las cuales ni siquiera viven aquí, sino que vienen y se van en barco.

La gestión neoliberal, mediante el impulso económico de la «cultura del espectáculo» enfocada a la atracción de turismo ha fracasado. Esta forma de hacer ciudad ha generado la destrucción del patrimonio del centro histórico, el desplazamiento de centenares de familias de sus barrios y el secuestro indiscriminado del espacio público convirtiendo la ciudad en un espacio invivible. Procesos de participación fracasados y una absoluta marginación, e incluso persecución, de cualquier experimento realmente democrático en nuestra ciudad demuestran la falsedad e hipocresía de una administración que no hace más que traficar con el espacio que es de todos y todas. La producción del espacio nos pertenece como ciudadanía y, desgraciadamente, estamos muy lejos de conquistarla.

La ciudad-museo

Frente a procesos a largo plazo y bien pensados sobre la morfología urbana y la vida que contienen, nos encontramos con mecanismos superficiales que solo tienen en cuenta lo espectacular, lo inmediato. El fachadismo no es más que un efecto de esta forma de entender la ciudad: «la ciudad de los museos» la llaman desde el Ayuntamiento de Málaga. En realidad se trata de la ciudad-museo, es decir, la ciudad al servicio de los visitantes, en la que no importa lo que haya detrás de la fachada, solo la apariencia. En la ciudad-museo ya no hay ciudadanía, solo turistas, y por lo tanto únicamente quedan ya tiendas de regalos y cadenas de restaurantes. La ciudad y la ciudadanía desaparecen, solo permanece su ilusión, un espejismo de ciudad que esconde el desplazamiento del 99% de su población. Dentro de esta estrategia, la administración local no adopta una actitud «pasota», sino todo lo contrario, una bien activa: el patrimonio es y será un obstáculo más dentro de la estrategia económica, solo lo utilizarán si se alinea con sus intereses.

Recuperar la ciudad

Ante esta situación lo que nos preguntamos es cómo recuperamos Málaga para el 99% de sus habitantes. La respuesta no es sencilla, pero hay ya ejemplos en la ciudad que nos animan al optimismo. Uno de ellos es la respuesta que dio un conjunto de vecinos al proyecto de las torres en los terrenos de Repsol convocando una petición en la plataforma change.org para reclamar un Bosque Urbano para Málaga (BUM), que consiguió más de 25.000 adhesiones.

Sin duda este es un claro ejemplo de lo que significa ejercer el derecho a la ciudad, es decir, la introducción de mecanismos no dirigidos que amplíen la democracia a la hora de intervenir en la ciudad y posibiliten otra forma de hacer ciudad mucho más ligada a los intereses de la mayoría social (el 99%). Otro de los ejemplos que estamos viviendo es la organización creciente de los vecinos en distintas partes de la ciudad, ya sea desde una forma clásica como la Asociación de Vecinos del Centro y sus demandas contra el ruido, la falta de comercio de proximidad y la invasión turística, o desde formas más espontáneas, como la Plataforma Lagunillas Se Defiende cuando da uso a un solar abandonado (fruto del derribo por parte del Ayuntamiento de la casa natal de Victoria Kent) y organiza incluso un ciclo de cine propio, coincidiendo con el Festival de Cine, sobre luchas vecinales y resistencias contra los procesos de gentrificación.

El movimiento 15M demostró que la ciudadanía es mayor de edad y capaz de responsabilizarse de forma colectiva de los problemas que le afectan. Es hora de inventar nuevas formas de hacer ciudad que nazcan de las preocupaciones y los anhelos de las personas que la habitan, que sepan ser sensibles a las minorías que sufren desplazamientos, acoso, persecución y que comprendan mejor la naturaleza y los retos de la crisis ecológica. La ciudad debería ser el proyecto de cómo nos cuidamos, de cómo vivimos juntos gestionando las diferencias (no suprimiéndolas), preservando singularidad y diversidad, conflictos y afectos. Y de cómo combinamos los distintos saberes (académicos, técnicos, experienciales, etc.) para tomar las mejores decisiones de manera cada vez más democrática. Seguro que también vamos a necesitar nuevas arquitecturas, en las que se disuelva el ego del arquitecto e incluso la autoría, que trabajen con nuevas solidaridades, economías, culturas, redes, cuerpos… y que asuman la complejidad de un mundo roto y lleno de preguntas.

El barrio de Lagunillas

«El proyecto de las tecnocasas destrozó el
barrio de Lagunillas y nunca se realizó»

Si un barrio está dando que hablar en los últimos tiempos es Lagunillas. En los bordes de la almendra histórica, Lagunillas ha sufrido una brutal degradación debido a la incompetencia de las Administraciones, algo de lo que dan prueba sus numerosos solares. Sin embargo, desde hace unos años el barrio se está revitalizando a marchas forzadas gracias a su vecindario, que ha recibido la aportación de nuevas y nuevos inquilinos cargados con iniciativas y creatividad, hasta el punto de que ya se habla del #RealSoho. No obstante, su ubicación estratégica lo coloca al filo de la amenaza especulativa. ¿Qué está pasando en Lagunillas? ¿Resistirá al empuje gentrificador? Hablamos de ello con dos vecinos muy activos del barrio, Raúl y Ventura, que forman parte de la asociación Lagunillas Porvenir, creada el año pasado.

Gente Corriente: Lagunillas es un barrio del centro de la ciudad, justo a las espaldas del Teatro Cervantes y a unos pocos metros de la plaza de La Merced, ¿podéis contarnos algo de su historia?

Raúl: Lagunillas es un barrio histórico de finales del XIX, un enclave muy interesante porque estamos en la periferia de la ciudad, fuera de las murallas, y las zonas que lo rodean son muy antiguas. Por ejemplo, calle Negros se remonta al siglo XVI, y en ella el obispo liberaba a los esclavos que había comprado previamente en el puerto. Poco después llega a la Cruz Verde (que como el Altozano, es anterior a Lagunillas) una comunidad zingara que se mezcló con la población de origen africano. Su nombre deriva de que allí hubo una Casa de la Inquisición que ponía cruces verdes en las puertas de los herejes.

 

El barrio de Lagunillas en sí es un pequeño triángulo que se encuentra entre la calle Frailes, el Jardín de los Monos, la calle Victoria por un lado y Cruz Verde por el otro. Debe su nombre a unas pequeñas lagunas formadas por la filtración de las que entonces había en El Ejido. El agua siempre ha sido muy importante en Lagunillas de hecho, en torno a 1820 existió una fuente que traía el agua del acueducto de San Telmo y proporcionaba trabajo a los aguadores que rellenaban allí sus vasijas para repartirlas por las casas. Esa fuente con el tiempo se sustituyó por otra, de la que no hay rastro, lamentablemente. Cuando finalmente se construye, la calle Lagunillas se convierte en la zona comercial y de mercado de todo el entorno.

En el siglo XX tiene dos momentos álgidos, uno antes de la Guerra Civil y otro entre los años cincuenta y setenta. En Lagunillas se daban todas las tipología del comercio tradicional que vendía en la calle, como cenacheros, lateros, traperos, aguadores, aceiteros. Era una calle que además tenía un mercado situado en lo que hoy día es la Federación de Sordos. Llegó a haber hasta 17 comercios de comestibles. Después de la guerra muchos comercios se dedicaron al estraperlo, al tiempo que abundaban las carbonerías.

GC: En toda esta larga historia hay dos grandes puntos de inflexión. El primero de ellos es la etapa de abandono y despoblamiento masivo, con la excusa de las tecnocasas como hito. ¿Podéis contarnos qué ocurrió exactamente?

Raúl: El punto de arranque de este proceso de despoblamiento está conectado con el plan que se desarrolla en la Cruz Verde. Allí había unos asentamientos de población gitana totalmente arraigada. Eran casitas bajas, una zona muy agradable y placentera para pasear. Había una taberna que se llamaba Las Tarantas. Cuentan que cuando Lola Flores venía a actuar al Teatro Cervantes luego se perdía por la zona.

Ventura: Era una zona en la que había varias de las bodegas más importantes de Málaga, que funcionaban como locales de reunión y sociabilidad de la comunidad. Sin embargo, con el nuevo plan la zona cambió completamente. En lo que es Altozano y Cruz Verde todas las casas fueron derruidas y en su lugar construyeron grandes bloques de Viviendas de Protección Oficial, en lo que fue la típica política de la época de generar guetos con población desarraigada, en situación de exclusión social, y sin planificación ni recursos institucionales para la construcción de comunidad. Trajeron una nueva y numerosa población procedente de zonas de exclusión, toda hacinada en grandes bloques, la mayoría de etnia gitana pero, a diferencia de la población anterior, sin arraigo en la zona.

Con ello el contexto social de Lagunillas cambió. Un barrio donde todo el mundo se conocía, donde la gente dejaba la puerta de su casa abierta como en un pequeño pueblo. Con la llegada de la nueva población empezaron a surgir problemas de convivencia, que trastocaban el cotidiano del barrio, la confianza, la libertad, la vecindad. Empezó a irse población del barrio y a cerrar negocios.

Y claro, llegó también, algo que lo daba la época y el contexto, la heroína, la venta y consumo que generó inseguridad. Empieza el declive del barrio y las autoridades no hacen nada para evitarlo, más bien al contrario.

Raúl: Este contexto sirvió para que las administraciones empezaran a decir que el barrio estaba en decadencia, con casas con poco valor patrimonial, según ellas, de mala calidad y en deterioro. Y así entramos en el «gran proyecto» del siglo XXI: las Tecnocasas.

Fue presentado como un proyecto estrella del arquitecto Salvador Moreno Peralta. Consistía en que en zonas de solares y casas expropiadas se construyeran nuevas edificaciones pensadas para gente joven que pudiese tener su lugar de trabajo y vivienda, de manera que se introducía población joven y se revitalizaba el barrio.

¿Qué ocurrió? pues que empezó la batalla de las Administraciones, que no se ponían de acuerdo, el tiempo pasaba, el Ayuntamiento expropiaba y la Junta se encargaba de la construcción de tecnocasas. Y efectivamente se expropiaron y demolieron, con la correspondiente expulsión de la población. Pero el proyecto, las casas, nunca se llegó a realizar. Tenemos casos, como por ejemplo la calle Agustín Moreto, que prácticamente desapareció entera.

Paralelamente se aprovechó para cambiar la trama urbana surgiendo nuevas calles como la prolongación de Coto Doñana que rompió la manzana de Vital Aza en dos, actuaciones innecesarias desde el punto de vista de la vecindad. La idea era que de ese modo se saneaban los barrios. Hoy día, sin embargo, está visto como un error urbanístico alterar la trama urbana irregular sin alineaciones, y de alguna manera bella en sí misma gracias a la espontaneidad con que fue construida y creada: la magia de la arquitectura del XIX.

Este proyecto nunca realizado terminó de destrozar el barrio. Aún hoy día quedan expropiaciones pendientes de pago.

Ventura: Provocó un barrio muerto, vacío, la gente no pasaba por este triángulo, no había nada bueno, mucha basura, mucho escombro, muchos solares, un barrio abandonado…

GC: Pero de repente, y es el segundo punto de inflexión, «Lagunillas mola». ¿Qué ha pasado para que se dé este cambio?

Ventura: En este proceso ha sido clave la figura de Miguel Chamorro, un artista madrileño que vive aquí en el barrio y que viendo la situación quería hacer algo. Para ello creó la Asociación Fantasías Lagunillas, que trabajaba con los niños y niñas del barrio a través del arte, impartían talleres, empezaron a pintar murales. Con el tiempo y la dinámica, otros artistas y colectivos se fueron afincando, era un barrio muy barato para vivir. Y así se fue generando el movimiento actual.

Raúl: En paralelo se produce una recuperación del centro, de la llamada almendra histórica, se trabaja para potenciarlo turísticamente, sobre todo abriendo museos. Y ahí aparece Lagunillas, un barrio en su día periférico, un barrio aledaño, pero que hoy se ubica en la centralidad, con lugares como la Fundación Picasso a escasos 50 metros. Un barrio céntrico, degradado, barato, y con muros en los que poder pintar, suponía un atractivo para la comunidad artística.

GC: ¿Es oro todo lo que reluce en Lagunillas?

Ventura: El barrio ha cambiado mucho. Al atraer a gente, al haber más vida en el barrio, hace que problemas como el abandono o la droga se hayan desplazado algo. Ha venido gente con iniciativa, gente artesana con talleres de imaginería o bordado, centros culturales, talleres creativos, todo ello a su vez atrae un «público» al barrio. El peligro es convertirse en un parque de ocio, como está pasando con muchas partes del centro de la ciudad.

GC: ¿Cómo están cambiando las condiciones de habitabilidad en Lagunillas en estos últimos años?

Raúl: Se está echado a vecinos y vecinas de toda la vida. Ya no estamos hablando de expropiaciones como antaño, ahora no se renuevan los contratos de alquiler. Es el caso por ejemplo del único bar de siempre que queda en calle Lagunillas, el Columbia, que está en proceso de desahucio después de 35 años en el barrio. Apenas a unos años de que se jubile su propietario, intentan echarle para vender ese inmueble, derribarlo y construir seguramente apartamentos turísticos, que es el negocio del momento.

También, al ser un barrio pequeño, la mayoría de las casas ya están vendidas o son propiedad de banco o inversores con ánimo especulativo. Creo que nuestro verdadero enemigo es el apartamento turístico y diría que incluso una hostelería que no esté regulada.

GC: Es recurrente hablar de Lagunillas como del #RealSoho. ¿Qué valoración os merece?, ¿es una valoración compartida en el barrio?

Raúl: Un barrio de creadores no se puede diseñar desde arriba, como ocurrió con el Ensanche (El Soho): es algo que surge espontáneamente, y eso es lo que ha ocurrido en Lagunillas. En realidad tenemos muchas bazas para convertir el barrio en un lugar donde puedan trabajar personas artistas y artesanas, pero lo ideal sería que no tengamos ninguna etiqueta o marca, que no tengamos logotipo, que podamos de alguna manera autogestionarnos las personas creativas, junto la vecindad, que creemos un barrio vivo y dinámico, creativo y artístico, pero fuera de lo que se entiende como «barrio de las artes».

Teniendo una Facultad de Bellas Artes aquí cerca, teniendo la Escuela de Arte de San Telmo, teniendo una serie de viviendas con bajos que se van a construir, se podría organizar un modelo de barrio que tenga conexión con el mundo del arte pero de una manera natural.

GC: Hay prevista una inversión en el barrio de dinero procedente de Europa, ¿qué sabéis de este plan?

Raúl: El proyecto tiene varias fases, en la primera han ido recogiendo a través de una agencia información de agentes del barrio. Lo que parece claro es que este año comienzan con el entorno de calle Carreterías, y al año que viene le tocaría a Lagunillas. El proyecto tiene una fecha límite marcada por Europa para su ejecución, que hay que cumplir, o el dinero se retira. Por otro lado Europa exige que en estos procesos se escuche la voz de la vecindad y asociaciones, y es ahí donde queremos aportar nuestras ideas, que esperamos sean tenidas en cuenta.

Por un lado lo vivimos como una gran amenaza porque tenemos miedo de que el barrio se convierta en lo mismo que es el centro histórico, y por eso nos estamos organizando. Por otro lado es un espacio de oportunidad para este barrio que ha sufrido tantísimo en los últimos años, y creo que ha llegado la hora de que se hagan las cosas bien aprendiendo de los errores del pasado.

GC: ¿Qué Lagunillas le gustaría al vecindario?

Ventura: Un barrio vivo donde toda la vecindad, asociaciones, comercios, todos, tengamos nuestra voz, estemos representados, un barrio donde se respete la arquitectura, la poca que queda, un barrio que no dé la impresión de abandono. Un barrio donde las administraciones se impliquen, con servicios como en cualquier otro barrio, con recursos institucionales.

Raúl: De entrada es un barrio que necesita más gente, y en eso coinciden vecindad y comerciantes. Necesita ser repoblado, aunque no queremos que se llenen todos los espacios, queremos que se conserven plazas y espacios comunes. Que las edificaciones que se creen, se integren y no sean grandes macrobloques.

GC: ¿Se están dando pasos para ello?

Raúl: En noviembre de 2016 formamos una asociación, Lagunillas Porvenir. Queremos ser una asociación que recupere el pasado pero que mire hacia el futuro. Para ello sería muy importante que consigamos que todas las comunidades nuevas que llegan tengan conciencia de lo que ha sido el barrio, de las problemáticas, de lo que es ahora y de lo que queremos. Que los procesos de repoblación del barrio se vayan haciendo paulatinamente, para que se adapten al modo de vivir de Lagunillas, y no se borre y se suplante.

Tenemos la asociación y una Plataforma fuerte de gente comprometida que se va consolidando.

Hay mucha gente escéptica porque son muchísimos años de abandono, pero creo que lo que va a venir va a ser mejor que lo que hay. Creo que se van a originar muchas conexiones y amistades porque existe una tierra de cultivo y un contexto ambiental, un espacio particular, un ambiente, y creo que ha llegado el momento de Lagunillas.

Terrazas y ruidos del Centro

«No solo tenemos que pensar en el Centro como el
escaparate de la ciudad, hablamos de una Zona Residencial»

Gente Corriente: Usted es vecina del Centro, ¿desde cuándo?

María José Soria: Soy vecina del «barrio del Centro» de Málaga desde hace aproximadamente diecisiete años, aunque mi relación con este barrio es mucho anterior, ya que parte de mi familia lleva viviendo aquí desde hace más de treinta años.

GC: En ese tiempo ha cambiado mucho el entorno, ¿qué echa de menos, qué se ha perdido en estos años o cómo os afectan esos cambios?

MJS: Por supuesto que en todos estos años el Centro ha cambiado mucho. Es lógico que las ciudades y los barrios evolucionen, se modernicen y, lo que es más importante, se vuelvan más «amables» para sus vecinos y más atractivos para los que nos visitan, tanto para los malagueños de otros barrios como para foráneos. Hay que tener en cuenta que el barrio del Centro tiene unas características especiales que lo diferencian del resto de barrios de Málaga, pero también, para cualquier decisión que se tome sobre este espacio, sobre sus usos, no solo tenemos que pensar que es el «escaparate» de la ciudad, sino que estamos hablando de una Zona Residencial en la que sus vecinos y vecinas son parte importante. Así que partiendo de que la evolución lógica es la de la mejora, hay que considerar que los cambios que se han producido debemos evaluarlos desde diferentes aspectos.

GG: ¿Puedes señalar alguno de esos aspectos?

MJS: En el plano urbanístico, la peatonalización, qué duda cabe, le ha dado al Centro un aspecto más bonito, libre de tráfico y el ruido constante que generaba –aunque el ruido solo ha cambiado de emisor- y más cómodo para todos aquellos que nos visitan, aunque debería haber sido igualmente más cómodo para los vecinos. La realidad ha sido diferente para los que aquí vivimos.

Evidentemente supone un logro que la mayoría de las calles del barrio –«la almendra»- sean hoy peatonales, pero la contrapartida para los vecinos ha sido diferente. Hemos visto que en la práctica cotidiana, la del día a día de las familias, nos han dejado encerrados. Pocos pueden llegar hasta su casa con el coche, los aparcamientos de superficie prácticamente han desaparecido todos y no se nos ha dado ninguna alternativa de estacionamiento –la lógica obliga a haber tenido en cuenta esta situación, pero en ningún momento del proceso ha sido así-. Es un calvario ya no solo con nuestros propios coches trasladar mercancías necesarias, compras, etc., sino también cualquier compra de envergadura: muebles, electrodomésticos, etc. Los transportistas se las ven y desean para poder entregarlas.

Otro grave problema de la peatonalización, que ha afectado a los vecinos y, como por supuesto era de esperar, ya afecta también a los que nos visitan, es el hecho de que pese a que se nos vendió como un cambio abocado al disfrute, al paseo relajado, ha desembocado en la ocupación obscena de este espacio público, por parte principalmente de la hostelería. Se ha perdido el principio básico de Vía Pública. Ha pasado de ser un espacio de todos a ser un espacio recuperado y habilitado para su explotación privada. Un espacio hecho a medida para ser entregado a un sector determinado. Al final, la consecuencia de la mala gestión, o simplemente la falta de ella por parte de los responsables municipales, ha llevado a la situación que tenemos. La utilización del dinero público que debiera haber revertido en todos, y por supuesto en la mejora de la calidad de vida de los vecinos, no ha quedado en más que en habilitar terrazas para ser explotadas por manos privadas.

GC: Tú hablas de «barrio del Centro».

MJS: Es que otra consecuencia la vemos en cómo se ha ido también perdiendo el concepto de «barrio», y a mí me gusta utilizar el término «barrio del Centro» para hablar de este espacio. El lenguaje ayuda mucho a visualizar lo que estamos hablando, ya que tenemos claro que vivimos en una Zona Residencial, por lo que los vecinos debieran ser importantes.

Hay muchos condiciones que han de darse para hacer barrio y, por desgracia, poco a poco han ido desapareciendo. La mayoría de las veces esta pérdida ha sido intencionada, y no hablo de «obligar a», sino que no se han tomado medidas por parte del ayuntamiento para que no se produjera, e incluso en algunos casos ha sido promotor, como en el caso del Mercado de la Merced.

La mayoría de los vecinos, y es mi caso, percibimos que somos poco importantes y poco rentables. Que sobramos en el Centro. El plan que han trazado para nuestro barrio lo ha convertido en un centro de ocio donde todo está a la venta y donde si no gusta algo a aquellos que nos visitan se cambia por otra cosa por encima de vecinos, patrimonio e historia: necesitamos más espacio para terrazas, pues desarbolamos y ponemos palmeras que acotan menos; que ahora es verdad que nos hemos pasado y a los turistas les gusta el olor a azahar, pues volvemos a colocar naranjos, etc. Hay que generar dinero a toda costa y rápido, mejor cuantos menos vecinos, hay que aprovechar la situación y los que vengan detrás que se las apañen.

El comercio tradicional se ha perdido, salvo algunas excepciones dignas de elogio. Las tiendas que nos han abastecido durante años han desaparecido, escasean los servicios que son normalidad en otros barrios de Málaga, los espacios para compartir, para relacionarnos. Si queremos sentarnos y disfrutar de nuestro buen clima y nuestro ocio debemos hacerlo previo pago de una consumición. No hay bancos, no hay plazas o, mejor dicho, existen pero pertenecen a unos cuantos.

Las calles peatonales para pasear se han convertido en una carrera de obstáculos, muchos de ellos infranqueables. Tenemos dificultades graves de movilidad, exceso de ruidos, de eventos –parece que lo que no se organiza o se hace en nuestro barrio no existe-. Muchas viviendas y edificios con grados diferentes de protección han desaparecido o desvirtuado, tenemos –como antes he comentado- falta de aparcamientos, el barrio está sucio. Es imposible la recogida normalizada de residuos como se realiza en otros barrios. La hostelería genera tanta basura que con la mala gestión que se realiza resulta imposible asumirla. Las calles –salvando el eje de calle Larios- están sucias, las paredes pintorreadas y las pocas comunidades de vecinos que vamos quedando debemos hacer frente continuamente a los gastos del vandalismo que se produce en nuestras calles, en nuestras fachadas o en nuestros portales.

GC: ¿Te has planteado en algún momento mudarte a otro lugar de la ciudad?

MJS: Cuando de madrugada estás despierta porque los usuarios del Centro así lo han decidido de jueves a domingos y fiestas de guardar con sus gritos, cánticos , etc., cuando el camión de riego o de basura les toma el relevo con el ruido de sus motores, cuando has de pagarte un garaje para poder aparcar tu coche –en el mejor de los casos-, cuando los servicios de urgencia tiene una demora establecida de llegada a tu barrio de casi media hora, cuando sales a pasear o simplemente a hacer las compra y debes sortear mesas, sillas, bicicletas, cartelería, cuando es un milagro poder comprar un simple tornillo, cuando miras alrededor y te cuesta reconocer el espacio, cuando ves que tu barrio se ha convertido en un barrio tramoya, en una puesta en escena de todo aquello que solo se encamina a hacer caja, cuando te sientes ninguneada y despreciada… pues sí, te planteas marcharte, pero es triste que esta situación, consentida por los que deben ponerle remedio, te eche de tu casa. Hay que seguir demandando que leyes y normativas municipales se cumplan. Si esto fuera así y hubiese sido así, no nos encontraríamos con problemas de convivencia con otros sectores con los que debemos compartir el espacio de nuestras calles y, por supuesto, los vecinos y vecinas, que existimos, que tenemos nuestros hogares en este barrio, podríamos vivir y no sobrevivir, como hacemos ahora.

GC: Lo cierto es que Málaga pretende vivir del turismo, al que se asocia la hostelería. ¿Podemos permitirnos renunciar a ese turismo y al empleo que genera?

MJS: Cuando los vecinos hablamos de este tema estamos obligados a pronunciarnos de una manera clara: ningún vecino del barrio del Centro está en contra de la actividad hostelera. Sí estamos en contra del cariz que ha tomado esta actividad: sobreexplotación del espacio, ocupación ilegal de la Vía Pública, caso omiso de las ordenanzas y leyes tanto municipales como autonómicas que regulan el sector, hasta el punto de que se ha creado desde la ilegalidad un agravio comparativo con el colectivo de vecinos, en detrimento de la calidad de vida y de nuestros derechos como ciudadanos.

El sector hostelero se ha convertido en el dueño y señor de nuestro barrio. Los vecinos somos tachados de insolidarios, quejicas y tiquismiquis a la hora de denunciar situaciones flagrantes que están a la vista de todos. No es así. Ha sido la dejación de funciones por parte del Ayuntamiento la que ha permitido que actuaciones ilegales de la hostelería se hayan consolidado -derechos adquiridos- y ahora la situación es difícil de reconducir, partiendo de la base de que nuestras autoridades no tienen interés en hacerlo (mala prensa, la fortaleza del colectivo hostelero). Es más fácil seguir haciendo la vista gorda a las irregularidades, actuar de modo simbólico ante las irregularidades con la marcha atrás metida y por supuesto culpar a otros.

Dejo claro que los vecinos no somos los culpables. Nuestro malestar es convertido y traducido la mayoría de las veces por la opinión pública, los medios y el propio sector hostelero como un enfrentamiento irracional y egoísta. No lo es.

Insisto, es más fácil que esto se vea así y se fomente por aquellos que deberían hacer cumplir las leyes. De esta forma pueden ocultar su incapacidad, intereses y mala gestión culpando a otros, haciendo caso omiso de las demandas lícitas de los vecinos y vecinas sobre las actuaciones que puedan emprender. La realidad es que los únicos culpables de la situación que vivimos son ellos.

Dicho esto, por supuesto que no debemos permitirnos renunciar al turismo. Pero para traer al turismo no vale todo.

El turismo, y hablo desde mi percepción personal, viene a ver una ciudad diferente, con unas señas de identidad propias, con una historia determinada que les va a ofrecer imágenes diferenciadoras del resto de las ciudades, que les ofrece una gastronomía típica y cuidada, espacios relajados, edificios representativos y únicos… eso es lo que buscan y no una ciudad que les «acosa», «recreada», preparada para vendérselo todo. Un Parque Temático Turístico. Hay que ponerle remedio al barrio del Centro. Ya hay intervenciones que no pueden deshacerse, que se han perdido para siempre. Málaga no puede permitir que las cosas continúen por este camino. Primero, Málaga pertenece a todos los malagueños, los de hoy, los de mañana y los que ya no están. Enseñemos a los que nos visitan cómo somos de verdad y no inventemos ni manipulemos nada. Sí al turismo respetuoso de ellos para nosotros y de nosotros para ellos.

¿Renunciar al turismo? No.

GC: ¿Cuáles serían las posibles soluciones para abordar todos esos problemas?

MJV: Siempre he pensado que existen soluciones para todo, pero hay que querer encontrarlas. Para ello hay que plantearlas, estudiarlas, consensuarlas con todos los sectores implicados y no tirar de demagogias y chauvinismos baratos, intereses económicos cortoplacistas y, en definitiva, egoísmos particulares. Nunca he visto un debate serio que plantee qué modelos de ciudad queremos y necesitamos, qué debemos preservar, por dónde avanzar sin que ello suponga vendernos a modas y situaciones económicas puntuales. El debate es arduo y sobre todo debemos tener claro que nos jugamos mucho.

GC: ¿Qué está haciendo la vecindad afectada, cómo se está organizando?

MJV: Tratamos de hacernos oír en todo este asunto, aunque, por diferentes motivos, con menos participación y compromiso que el deseado, pero no por falta de interés. Pero para ello creo que es importante pertenecer a una Asociación de Vecinos. Para ser más visibles, por tener respaldo legal, mayor representación y mayor fuerza.

Existen varias asociaciones en nuestro barrio. Yo pertenezco a una de ellas y he tenido años atrás un cargo en la misma, por ello sé que es la vía más efectiva de interlocución con autoridades y demás colectivos con los que compartimos espacio y con los que debemos llegar a acuerdos. Es mucho lo que se trabaja, se propone y se discute en las asociaciones, y siempre en el intento de mejorar la calidad de vida de los vecinos y vecinas. Muchas veces, la lucha, pese a tener la verdad en la mano, es infructuosa porque los intereses políticos, económicos o simplemente personales están muy asentados. Los lobbies que actúan en el Centro tienen una gran fuerza y ante ellos los vecinos poco podemos hacer, aunque tengamos en nuestras manos la fuerza que nos da la razón, el cumplimiento igualitario de las leyes y nuestros derechos constitucionales. Se han conseguido muchas cosas, con mucha dificultad, y esta lucha no es de ahora. La Asociación a la que pertenezco ha sido pionera en la consecución y reconocimiento de los derechos de los vecinos y vecinas que vivimos en este barrio. No podemos dejarlo en el olvido ni dejar de reconocerlo. No se puede estar empezando siempre de cero.

Lo que tengo claro es que para intervenir y hacer algo hay que querer hacerlo y estar ahí. Luchar por todos y todas. Por todas las calles y espacios de nuestro barrio, ya que la problemática es común, y hacerlo con la misma intensidad, sabiendo que se trabaja para un colectivo y que lo conseguido beneficiará igualmente a todos. Hay que crecer y mantener la calidad de vida de los vecinos del barrio de Centro, que, como ya he comentado anteriormente, queremos y tenemos el derecho a seguir viviendo aquí y no solo a sobrevivir.

Charlamos con María José Soria, profesora jubilada y vecina del barrio del Centro. Soria es una activista vecinal, en tanto que no deja de luchar para que los vecinos y vecinas no pierdan calidad de vida en un espacio cada vez más hostil para las familias. Ha trabajado en el seno de la Asociación de Vecinos Centro Antiguo de Málaga, de la que fue presidenta entre 2009 y 2014, de modo que, con su Junta Directiva, ha representado los intereses de los vecinos y vecinas en los diferentes organismos, instituciones y colectivos implicados en la toma de decisiones para con el Centro. Junto con el resto de asociados, fue portavoz de la Plataforma Plaza de Camas. Igualmente, ha formado parte de las iniciativas para reclamar la rehabilitación de la Zona de la judería.

Como vecina afectada, y menospreciada, por las decisiones que se toman para con el barrio, sigue atenta para frenar la ruta trazada por otros en detrimento de los vecinos y vecinas.