Málaga y su litoral: historia de una colonización

Málaga es una ciudad que hasta tiempos recientes ha vivido y se ha desarrollado de espaldas a su línea costera, con la que, una vez «descubierta», en buena medida estableció una relación depredadora. Y es que hasta bien transcurrido el siglo XIX, salvo asentamientos puntuales, la ciudad no comenzó a dar un uso estable a la costa, más allá del portuario. De hecho, en este recorrido del proceso colonizador del litoral tomaremos como referencia la situación central que ocupaba el Puerto.

1. La colonización del Litoral Este

Asentamiento burgués y balnearios

A finales del siglo XIX, aprovechando los beneficios del desarrollo industrial acumulados a partir del segundo tercio, y a raíz de cierto estancamiento y crisis del modelo, la burguesía diseña todo un plan de transformación y colonización desde el centro al este, según una lógica de complemento y alternativa productiva. Para ello aprovecha gran parte de los terrenos ganados al mar con la remodelación del puerto (1880-1897). Frente a un litoral oeste industrializado, y un centro colapsado e insalubre, la burguesía opta por valorizar un nuevo litoral, atractivo por lo accidentado de su geografía y la belleza de las edificaciones burguesas que se habían ido construyendo, además de bien conectado.

«A finales del siglo XIX, aprovechando los beneficios del desarrollo industrial acumulados a partir del segundo tercio, y a raíz de cierto estancamiento y crisis del modelo, la burguesía diseña todo un plan de transformación y colonización desde el centro al este, según una lógica de complemento y alternativa productiva»

Con la idea de darle un cariz turístico de balneario a la ciudad, en 1897 surge la Sociedad Propagandística del Clima y Embellecimiento de Málaga. Su tarea se enfoca en promover el embellecimiento de la ciudad, por un lado, y por el otro atraer a extranjeros bajo el reclamo del clima, antecedente lejano de la revolución turística de los años cincuenta. De esta manera se crea la calle Larios, se amplía la Alameda, que se conecta con el Hospital Noble mediante un gran parque, a su vez unido al paseo de Sancha, Caleta, Limonar, etc.

Este proceso viene a consolidar y acelerar una dinámica que se había dado durante años: la trasposición y colonización de la burguesía desde el centro hacia la zona este de la ciudad. Escapan de un centro de calles y casas hacinadas e insalubres a consecuencia de la falta de infraestructuras y del incremento poblacional generado por la industria, y buscan las nuevas zonas residenciales: Cañada de los Ingleses, Caleta, Limonar, Monte Sancha, Miramar, Camino Nuevo…

El factor de atracción serán los baños. Su tradición se remonta a mediados de siglo, con los baños de agua dulce que surgen principalmente con fines higienistas: La Delicias, Salón Roma, Baños de Ortiz… Posteriormente abren nuevos baños, aún de agua dulce, pero más ligados al mar, como Diana (1843), Estrella (1859), Apolo (1879), vinculados a los muelles y las playas para quienes no pueden permitirse pagar los baños: Playas de los Ciegos y Sanidad para las mujeres; de Pescadería y del Banco para los hombres.

Los vertidos fecales y el nuevo proyecto de puerto provocan que la actividad bañista se mude a La Malagueta, y hasta allí se trasladan los baños de La Estrella y Apolo, que perduran años. La actividad del baño se va ligando a otras de tipo cultural, ocio, deportivas, etc. La renovación viene de la mano de los Baños del Carmen, que a partir de 1918 introducen un nuevo concepto de baños en agua de mar. Posteriormente llegan los primeros hoteles de lujo: Caleta Palace en 1920 y Príncipe de Asturias en 1926 (actual Miramar).

«nace una nueva relación y usos de la costa dirigidos al ocio, la salud, el deporte, la cultura, etc., aún  por encima de la lógica del negocio turístico»

Con todo este proceso nace una nueva relación y usos de la costa dirigidos al ocio, la salud, el deporte, la cultura, etc., aún por encima de la lógica del negocio turístico. Se trata de una nueva forma de relacionarse con el litoral que, sin embargo, no llegó a generalizarse y consolidarse hasta décadas después: una relación productiva con el territorio, tanto en el ámbito industrial (del litoral oeste) como en el incipiente turístico, lejana todavía de la rentista promoción inmobiliaria.

Superando cerros y arroyos

A mediados del siglo XIX El Palo apenas contaba unos 1.000 habitantes, repartidos entre las cuevas, con un sostén vital vinculado a la agricultura, y la costa, donde se mantenía una tradición agrícola, añadida a una progresiva relación con el mar a través de la pesca. La plaga de la filoxera en 1878 atrajo un flujo de nueva población desde las localidades de la Axarquía. Gran parte se asentó en el Centro, Trinidad, Perchel o en los incipientes barrios obreros cercanos a las fábricas. Otra optó por mantener un modo de vida más similar al de origen y se asentó en El Palo, tanto en las cuevas como en la costa. Cabe destacar que algunas de las viviendas de autoconstrucción reproducían las típicas de la zona de procedencia, con porches emparrados, por ejemplo. Aparte del Palo, a lo largo del litoral este solo había unos pequeños asentamientos en San Telmo y Caserío de Pedregalejo, de no más de 100 habitantes.

A diferencia de otros procesos de urbanización y colonización, los del Palo y toda la costa este vinieron precedidos por los de la construcción de infraestructuras que permitieran una comunicación con el núcleo urbano, algo muy condicionado por los accidentes geográficos de arroyos (Caleta, Bellavista, San Telmo, Pistones, Jaboneros, Miraflores, Gálica) y cerros. Pese a las dificultades que acarreaba, parecía la opción más viable de extensión urbana, con un sur limitado por el puerto y el mar, un norte muy condicionado por la inundabilidad del Guadalmedina (que no se resolvió hasta años después con la construcción del pantano del Agujero) y un oeste que, como veremos, estaba copado por el desarrollo industrial.

Para que todo ello fuera posible el puerto y su ampliación resultaron clave. Por una lado el muelle de levante había provocado un aterramiento, al acumular sedimentos arrastrados por el arroyo de La Caleta, lo que permitió plantearse la colonización del nuevo terreno surgido, que precisamente recibiría el nombre de «La Caleta» por el arroyo y que coincide con La Malagueta actual. No obstante, la disputa por la titularidad de los suelos entre Ayuntamiento y la jurisdicción militar impidió en un inicio la evolución residencial, lo que derivó en un uso predominantemente industrial (Ferrería del Ángel, fábrica de azúcar de los Heredia, además de múltiples talleres, almacenes, etc.).

Sin embargo, fue sobre sobre todo la necesidad de piedras para la ampliación del nuevo puerto el factor clave del desarrollo de nuevas infraestructuras de comunicación hacia el este. Primero fueron las canteras de San Telmo, para cuyo traslado hasta el nuevo puerto se creó un embarcadero (Puerto de la Cantera), que posteriormente generó una acumulación de sedimentos y dio lugar a usos de baños y recreo: los Baños del Carmen. A su vez, el desmonte de la cantera permitió la colonización de la zona del cauce del arroyo, mientras que el desvío interior para rodear la cantera del itinerario hacia Almería facilitó la conexión de asentamientos incipientes, como el Pedregalejo actual.

La mala calidad de la piedra de estas canteras llevó a la explotación de otras nuevas más al este, por la zona del Peñón del Cuervo. Dado que la carretera no disponía de puentes sobre los arroyos y había que trasladar los materiales hasta el nuevo puerto, se construyó un ferrocarril para conectar con el embarcadero de San Telmo y posteriormente con el propio puerto (1888). El aprovechamiento posterior de esta infraestructura conectó el centro de la ciudad con el extremo este en El Palo. Así se abría el camino para la posterior conexión ferroviaria con Vélez (1908) y Ventas de Zafarraya (1920), operativas hasta 1967, mediante el tren conocido popularmente como «La Cochinita».

Aun así, lo que realmente vertebró la ciudad hacia el este fue el tranvía que conectó definitivamente el Centro con El Palo en 1889. Con diversas mejoras y desarrollos posteriores, en 1921 funcionaba durante 14 horas ininterrumpidas, con una frecuencia de 20 minutos, de manera que el trayecto desde El Palo al Centro podía dilatarse unos 30 minutos.

Años después el trazado del paseo marítimo, a partir de 1928, fue lo que acabó de vincular El Palo y toda la zona este con el núcleo de la ciudad.

2. La Colonización del Litoral Oeste

El punto de partida eran dos arrabales históricos al otro lado del río Guadalmedina, verdadera frontera geográfica y social: la Trinidad y El Perchel. Este último siempre estuvo vinculado al mar (su nombre deriva de las perchas destinadas a los salazones), hasta el punto de que es el primero de los barrios de pescadores de la ciudad desde los tiempos romanos y se consolidó con los árabes. Ambos arrabales carecían de infraestructura básicas, siempre postergadas por empresas más prioritarias.
La colonización urbana de esta zona de la ciudad venía dificultada por varios factores. Por un lado encontramos la barrera geográfica que suponía el río Guadalmedina: hasta 1912, en que se empieza a construir el puente de Armiñán, solo existía el puente de hierro de Tetuán, de 1859. Posteriormente, en los años veinte, se arranca con el proyecto de construcción de dos nuevos puentes: el de la Aurora y el del Carmen.
Por otro lado tenemos la ubicación de la mayor parte de las industrias en el litoral oeste, atraídas por las facilidades comunicativas que les proporcionaba la cercanía del puerto, la estación de ferrocarriles, el trazado de vías a lo largo de litoral y el eje que componían el puente de Tetuán sobre el Guadalmedina, la carretera de Cádiz y el puente sobre el Guadalhorce. Con ello, la zona se configuraba como la más idónea para el desarrollo industrial de la ciudad, y su limitado uso residencial vino precisamente promocionado por las propias industrias para sus trabajadores y trabajadoras. Así, tenemos los casos, aún en el siglo XIX, de los corralones en El Bulto para familias obreras de La Constancia y la Industria Malagueña, y los de Huelin, que por su importancia desarrollamos posteriormente. Ya en el siglo XX tenemos en Los Guindos los casos de las Casas Baratas, a inicios de siglo, y las Viviendas Protegidas en la posguerra.
De esta manera se mantuvo el litoral hasta bien transcurrido el siglo XX, cuando dos factores cambiaron definitivamente el escenario: el Plan de los años setenta, por el que se reubica la zona industrial más allá del ronda exterior, y el desmantelamiento del ferrocarril a Coín, que transcurría por todo el litoral. Tras ello, la costa adquiría un valor y uso vinculados al nuevo paradigma de la época: el desarrollismo inmobiliario y turístico.

3. La Málaga Industrial

La industria llega a Málaga en el segundo tercio del siglo XIX de la mano de familias burguesas que, procedentes del extranjero, paulatinamente se asentaron en la ciudad. A grandes rasgos el reparto era los Heredia (ferrerías), los Larios (textiles y azucareras) y los Loring (comerciantes): en 1832-33 Heredia crea las Ferrerías de la Constancia, en 1846 Heredia-Larios crean la industria textil Industria Malagueña S. A., en 1856 Larios funda la textil de La Aurora, en 1862 Heredia crea las refinerías de azúcar en La Malagueta y en 1872 los Huelin las instalaciones azucareras San Guillermo en San Andrés.

En esta zona de la ciudad se van instalando, junto a las más significativas ya citadas, otras muchas y muy diversas industrias, como la Fábrica de Gas, la Industria Lapeira Metalgraf (de estampaciones en hoja de lata), la industria de vehículos Taillefer, de harinas Castel, la Fábrica de Tabacos, y otras de curtidos, sombrerería, pinturas, vinos, licores, alimenticias en general, etc.

Se trata de una nueva burguesía que releva a la de comerciantes acomodados que le precedió, y que trae ideas e impulso para implantar la industria en Málaga. Con ese fin eleva fábricas, importa maquinarias, trae técnicos y artesanos extranjeros, promueve grandes infraestructuras, teje nuevas redes comerciales. Al tiempo, aplica duros modelos de explotación agrícola, así como técnicas disciplinarias en la producción fabril, incluso de reproducción social.

Es una burguesía centrada en lo productivo y alejada de los intereses promotores e inmobiliarios, ajena por tanto a una acumulación de fincas y una modelación física de la ciudad desde una lógica de negocio organizado. Por el contrario, la transformación urbana respondía más a una dinámica diversa, distribuida e individualizada, sin que por ello esta burguesía dejase de ser parte predominante de las modificaciones físicas urbanas de la época, si bien como consecuencia de sus intereses productivos (fábricas e infraestructuras).

Es así que el asentamiento industrial marcó en gran parte el desarrollo urbano y de infraestructuras de la época, por ejemplo con el ferrocarril hasta Córdoba para hacer frente a la necesidad de suministro de carbón, más económico en las minas de la comarca de Bélmez. Aun así el proyecto tarda en hacerse realidad, y las dificultades con el suministro de carbón, que es caro si se depende del inglés o asturiano, unido a un puerto insuficiente, desaceleran el desarrollo industrial.

Después de años de cierres y estancamiento, tras el cambio de siglo, la década de los años veinte supone la activación económica posterior a la Primera Guerra Mundial, que trae la apertura de una nueva fundición, la Compañía Sidero Metalúrgica de Los Guindos, en la zona de La Misericordia (que perdura hasta 1979), y la Fábrica de Tabacos (hasta 2002).

El barrio obrero planificado de Huelin

El segundo tercio del XIX es el momento de la transformación industrial de la ciudad, o más bien su paso de precapitalista a capitalista.

Como todo cambio de paradigma, se da una etapa-periodo de «campo ciego»: un tránsito, de acuerdo con Lefebvre, en el que los protagonistas desconocen los mecanismos por lo que se rigen la (su) nueva realidad, e incluso intentan aplicar a la nueva coyuntura criterios y certezas anteriores: percepciones, principios, teorías, lenguajes, racionalidades previas. A la vez, además de sus protagonistas, nos hallamos ante un escenario en absoluto preparado a nivel técnico-jurídico para los cambios en proceso, sin capacidad para regular las consecuencias y comportamientos contradictorios de los diferentes agentes sociales de la nueva ciudad.

A lo largo de décadas, miles de personas abandonan su medio y se desplazan desde su hábitat rural a otro urbano y hostil para desarrollar labores que les eran ajenas hasta entonces. Los mecanismos, dispositivos y estrategias para disciplinar y sacar rendimiento a esta masa obrera suponen una nueva materia por experimentar y consolidar. Y aun más: cómo extender la disciplina allende los muros de la fábrica. A la vez, las formas en que sus protagonistas, la incipiente clase obrera, tejerían nuevas redes sociales y artilugios para sostenerse y soportar semejante escenario era otro basto campo por explorar, por lo general de manera conflictiva. La nuevas fábricas que se asentaban y sus habitantes eran islas que configuraban un archipiélago de modernidad que no concordaba con el territorio y el escenario preexistente.

Es en esta coyuntura que en 1861 surge el Plan de Ensanche, del arquitecto José Moreno Monroy, casi contemporáneo a los redactados para Barcelona (Ildefonso Cerdá) y Madrid (José María de Castro), los tres precursores y experimentales. Por primera vez se intenta superar un entendimiento parcial de la ciudad, con una perspectiva global del espacio urbano para definir un programa de cambios físicos sobre la totalidad. Este plan, sin llegar a desarrollarse en su integridad, marca, prefigura y deja sentadas la ideas de un modelo de ciudad que perdurará en gran parte hasta el Plan General de Ordenación Urbana de 1983-84.

El plan esboza un nuevo escenario urbano que transformaba radicalmente la ciudad para adaptarse a la nueva realidad capitalista e industrial. Sin embargo, la aplicación no fue inmediata para un plan que respondía más a los intereses de una burguesía industrial y de grandes comerciantes que a los de la propiedad inmobiliaria, más centrados en la especulación del suelo. Los unos pretendían ensanchar la ciudad para reducir densidad y epidemias, los otros subdividir y aumentar la edificabilidad de sus propiedades, a la vez que regenerar y equipar su entorno, es decir, una intervención intraurbana. Es bajo esta lógica que se desarrollan los planes de ampliación del puerto, expansión del centro al sur en conexión con el eje de La Caleta, vía Alameda, Parque, Paseo de Sancha, etc. En definitiva, el proyecto de ciudad-balneario. Aun así, la técnica del ensanche se aplica en concreto en la extensión de la ciudad por la costa, primero (1866) en la zona de la Malagueta una vez terminado el largo litigio entre Ayuntamiento y jurisdicción militar, y posteriormente (1868-70) en la construcción del barrio obrero del Huelin en terrenos adyacentes a las industrias de La Constancia y la Malagueña.

«La construcción del barrio de Huelin supone una ruptura con la mencionada tendencia de la burguesía de no vincularse a la renta inmobiliaria, tal y como se desprende del número de viviendas proyectadas. Con ellas, el industrial le descontaba a su personal parte del sueldo en concepto de alquiler por la vivienda. Es a raíz de este proyecto que se tiende a una progresiva y creciente vinculación de la burguesía con el sector»

La construcción del barrio de Huelin supone una ruptura con la mencionada tendencia de la burguesía de no vincularse a la renta inmobiliaria, tal y como se desprende del número de viviendas proyectadas. Con ellas, el industrial le descontaba a su personal parte del sueldo en concepto de alquiler por la vivienda. Es a raíz de este proyecto que se tiende a una progresiva y creciente vinculación de la burguesía con el sector, de manera que a partir del último tercio del siglo y los primeros años XX se da una tendencia a la concentración de las propiedades inmobiliarias.

El proyecto del arquitecto Juan Nepomuceno se izaba sobre unos terrenos propiedad del industrial y financiero Eduardo Huelin, que le dará nombre, ubicados entre las últimas fábricas al oeste de la ciudad y los terrenos agrícolas que constituían la vega del Guadalhorce, con el litoral marítimo al sur. A finales de siglo se habían construido más de 800 viviendas. Supone además un precedente y modelo para posteriores y similares proyectos, en el ensanche norte de la Trinidad (Tres Cruces), en la extensión de El Bulto (calle López Pinto) o en las cercanías de la fábrica La Aurora del barrio de La Pelusa (apelativo que recibían las trabajadoras textiles algodoneras).

No es baladí que el proyecto surja en el marco del Sexenio Revolucionario (1868-1874), en el que la organización y revuelta obrera habían alcanzado cotas considerables. La experiencia pone el punto de mira en dos focos: la taberna y el corralón. La taberna era considerada una fuente de alcoholismo y riñas, pero al mismo tiempo un lugar privilegiado para la propagación de ideas: «el obrero se inicia en todos los vicios posibles, y falsea su inteligencia alimentándose de absurdas utopías» (Prat de la Riba). La taberna sirve además como lugar de escape necesario ante el hacinamiento del corralón. Son corralones que se configuraban a su vez como el otro lugar privilegiado de sociabilidad, donde, sin intimidad ni espacio vital, se compartía prácticamente todo, también los malestares e ideas revolucionarias.

Era por tanto el momento idóneo para, mediante argumentos moralizantes e higienistas frente a la infravivienda del corralón, abogar por la vivienda unifamiliar. Esto suponía el inicio de un proceso por el que se pasaba de los espacios urbanos y de habitabilidad (atravesados por la comunicación y la sociabilidad) a un modelo que atomiza la familia (en su vivienda) para posteriormente generar un individuo clausurado o desenraizado, propio de la sociedad capitalista evolucionada neoliberal.

Huelin pretendía un proyecto alejado de otros precedentes como los corralones que en 1851 había promovido Manuel Agustín Heredia en El Bulto. En palabras de su arquitecto, Juan Nepomuceno, «el operario que pasa todas la horas de su trabajo en la gran familia del taller; es indudable que cuando este se retira a su vivienda anhela aislarse de todos para reconcentrarse solo en su propia familia». Se trata, pues, de un espacio de clausura y reproducción. Los trabajadores y trabajadoras de las fábricas malagueñas que vivían en los corralones del centro o los barrios de El Perchel y la Trinidad en condiciones cercanas al hacinamiento, con una sola habitación (o «sala»), con cocinas y aseos comunes, tendrían acceso a una vivienda unifamiliar con dormitorio, alcoba principal y cocina, además de un pequeño patio para jardín, lavadero o criadero de gallinas o cebadero de cerdos.

Ganaban en espacio y en comodidad, pero en esta iniciativa del industrial, como veíamos, había algo más: esas casas garantizaban o buscaban «paz social». Por si fuera poco, el proyecto prevé trasladar el orden y estatus de la fábrica al espacio urbano. Las únicas y mejores casas a dos alturas instaladas en las esquinas de cada manzana estaban reservadas para los capataces, de modo que los ojos de los superiores no solo vigilaban en el trabajo, sino también en el barrio. La estrategia es clara: por un lado llevar la disciplina al medio urbano, de lo que encontramos un buen ejemplo en el «mosaico de órdenes» de San Eugenio, una colonia obrera posterior, y por otro «aculturizar» a sus habitantes para adquirir y naturalizar el nuevo cuerpo de normas y valores.

Sumado a ello, no tarda tiempo el barrio en ser equipado con nuevos dispositivos que también comportan grados de control: una escuela, un dispensario médico y una iglesia. Un dato que lo ilustra: en 1878 solo el 26% de los niños y el 12,4% de las niñas de entre 10-14 años estaban escolarizados, pues la tendencia era la temprana incorporación al mundo del trabajo, lo que manifiesta la utilidad normalizadora de la escuela por encima de la educativo-formativa.

«Nos hayamos ante una incipiente ciudad capitalista, con dispositivos de autorreproducción de modelo a través de la incomunicación como mecanismo de control social frente a una periferia histórica obrera y popular. En esa periferia, las condiciones imponían la comunicación, la pertenencia a redes sociales y el desarrollo de un modelo cultural comunitario»

Nos hayamos ante una incipiente ciudad capitalista, con dispositivos de autorreproducción de modelo a través de la incomunicación como mecanismo de control social frente a una periferia histórica obrera y popular. En esa periferia, las condiciones imponían la comunicación, la pertenencia a redes sociales y el desarrollo de un modelo cultural comunitario, todo lo cual generaba homogeneidades ideológicas peligrosas para la burguesía.

Pese a todo ello, el caldo de cultivo para la conflictividad estaba servido. Las mencionadas técnicas de explotación y tecnologías que los industriales importaban acaban afectando a las condiciones del trabajo y los salarios. Los Larios, incluso antes que en Barcelona, venían implantando en Málaga dentro de la industria textil algodonera los husos y telares mecánicos, cuya primera consecuencia era una sustitución de trabajo cualificado (masculino) por otro menos cualificado para el que recurrían a mujeres (más barato). La progresiva inversión económica en tecnología la compensaban con rebajas salariales.

La situación estalla con la revolución de 1868, en un contexto de crisis financiera y de subsistencia arrastrada desde 1866. En Málaga, los obreros de la Industria Malagueña, en general influidos por la crisis de subsistencia, cesan en el trabajo y se dirigen a la vivienda de Martín Larios en la Alameda (hoy edificio de La Equitativa). Empuñando muchos de ellos pistolas y lanzando gritos de «a las armas» disparan varias veces a las puertas del edificio. La manifestación surte sus efectos y el día 20 de octubre, ya de noche, se reparten unas hojas entre los trabajadores con la firma Martín Larios e Hijos y el siguiente texto: «Habiendo visto el disgusto manifestado por los trabajadores y trabajadoras de los telares de mi fábrica y deseoso de evitar todo disgusto, ofrecemos a los mismos que, desde mañana, se les pagará un 20 por ciento, oséase, una quinta parte más del precio que se les ha venido pagando hasta aquí».

Es de destacar por su singularidad histórica la huelga de 1890. Ese verano estalla una huelga de las mujeres tejedoras, muchas de ellas vecinas de un barrio para el que ese verano debió de ser dramático, ya que coincidía con el cierre de la siderurgia de La Constancia, incapaz de competir con las del norte ante la imposibilidad de surtirse de combustible barato. La importancia de esta huelga estriba en el protagonismo de las mujeres y en la asociación de los trabajadoras más allá de su fábrica en incipientes organizaciones del proletariado, hasta el punto de que reciben apoyos para sostén económico de la huelga desde distintas fábricas textiles de Europa. Hacia las 10 de la mañana unas mil mujeres se concentran en la casa Larios y un comité de trabajadoras dialoga con los representantes de Larios sobre un aumento en el jornal. Reciben la negativa «debido a la depresión económica por la que atravesaba la empresa». La huelga se prolonga hasta el 15 de agosto de ese mismo año. Son muchas los detenciones, incluso la del máximo dirigente del PSOE, Pablo Iglesias, acusado de actuar en la huelga como asesor.

La situación, lejos de mejorar, fue a peor para las trabajadoras y vecinas del barrio: la mecanización continuaba, las trabajadoras descualificadas se importaban directamente desde las ocupaciones agrícolas, con cada vez peores condiciones, y la huelga estalla de nuevo en 1894 y en no pocas ocasiones posteriores.

Lo que sigue y engloba a este ejemplo concreto es todo un largo y complejo periodo de organización obrera, que adquiere su máximo exponente a raíz del proceso revolucionario de 1936. Duró hasta que en febrero de 1937 sufre un quebranto trágico como consecuencia de la toma de la ciudad por las tropas fascistas, que culmina con la conocida «Desbandá», la huida de una población desesperada en dirección a Almería mientras era bombardeada por mar y tierra, lo que a la postre causó la muerte de alrededor de 5.000 personas.

4. Cambio de paradigma: la ciudad turística

A finales del siglo XIX empieza a resquebrajarse la prosperidad alcanzada: la siderurgia entra en declive por la dificultad para conseguir combustible a buen precio; la caña de azúcar no puede competir frente la remolacha; el comercio decae sensiblemente; la agricultura queda arruinada por los devastadores efectos de la filoxera que arrasa el viñedo. En la etapa final del siglo se produce un descenso general de las actividades económicas, observándose incluso una disminución demográfica.

La crisis, con sus secuelas de pérdida de empleo, hundimiento de empresas y descenso general de las actividades económicas, lleva a buscar otras fuentes de riqueza. Algunas personas ven en el turismo una alternativa, con la idea de que Málaga saque partido a su privilegiado clima, y es a raíz de esta crisis que surgen las verdaderas iniciativas que cristalizan en 1897 con la creación de la Sociedad Propagandística del Clima y Embellecimiento de Málaga.

Aun así la primera mitad del siglo XX fue una etapa en transición. La antaño pujante industria malagueña perseveraba y se reinventaba en un intento por sobrevivir, al tiempo que un escenario global y local de enorme conflictividad social y política dificultaba la consolidación de cualquier intento de modelo turístico. Con ello, la fisonomía y usos del litoral de la ciudad varían poco respecto a los últimos años del siglo XIX. Tan solo destaca la expansión de la ciudad hacia el oeste mediante la construcción, en el periodo autárquico del franquismo, de viviendas destinadas a la población obrera, junto a la proliferación de chabolas, la consolidación residencial y de ocio burgués en la zona de La Caleta, así como el progresivo crecimiento de los asentamientos en Pedregalejo y El Palo, que evolucionaban hacia una idiosincrasia más pescadora.

La década de los cincuenta llega con un cambio de ruta en la Dictadura después de años de autarquía. El sistema económico y la sociedad se ahogan, el Régimen no puede sostener más un escenario estancado. Simultáneamente los Estados Unidos ven en España un territorio geoestratégico y por explotar, con lo que hacen una apuesta inversora, a la vez que demandan una apertura al Régimen con la que maquillar el respaldo a la dictadura.

Parece que se cuadran las condiciones para, después de más de medio siglo enunciándolo, abogar definitivamente por una Málaga turística. Con las inversiones aparecen las nuevas infraestructuras que preparan el escenario para la llegada masiva de turistas.

«El verdadero boom turístico se consolida realmente en los años sesenta. Se da una transformación evidente, primero tímidamente y después con empuje, y el estado también invierte para la promoción de la costa. Los hoteles crecen al sol y los visitantes descubren que Spain is different, barata y soleada»

El verdadero boom turístico se consolida realmente en los años sesenta. Se da una transformación evidente, primero tímidamente y después con empuje, y el estado también invierte para la promoción de la costa. Los hoteles crecen al sol y los visitantes descubren que Spain is different, barata y soleada. Se da una evidente permisividad y apertura en sitios clave, como Torremolinos (que aún formaba parte de la capital), donde se ven y toleran comportamientos impensables en otros lugares de la España franquista. La llegada de aire fresco en forma de turistas va transformando el ambiente y las subjetividades locales en un proceso de contagio cultural.

Al mismo tiempo, el cambio de modelo productivo favorece a unas élites del Régimen con grandes intereses vinculados tanto a la propiedad de tierras como al negocio inmobiliario y financiero. Mientras, la masa trabajadora se ve abocada a cambiar progresivamente desde un paradigma principalmente agrícola e industrial a otro ligado al sector servicios y de la construcción, y con ello a la rebaja de la cualificación y calidad laboral.

La transformación implica también un cambio desde el modelo productivo que caracterizaba la industria, a otro especulativo y rentista. Aparejado a esta nueva lógica se da un escenario abocado a una corrupción que intensifica y abona los beneficios (información privilegiada, influencias, adaptación o directamente forzamiento de las normativas, evasión de impuestos, etc.). Se sientan las bases del ciclo: el binomio sol-ladrillo y las prácticas corruptas, que caracterizarán hasta nuestros días el modelo productivo español con su sucesión de burbujas y crisis. La llegada de la democracia, y con ella del llamado Régimen del 78, intensifica y profundiza el modelo, mientras que el ingreso en 1986 en la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, desmantela los últimos restos industriales y en el reparto global de mercado a nuestro territorio se le asigna un papel exclusivamente turístico. Por otro lado, al margen de una democratización en las formas y las libertades, se mantienen y reproducen las mismas élites del anterior régimen, aderezadas con las vinculadas al aparato de partidos que sostiene al nuevo.

Olvido de la historia, impostura de la memoria

Tal y como describíamos, en la transición hacia el modelo industrial se da de nuevo un periodo y proceso de adaptación institucional, organizativa y subjetiva. Ya hemos comentado, para el caso concreto de la Dictadura, la apertura, también el cambio de sector productivo para las personas trabajadoras, y la correspondiente transformación subjetiva que implicaban ambos hechos.

El espacio urbano no es ajeno a este proceso transformativo. Otra vez, detrás de la solución a problemas y necesidades evidentes hay una agenda oculta, en este caso la fragmentación y eliminación de todo lo que oliese a comunidad obrera, para posteriormente borrar cualquier memoria o vestigio. Si algo había supuesto un contratiempo durante el último siglo para el flamante capitalismo industrial eran las comunidades obreras que generaba.

Y es así que ante antiguos anhelos y necesidades de la ciudad, como sanear áreas muy densificadas y deterioradas o abrir nuevas arterias de comunicación, se aprovecha para arrasar y fragmentar las zonas de la ciudad de tradición más políticamente conflictiva. Es el caso, por ejemplo, del Perchel, con el recurso de abrir la nueva avenida de Andalucía. Corre el año 1940, justo recién instaurado el nuevo régimen fascista y tras años de purga social, cuando se inician las expropiaciones y derribos. La nueva vía proyectada atravesaba el barrio y su construcción implicaba la desaparición de cientos de edificios y de numerosas calles, para lo que fue necesario reubicar a miles de personas. El barrio obrero quedaba dividido por una brecha geográfica en dos sectores, uno al sur, articulado por las calles Ancha y Cuarteles, y otro al norte, en torno a la iglesia de Santo Domingo, que lindaba con el barrio de la Trinidad.

Lo que es un ejemplo particular, marca la tendencia de las próximas décadas, de manera que, a diferencia de otras muchas ciudades, Málaga borra sistemáticamente cualquier resto o memoria de su pasado obrero, hasta el punto de reinventar la historia e identidad de barrios como Huelin.

En efecto, como contábamos, Huelin era un barrio obrero, rodeado de fábricas y habitado y colonizado progresivamente por más y más población atraída por la industria. Evidentemente, como en todo barrio o poblado que habita al lado del mar, en los núcleos chabolistas, construidos sobre la misma playa y más allá de las vías del tren que la transitaban, se recurría de manera puntual, o habitual, a una pesca que siempre ha sido de buena ayuda. Más allá de esto, y de que progresivamente la tendencia se acentuara, Huelin ha sido un barrio obrero, muy cercano al mar, pero a la vez construido de espaldas a un litoral que se veía copado por las instalaciones fabriles, las infraestructuras de comunicación y afectado por la contaminación: un barrio que hasta el siglo XXI no ha podido abrirse al mar.

Pese a todo ello, en las sucesivas remodelaciones urbanísticas de las plazas y calles del barrio ha sido recurrente la instalación de elementos o símbolos marineros que evidentemente embellecen, generan un ambiente agradable y no dejan de tener su parte de verosimilitud. Con todo, en contraste con la realidad obrera del barrio y la visibilidad que esta tiene, no deja de ser un hecho significativo de maquillado y construcción forzada de un nuevo imaginario que llegó incluso hasta la fe. Así lo prueba que el tradicional Cristo del Pañuelo, venerado como patrón por las familias obreras del barrio, fue olvidado y relegado por la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, que hoy día se saca en procesión con toda una escenificación marinera para la que se recurre, por ejemplo, a trajes que nunca usaron los pescadores.

5. Málaga en venta

Pasan los años y más allá de la coyuntura local con la Dictadura y la apuesta por el turismo, el capitalismo global muta definitivamente desde el productivo industrial al financiero especulativo. En el cenit del modelo entran en crisis también las subjetividades que lo protagonizan, el movimiento obrero en tanto que sujeto único de lucha y las instituciones que lo vertebran, como sindicatos y partidos comunistas. Mayo del 68 supone un punto de inflexión y enmienda desde unas nuevas subjetividades que no se ven representadas en sus formas, valores y prácticas, pero que a su vez se reivindican como sujetos de lucha: mujeres, LGTBI, jóvenes, ecologistas, minorías étnicas, etc., ponen su agenda política sobre la mesa, a la vez que nuevas formas organizativas.

Una vez más nos hallamos ante un cambio de ciclo, al que los distintos agentes sociales han de adaptarse. Las fobias (disciplina, rutina, jerarquías) y filias (libertad, creatividad, horizontabilidad) de las nuevas subjetividades emergentes son rápidamente leídas y reinterpretadas por un capitalismo que se reinventa para capturarlas. Se recurre a los medios y el consumo para seducir con ofertas singulares; el trabajo muta a emprendedor, innovador, creativo, experimental; la vieja empresa piramidal deviene archipiélago de filiales, con equipos de trabajo y freelance. Por contra, los recientes y diversos perfiles subalternos de esta sociedad se hallan en una tensión entre, por un lado, la identidad y la predominancia del sujeto histórico obrero, con sus tradicionales formas organizativas y, por otro, lo nuevo y diferente emergente. Los unos se resisten a evolucionar, mientras las otras no acaban de encontrar la mejor forma de aglutinar y organizar las multiplicidades que las componen. Se trata de un colapso político que en gran parte a día de hoy sigue sin acabar de resolverse.

La situación de evidente desequilibrio de fuerzas desemboca rápidamente en la apuesta del nuevo capitalismo neoliberal por demoler el frágil estado de bienestar, fruto del contrato social de la etapa anterior. Con ello, alcanza un basto terreno de negocio y corruptelas por explotar en la gestión de los servicios esenciales y, lo más interesante y valioso, una nueva oportunidad de ampliar el negocio financiero con las aseguradoras. A la vez, genera un medio vital de precariedad para las clases subalternas, que las debilita y fragmenta más y más.

«La seducción del modelo y el festín general, al que pareciéramos estar todas invitadas, convertía a cada vecina en una potencial pequeña especuladora de su propiedad inmobiliaria durante las sucesivas burbujas que se han sucedido»

Todo este proceso también ha tenido una traducción sobre nuestro territorio y sociedad local. La seducción del modelo y el festín general, al que pareciéramos estar todas invitadas, convertía a cada vecina en una potencial pequeña especuladora de su propiedad inmobiliaria durante las sucesivas burbujas que se han sucedido. El problema venía con las crisis que siguen a toda burbuja, especialmente cuando el punto de partida y las consecuencias no eran iguales ni equitativas. Las resultados: una sociedad endeudada con una banca sostenida y rescatada por sus deudores, la complicidad y compresión de una masa social seducida para con cualquier abuso y corrupción necesarios para engrasar la máquina y, cómo no, un territorio (objeto último de explotación y negocio sobre el que se sostiene el modelo) absolutamente degradado.

Degradación del territorio y la costa

Si nos atenemos a la mera costa, las mayores transformaciones se dieron a partir de 1964 con la construcción de los grandes edificios de La Malagueta, todo un icono del boom turístico y el mal gusto que lo caracteriza, en una zona que hasta entonces seguía ocupada principalmente por chabolas de pescadores y talleres de todo tipo. La playa todavía era una estrecha franja. Solo en 1990, mediante una rápida intervención de tres meses, la escollera que protegía el Paseo Marítimo Pablo Ruiz Picasso queda convertida en una espectacular playa de 2,5 kilómetros de longitud por 50 metros de ancho, desde El Morlaco hasta el Club Mediterráneo, y para la que se aportaron 1.850.000 metros cúbicos de arena.

Por otro lado sigue la colonización progresiva a medida que se desmantelan instalaciones industriales del litoral oeste. Por su singularidad, que describe perfectamente la época, debemos mencionar Sacaba Beach. En el extremo oeste de la playa de La Misericordia, justo antes de la desembocadura del Guadalhorce, donde «se acaba» todo, en los años sesenta se erige sobre los terrenos de la antigua Central Térmica esta urbanización, entonces aún rodeada de ruinas y contaminación. Más que una realidad suponía una ilusión de lo por venir, un futuro de turismo residencial paradisíaco: Sacaba Beach, la expresión del desarrollismo malagueño en su máximo esplendor.

La realidad: un reducto donde las infraestructuras y equipamientos brillan por su escasez, donde el más alto de los edificios destaca con una arquitectura que remite lejanamente a los grandes establecimientos hoteleros que florecían por aquel entonces en Torremolinos. Hoy, los pocos equipamientos aparecen extrañamente vacíos, dañados por el óxido, y encontramos un bar-restaurante que ni siquiera tiene vistas al mar, etc. Sacaba es un barrio despoblado en gran parte: entre 2004 y 2015 ni siquiera contaba con transporte público, carece de un mínimo comercio, no pocos vecinos se han marchado en los últimos años y muchos de los pisos son ocupados únicamente en verano, adonde siguen llegando los malos olores de la desembocadura del río. El barrio parece abocado a que el cambio climático, que cada año acosa con mas virulencia sus edificaciones, lo termine de engullir.

Por su parte, Pedregalejo y El Palo continuaban creciendo tierra adentro, mientras que las precarias edificaciones a pie de playa se mantenían como podían. Ambos barrios evolucionan muy vinculados al mar, a la pesca del copo y los merenderos para disfrutar de sus productos. No es hasta finales de la década de los ochenta que, con la construcción de los espigones, las casas de primera línea quedan protegidas de las embestidas del mar. A partir de entonces ambos barrios se transforman en una zona muy atractiva para el turismo, se asientan y proliferan los chiringuitos, las casas, todavía hoy en vías de escriturar, se consolidan y se adaptan para el alquiler de temporada. Pedregalejo, en mayor medida, sucumbe a la transformación turística, mientras El Palo parece resistirse a perder su idiosincrasia. De todo ello hemos conversado con parte de su vecindario en otro de los artículos de esta edición de Gente Corriente.

Más allá de la mera construcción sobre el mismo litoral, lo que ha dañado, y mucho, la costa son cuatro factores humanos vinculados al modelo de explotación intensiva:

Dragado de arena: a finales de los años ochenta, con la intención de ampliar las playas, se draga arena a unos cuantos metros de la orilla, lo que arrasa el hábitat de muchas de las especies tradicionales (peregrinas, vieiras, búsanos, chochas, conchas finas, coquinas, almejas, etc.).

Vertidos: casi 800.000 personas habitan la ciudad de Málaga y su aglomeración urbana, a las que hay que sumar las miles que llegan en el periodo estival. Sin embargo, solo contamos con una Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR del Guadalhorce) del todo insuficiente. Con ello, el río Guadalhorce, como se ve con más detalle en otro de los artículos de este periódico, se convierte en la mayor cloaca de la provincia, al verter cada día aguas residuales sin apenas depuración. A ellas hay que añadir el vertido directo al mar de miles de litros de aguas fecales desde las estaciones de bombeo a través de los aliviaderos situados en plena playa.

Paseos Marítimos: rompen la dinámica natural del ecosistema litoral, definido no en vano como el encuentro de mar, tierra y aire. En el momento en que se interviene de esta forma alguno de los tres medios rompe el frágil equilibrio. De hecho, los paseos marítimos se asientan sobre las arenas de las playas e impiden su regeneración.

Corte de ramblas: en la zona litoral este hay numerosas ramblas que en su momento supusieron un obstáculo geográfico para lanzar los ejes de comunicación. Estas ramblas, que acumulan aguas de las lluvia en la zona de recepción, bajaban en cauces estrechos de pronunciada pendiente arrastrando materiales en gran cantidad, sin apenas rozamiento y desgaste antes de llegar al mar. Es por ello que las playas de Málaga no son de arena fina sino de canto rodado, playas de piedras (de ahí el nombre de Pedregalejo), si bien en el litoral oeste el Guadalhorce desciende por una cuenca de poca pendiente que sí aporta sedimentos más rodados y arena. La corriente, al arrastrar los materiales menos pesados en suspensión (arena), se encontraba con el obstáculo del muelle de levante del Puerto, y al acumularse en aterramientos dio lugar a La Malagueta.

Con el desarrollismo, todo este sistema se ve interferido por la urbanización sobre las propias ramblas, incluso en la propia zona de recepción de aguas en la cima de las colinas. En el mejor de los casos perduran las ramblas, pero sin margen de cauce en los momentos de precipitaciones tormentosas, cuando debido a su considerable pendiente requerirían de más espacio para evitar las crecidas. De este modo se altera la lógica territorial y natural, cuyo efecto inmediato son las inundaciones tras las precipitaciones de cierta intensidad.

Por añadidura, la bajada de los cauces no solo arrastraba materiales, sino que también transportaba nutrientes orgánicos y minerales que se acumulaban en la orilla de la playa. Daban lugar así a la vegetación que servía de soporte vital para las especies marina menores, que a su vez alimentaban a la mayores, en lo que constituye la conocida cadena trófica.

Al romperse todo este ensamblaje natural se trastorna el ecosistema, lo que afecta evidentemente a las especies marinas. Todos estos factores, unidos en menor medida al abuso del alevín y de las redes de arrastre, acaban con la pesca natural en las playas de Málaga, que antaño eran praderas verdes de algas en las que destellaban los plateados bancos de peces.

Tiempos de cambio de modelo

El modelo de ciudad neoliberal, sobre todo en su vertiente productiva ligada al tándem turismo-construcción, siempre necesita más y más territorio por engullir, de modo que recurrentemente surgen ideas y proyectos para engrasar la maquinaria. En la actualidad, y también lo estamos viendo en este monográfico de Gente Corriente, las amenazas se centran en el dique levante por el proyecto de la Torre del Puerto, en los Baños del Carmen, el barrio del Palo, la desembocadura del Guadalhorce, etc. Son espacios amenazados por proyectos concretos, ideas o simplemente territorios a los que extender un modelo de ciudad turistificada Hasta hace bien poco cualquier proyecto que profundizara en este modelo era prácticamente incuestionable, salvo por minorías, pues bastaba invocar palabras clave como desarrollo, empleo, turismo… Sin embargo, nuevas percepciones, sentires, lógicas y prácticas se implantan y crecen en la ciudad. En este monográfico estamos revisando algunas de ellas.

«Al igual que describíamos la transición de la ciudad precapitalista a la capitalista, de la industrial a la turística, de la productiva a la financiera, quizás ahora asistimos y protagonizamos una nueva hacia otro modelo y paradigma que aún está por nombrar»

Al igual que describíamos la transición de la ciudad precapitalista a la capitalista, de la industrial a la turística, de la productiva a la financiera, quizás ahora asistimos y protagonizamos una nueva hacia otro modelo y paradigma que aún está por nombrar.

Lo cierto es que el modelo inmobiliario-turístico, pese a que no deja de reinventarse en su agonía, no parece tener por delante demasiado recorrido, por mucho que en apariencia nos enfrentamos a la enésima burbuja, ahora vinculada a la percepción de inseguridad en el Mediterráneo sur, por un lado, y por otro al estallido inmobiliario de los apartamentos turísticos, como analizamos en el número pasado de Gente Corriente.

Estamos ante un colapso multifacético: económico, con un modelo que cada vez encadena crisis más frecuentes y dilatadas; ecológico, con un territorio muy degradado y con la amenaza de los efectos de un cambio climático cada vez más presente; sociopolítico, con una sociedad acercándose al límite de su flexibilidad y en su tolerancia para con unas prácticas marcadas por la corrupción inherente al modelo. Y lo más importante, en parte producto de todo lo anterior, las nuevas subjetividades son ajenas a los principios, valores, prácticas y deseos que impregnan el viejo modelo. Todo ello invita a certificar el fin de ciclo.

Si en el precapitalismo las tierras y bosques comunales, y en el capitalismo industrial las fábricas, tabernas y barrios obreros, funcionaron como caldo de cultivo para la sociabilidad y la composición de experiencias antagonistas, hoy día vivimos en una sociedad y unas subjetividades marcadas por internet. A la ciudad competitiva, privativa e individualizada del sálvese quien pueda se opone la ciudad cooperativa, la de la abundancia y el vínculo, la ciudad de los comunes urbanos. Mientras tanto, el capitalismo, siempre veloz para adaptarse y capturar las nuevas subjetividades, parece encontrar rápidamente fórmulas. La plataforma Airbnb sería solo un ejemplo.

La amplitud y complejidad de esta problemática abarca cuestiones como qué recientes y diversas formas de organización están surgiendo, qué subjetividades se constituyen, cuáles y cómo son esos focos de nueva ciudad que emerge, y dónde. Frente a todo ello se impone pensar en cómo se rearticula el capitalismo con nuevos discursos y dispositivos de control para la captura y qué ciudad genera… Y por último, por dónde perdura y se resiste lo viejo.

Si ahora posponemos ese análisis poliédrico es solo para dedicarle el próximo monográfico de Gente Corriente.

Juan Díaz Ramos

Fuentes:
Alfredo Rubio Díaz (1996): Viviendas unifamiliares contra corralones. El barrio obrero de Huelin (Málaga 1868-1900). Miramar.
Rafael Reinoso Bellido (2005): Topografías del Paraíso. La construcción de la ciudad de Málaga entre 1867 y 1959. Colegio Oficial de Arquitectura de Málaga.
Blogs: laporte.es, todomalaga.net
Agradecimientos: por sus saberes y apoyos a Alfredo Rubio y Eduardo Serrano.

La gentrificación y sus efectos en Málaga

La gentrificación y sus efectos en Málaga

El destino turístico «Málaga» se ha convertido en un producto que, al exponerse en el mercado, acaba confundiéndose con la ciudad en sí, del mismo modo que si París fuera absorbida por Disneyland y mostrara como su principalesseñas de identidad a Mickey y Donald.

La ciudad, por el contrario, es el espacio común que compartimos sus habitantes, siempre diversos, y a quienes se nos ofrece en múltiples usos. Lugar habitacional, pero también de ocio, encuentro, trabajo, sociabilidad, consumo, creatividad, memoria, comunidad, descanso, etc., por mucho que se pretenda imponer una deriva que reduzca su uso primordial al turismo, que la convierta únicamente en un destino turístico: un fenómeno conocido como «turistificación», que obliga a la ciudad a adaptar sus funciones y entorno a ese único objetivo.

1. MUSEOS

El primer paso consiste en crear un motivo o foco de atracción: los museos, en el caso de Málaga, que desde hace unos años llegan sin cesar a la ciudad. Y decimos «llegan» desde el momento en que por lo general se trata de museos-franquicia que, a costa de un enorme desembolso de las arcas públicas, se instalan por un plazo de tiempo determinado, según criterios de rentabilidad económica. De hecho, es la concejalía de Turismo y no la de Cultura la encargada de ofrecer los datos anuales.

De momento, Málaga registra un total de 81,4 visitas a los museos por cada cien pernoctaciones, por delante de Valencia, Madrid, Barcelona o Sevilla, y cinco de sus centros (Centro de Arte Contemporáneo, Museo Picasso, el Centre Pompidou, Museo Carmen Thyssen y la Fundación Picasso-Casa Natal) se encuentran entre los diez más visitados del país, lo que en 2016 generó un impacto económico de unos 550 millones de euros en un concepto tan vago como «gasto de turistas y visitantes». Lo único cierto y realmente cuantificable, sin embargo, es que al contrario de lo que se había asegura los museos distan muchos de ser autosostenibles, de manera que los presupuestos de 2017 les ha reservado 15 millones de euros. A la cabeza, muy por encima de todos los demás, se encuentra el Museo Ruso, con más de 96.000 visitas. A la cabeza, muy por encima de todos los demás, se encuentra el Museo Ruso, con más de 96.000 visitas. Mencionemos alguno de los casos más conocidos de Málaga.

Tabacalera

Si otras ciudades tienen aeropuertos sin aviones, Málaga cuenta con el Edificio de Tabacalera: una infraestructura en la que se ha derrochado de manera inaudita el dinero público y que aún no encuentra un destino claro. Solo en el frustrado Museo de las Gemas, que permaneció abierto un par de horas, se invirtieron entre 30 y 40 millones de euros, según quién ofrezca las cifras, pues la opacidad es seña de identidad en este tipo de proyectos faraónicos. Por si fuera poco, Art Natura, empresa encargada del proyecto, ha denunciado públicamente que se inflaron de manera artificial y escandalosa los costes de la obra con el único propósito de desviar fondos a las campañas del PP, algo que motivó una Comisión de Investigación en el Ayuntamiento de Málaga que comenzó en 2016 y concluirá a mediados de 2017.

Según la documentación aportada por Art Natura, el acta de apertura fue una ficción jurídica: solo estaba disponible un 7,5% del edificio. De esta forma, si un mes antes de las elecciones municipales de 2011 De la Torre se anotaba un tanto, luego se le volvió en contra: en la inaugruación ofical de enero de 2012 la policía clausuró a las dos horas el edificio por falta de licencia de apertura e informe de Bomberos. La defensa del equipo de gobierno, de hecho, pasa por la victimización: su ingenuidad -aseguran- hizo que fueran estafados por empresarios sin escrúpulos, pero, del mismo modo pueril, rechaza cualquier responsabilidad, siquiera política.

Lo cierto es que el mismo edificio alberga el Museo Ruso, que costó 5 millones de euros cuando se habían anunciado 400.000, y el del Automóvil. De este último, el Ayuntamiento recibe un 7% de los ingresos en taquilla…, pero prácticamente la totalidad de esos ingresos proviene de entradas compradas por el propio Ayuntamiento, entre 500.000 y 600.000 euros al año. Los fiascos de este pozo son interminables: el célebre Polo Digital ocupará, con un años de retraso, el espacio originariamente destinado al Museo de las Gemas, cuya remodelación ha supuesto una nueva inyección de 2,7 millones de euros.

Pompidou

Inaugurado en 2015, las previsiones iniciales para su primer eran de 250.000 visitantes, que se quedaron en 220.000. Para Serge Lasvignes, presidente de esta institución francesa, son datos tan buenos que, en declaraciones a la prensa local, aseguró que «le cuesta encontrar imperfecciones» y le gustaría hacer efectiva la cláusula que permite prorrogar el contrato de tan solo cinco años a otros tantos: «[Debemos] trabajar el gran vivero que representan los turistas. Tenemos un 70% de visitantes españoles. Tenemos un terreno muy fértil que podemos desarrollar en cuestión de turistas», declaró en la edición del 7 de abril de 2016 en Sur.

La inversión para el Centre Pompidou fue disparatada, de modo que la propina de esos cinco años es lo menos que se podía esperar. Veamos esos costes:

  • Las obras de adaptación del Cubo (el característico edifico del museo) costaron 6,7 millones de euros, un 50% más de lo presupuestado inicialmente. Algunas partidas rozaban el absurdo, como el compromiso contractual de que las placas de plástico del Cubo fueran compradas a una empresa de Francia, lo que triplicaba el coste de adquirirlas en Málaga.
  • El canon por el uso del Cubo es de 334.254 euros al año y no está reflejado, ya que se compensará con la deuda del IBI del Puerto de Málaga, en cuyos terrenos se ubica.
  • El presupuesto público designado para el proyecto era de unos 4,2 millones de euros al año, que salen de la Agencia Pública creada recientemente. De esa partida, el Ayuntamiento se compromete a abonar anualmente al Centro Pompidou 2,07 millones de euros al año: un millón de euros en concepto de canon de uso de la marca y préstamo de las obras, y 1,07 millones por gastos derivados de seguros, transportes y personal técnico.

En lo que corresponde a los ingresos, el Ayuntamiento esperaba recaudar 990.000 euros por las entradas de los 250.000 visitantes anuales estimados, pero aún no se disponen de datos definitivos, si bien, como hemos visto, los visitantes fueron menos.

¿Ha sedimentado realmente el Pompidou en Málaga o solo en su imagen turística? ¿Tiene sentido esta ingente inversión cuando nuestro creadores emigran a Barcelona y Madrid, cuando el Soho ha sido un fiasco y faltan locales y ayudas a nuestras propios creadores? ¿Tiene sentido que, ante estas cifras, las trabajadoras del museo cobren 4,5 euros la hora?

2. ADAPTAR EL ENTORNO

En segundo lugar, la «turistificación» exige adaptar el entorno al uso previsto. Lógicamente, un turista no tiene por qué acudir a una ferretería, droguería o peluquería. De ahí la proliferación de restaurantes de comida rápida, establecimientos de las grandes cadenas textiles y, si acaso, en lugar de la peluquería encontraremos una barbería hipster.

Por descontado, existe un tipo de turismo que busca lo singular y autóctono, que huye de zonas saturadas por el propio turismo, que se empapa de la gente, sus costumbres, sus historias, un turismo que consume en los establecimientos originales, distribuye la riqueza entre el tejido comercial pequeño y tradicional, que repite atraído por lo auténtico y recomienda el destino: un turismo de calidad y de continuidad para el que Málaga podría tener muchas posibilidades. Ciertamente aún perduran rincones únicos, aunque debamos lamentar pérdidas como La Coracha, los 315 edificios de patrimonio histórico derruidos en las más de dos décadas de gobierno local del PP (200 en el centro, y 32 de ellos del siglo XVII, lo que deja vacía la expresión «centro histórico»), la judería eliminada para construir el primero de los grandes museos (el Picasso), cada uno de sus comercios y establecimientos que se han perdido, etc.

 

Por paradójico que resulte, en ocasiones se recrean en formato cartón piedra esta vida y parte de las ciudades que se pierde: el fachadismo del patrimonio derruido y expoliado, tabernas-franquicia que imitan viejas bodegas, imágenes costumbristas en forma de estatuas, personas con uniformes-disfraces, postales que desprenden nostalgia sobre una ciudad que ahora pretende ser recreada por el mismo modelo turístico que la ha destrozado.

En Málaga desembarca un turismo de masas, un turismo indistinto que busca el consumo rápido y cuyo paradigma principal son los cruceros, un turismo que transita acelerado por la ciudad y apenas se detiene para hacerse selfies, tachar de lista los objetivos ya visitados, en una suerte de yincana en la que no pueden faltar dos o tres museos, una cadena de ropa o comida rápida antes de volver y rentabilizar el «todo pagado» del crucero o, quizás, emprender una excursión guiada a los destinos del entorno (Ronda, Granada, Córdoba…) .

Se trata por tanto de un turismo que, cuando deja riqueza, lo hace en grandes cadenas con personal precarizado y que seguramente confundirá nuestros museos con los de su próximo destino, pues Málaga se convierte en una confusa escala más, difícil de recordar en el futuro y recomendar, así como a la que regresar, salvo en caso de un nuevo paquete-oferta.

 

3. HOTELES

Málaga capital se ha convertido, tras Barcelona, en la segunda capital del país con mayor ocupación media anual de hoteles, un 76%, con cerca de 4 millones de visitantes, con Reino Unido a la cabeza después del propio turismo español. De hecho, la oferta total de la ciudad de todo tipo de alojamiento reglado roza ya las 18.500 plazas.

En esta misma línea se debe entender la construcción o previsión de nuevos hoteles de lujo, en una ciudad en la que hasta hace unos pocos años no había ningún cinco estrellas. Esto atiende a una nueva tendencia en el sector, entre otros motivos porque en 2016 se declaró en varios grandes foros a Bilbao y Málaga como «ciudades de oportunidad de inversión».

Los fondos de inversión que están realizando los primeros movimientos son rusos, asiáticos y británicos, después de que abriera la veda el fondo catarí para el hotel del Dique Levante, que veremos más adelante. La propia Asociación de Constructores y Promotores en Málaga y la Costa del Sol ha admitido que está encontrando mucho menos problemas en nuestra provincia que en otros Ayuntamientos. En este sentido, recordemos que el grupo ARC Resorts de Singapur, que promueve un casino en la zona de San Andrés, se marchó de Valencia por «falta de interés de los políticos» (en otras palabras: ni siquiera Rita Barberá se avino a modificar la ley sobre casinos, y esta por ver qué sucederá en Andalucía). Cabe recordar que en 2013, con el polémico Damián Caneda como concejal de Turismo, comenzaron los primeros contactos con grandes grupos rusos para cambiar el uso residencial de varios suelos y destinarlos a grandes casinos.

Las previsiones apuntan a que esta tendencia abarque también a complejos residenciales, algo que estaba a la espera de la formación de un nuevo gobierno tras casi un año de ejecutivo en funciones. La continuidad del Partido Popular parece garantizarlo.

A continuación vamos a repasar alguno de los más recientes proyectos hoteleros, para después analizar qué beneficios reales están trayendo al conjunto de la población.

Hotel Gran Lujo del Puerto (Dique Levante)

A mediados de 2017 estará redactado el estudio ambiental del hotel de lujo planeado en el Dique Levante, esto es, en terrenos del Puerto.

La empresa encargada de este estudio es la malagueña Sfera Proyecto Ambiental, que también debe asesorar sobre los demás trámites para modificar el Plan Especial del Puerto, de modo que la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento dé vía libre a la construcción de este inaudito rascacielos de 135 metros de altura. Después aún restarían varios trámites burocráticos, por lo que con toda seguridad el grupo catarí Al Bidda no podrá cumplir sus intenciones de iniciar las obras a principios de 2018 para inaugurarlo en 2020.

Para la construcción y explotación de este hotel concurrieron dos proyectos, ambos por encima de los 100 millones de euros. Uno fue el Consorcio Ligth Power de Málaga (150 metros -máximo permitido en el pliego- y 350 habitaciones) y otro el del mencionado fondo catarí (135 metros y 350 habitaciones). La pretensión de este grupo es también construir un casino, lo que choca con reglamento andaluz para la provincia, que de manera explícita impide la concesión de más licencias. Actualmente la provincia cuenta con los casinos de Torre Quebrada (Benalmádena) y de Nueva Andalucía (Marbella), y el reglamento abre la puerta a un tercero situado entre Estepona y Cádiz. La única solución pasa por comprar los derechos de traslado del de Torre Quebrada, que parece que ya se está negociando.

La ubicación de este hotel, en la punta del dique, lo sitúa no en el litoral, sino realmente adentrado en el mar. Así, además del evidente impacto paisajístico sobre lugares emblemáticos de la ciudad, como la Alcazaba y Gibralfaro, tal y como ha estudiado Matías Mérida, profesor de Geografía de la Universidad de Málaga, surgen dudas sobre la gestión de residuos, por ejemplo, en una bahía como la nuestra, extremadamente castigada. Este proyecto, que está soliviantando a un sector de la ciudadanía, acabará por levantar en unos meses una oleada de protestas que se intentarán capear bajo el mantra de la creación de empleo (de nuevo precario). Ya son, de hecho, un centenar de profesionales reconocidos los que han firmado un manifiesto para que el hotel no se construya en la ubicación prevista.

Repasemos brevemente otros hitos de este boom hotelero.

 

Hotel Gran Lujo Casino de San Andrés

El grupo hotelero multinacional ARC Resorts (Singapur) ha presentado a su vez otro proyecto de hotel gran lujo con casino en el muelle de San Andrés (también en el Puerto). Los responsables de la empresa ya han pedido reunirse con Susana Díaz para convencerla de las ventajas de este tipo de inversiones. Las soluciones pasan, en este caso, por un cambio de la ley o la inclusión en la actual listado de un nuevo emplazamiento.

Hotel La Rosaleda

La compañía Blue Bay, que pugna en los tribunales por quedarse con el Málaga CF, propone ampliar el Estadio de la Rosaleda para construir una zona comercial y un hotel de cinco estrellas en una de sus plantas con 160 habitaciones y capacidad para 1.600 espectadores-inquilinos. La inversión rondaría entre los 40 y 50 millones de euros. Los responsables aseguran que, si finalmente se hacen con la propiedad del club, las tres administraciones (Ayuntamiento, Diputación Provincial y Junta de Andalucía, propietarias a partes iguales de La Rosaleda) darán los vistos buenos, puesto que se trata de, atención, «un proyecto que busca algo social», y aumentaría los ingresos del club en unos 25 millones de euros anuales.

 

Hotel Myramar

Otro Gran Lujo inaugurado definitivamente a principios de 2017 tras una remodelación muy polémica que ha destruido elementos patrimoniales protegidos (la escalinata principal, sin ir más lejos) de uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad.

 

Otras actuaciones en marcha

El fondo alemán Activium SG ya trabaja en otro hotel de lujo en la calle Granada, mientras que la gestora Patrizia, del mismo país, ha adquirido el edificio de la firma textil HM de la plaza Félix Sáenz.

4. DÓNDE ESTÁN LOS BENEFICIOS

Como estamos viendo, este tipo de proyectos abundan en la brecha que nuestra ciudad padece: una ciudad marca, escaparate, que se apelotona en el centro y expulsa a sus habitantes, y unos barrios cada más más degradados y que carecen de servicios adecuados, como la limpieza. La pregunta es: ¿se trata de un proyecto de ciudad o meramente empresarial? En otras palabras: ¿traerá beneficios sociales o solo reparto de dividendos para unos pocos?

Según los últimos datos del propio Ayuntamiento, los ingresos de esta avalancha turística son de 1.600 millones de euros, que sin embargo no han reducido la brecha social ni creado empleos de calidad. Antes al contrario, según al Encuesta de Población Activa (EPA) la provincia acabó el año con 10.400 personas ocupadas menos de los que tenía al empezar, con unas tasas de desempleo en la capital del 26,5% (66.276 personas desempleadas). Así, Málaga, con un 32,9% es la cuarta capital española con mayor porcentaje de su población en riesgo de pobreza (ingresos inferiores a 332€ mensuales), dato muy superior a la media nacional. Las tres que nos superan, por cierto, también son andaluzas (Córdoba, Almería y Huelva). En marzo de 2017, cuando a bombo y platillo se anunció que el mes anterior se había creado empleo al ritmo previo a la crisis, descubrimos que los datos para el municipio arrojaban un descenso en las cifras de paro de… 157 personas, casi todas en precario.

En nuestra ciudad, más de 1.600 personas fueron atendidas el último año por la Agrupación de Desarrollo para Personas sin Hogar, y Cáritas habla de más de 27.500 unidades familias asistidas para Málaga provincia y Melilla. De hecho, en Málaga se ha triplicado el número de personas en situación de pobreza crónica, muchas de las cuales cuentan con empleos, lo que las convierte en «trabajadoras pobres».

Evidentemente, la pobreza se distribuye por barrios, y los distritos de Campanillas, Palma-Palmilla y Bailén-Miraflores son donde más ayudas sociales se solicitan al ayuntamiento, con un 60% de mujeres como demandantes.

Al tiempo, los sindicatos denuncian una vez tras otras la nefastas condiciones laborales de las plantillas hoteleras. El pasado 21 de febrero propio Ayuntamiento, por boca de su concejal de Turismo, Julio Andrade, pidió en febrero apostar por la calidad «para no matara la gallina de los huevos de oro» y reconocía repetidas quejas por los precios abusivos de los hoteles.

Recordemos, por consiguiente, las preguntas que nos hacíamos más arriba: ¿se trata de un proyecto de ciudad o meramente empresarial? En otras palabras: ¿traerá beneficios sociales o solo reparto de dividendos para unos pocos?

5. CRUCEROS

 En 2020 Málaga acogerá la principal feria del sector de los cruceros  (la Seatrade Cruise Med). Son dos las compañías de cruceros (Carnival y Royal Caribbean) que controlan casi dos tercios del negocia mundial. La promesa que llevan a sus destinos es que sus numerosos pasajeros van a gastar una importante cantidad de dinero en negocios locales, que después la realidad desmiente, entre otros motivos porque cuentan con acuerdos de antemano para llevar a los pasajeros a determinados establecimientos.

Los coste energéticos, como explicaba no hace tanto el New York Times, no son en absoluto despreciables: cuando un crucero atraca produce una contaminación equivalente a la de 12.000 coches, que sufren principalmente las aguas. En cuanto a las condiciones laborales cabe resaltar que los sueldos de los camareros son tan exiguos (a veces de unos 50 euros al mes) que en la práctica viven de las propinas. Los controles son tan opacos que ni siquiera hay datos fidedignos de adónde va a parar toda la basura, desechos y residuos que generan estos gigantescos cruceros.

Entre tanto, ya se han instalado en nuestros puertos compañías especializadas en eventos náuticos de empresas, como Sail and Fun, que cuenta con trece embarcaciones. Para este año están previstos cinco eventos de este tipo, al tiempo que se está potenciando el turismo náutico, mediante el alquiler de embarcaciones. Todo ello está llevando a a que se exija el aumento de plazas portuarias o la creación e un puerto específico para este tipo de actividades, algo aún incipiente en la ciudad, pero que dará que hablar en breve.

6. PATRIMONIO

En el centro histórico de Málaga se han perdido 569 edificios de patrimonio histórico desde 1957, la mayor parte de ellos (315) a partir de que el PP asumiera el gobierno local y Francisco de la Torre ocupara la concejalía de urbanismo antes de convertirse en alcalde.

Los datos hablan por sí solos: si en el año precedente a la llegada del PP no se había producido ninguna demolición, en 1995 ya se producen 7, con picos como los 64 de 1997, los 31 de 2000, los 19 de 2001, etc. De hecho, durante el mandato de De la Torre ya se han destruido 200 edificios históricos de la almendra del centro, 32 de ellos del siglo XVIII.

El casco histórico, reducido a una especie de escenario, pierde sus particularidades y se asemeja al de cualquier otra ciudad (de ahí, como decíamos, que resulte difícil repetir visitas y recomendar el destino), lo que además conlleva la pérdida de calidad de vida para sus habitantes, que poco a poco acaban por desplazarse a otras zonas de la ciudad, como veremos a continuación.

 

7. EXPULSIÓN DE LA POBLACIÓN DEL CENTRO

La población original del centro estaba compuesta básicamente por residentes de edad avanzada que habían crecido en la zona, igual que sus padres, así como de población de bajo o medio poder adquisitivo que fue llegando durante la época de abandono para, precisamente, vigorizar y volver a llenar de vida el área.
Esto se debe a que la práctica general de los poderes públicos durante décadas fue el abandono de la zona, que decaía entre ruinas, solares, falta de servicios públicos, basura, suciedad, etc. Así, los precios de la vivienda resultaban accesibles para la población migrante, jóvenes estudiantes o con trabajos precarios, tejido creativo-cultural, etc. La llegada de esta población, de bares de ocio nocturno, de espacios creativos y culturales, dio dinamismo a una zona que, al mismo tiempo, atraía a perfiles de mayor poder adquisitivo.

Sin embargo, con la explosión en los últimos años de la «turistificación» ha cambiado el hábitat. El entorno se ha llenado de bares, entre los que abundan lo de grandes cadenas, franquicias y otros sin apenas singularidad, así como un comercio que, orientado al consumo de masas, deja a las vecinas sin posibilidades de cubrir sus necesidades cotidianas. De especial relevancia fue el cierre, durante un año completo, de Mercado de la Merced para, aun manteniendo alguno de los puestos originales, convertir la mayor parte en un Mercado Gourmet, es decir, de restaurantes. Un año y medio después de su inauguración, en septiembre de 2015, de esos 12 nuevos establecimientos ya solo quedaban 3.

El caso del Ensanche Heredia es significativo: convertirlo a fuerza de piqueta en foco cool implicó rebautizarlo como «Soho», pagar con dinero público murales de los grafiteros más trendy, com D*Face y Obey, pero prohibir los de los artistas locales. En definitiva, se trata de un proyecto diseñado en los despachos de los especuladores, al margen de la realidad social y creativa de la ciudad, que ha comportado el cierre de varias de las galerías, locales y hoteles que en teoría iban a revitalizar la zona y que solo han contribuido al encarecimiento de los alquileres.

Debemos sumar a ello la, en principio, positiva peatonalización de grandes áreas, que, no obstante, ha traído consigo la invasión del espacio público. Donde antes encontrábamos vehículos a motor, ahora no solo aumentan los «segways», sino que se aglomeran las terrazas, que de nuevo dejan a la vecindad sin espacio. El esparcimiento apenas tiene cabida si no es en la medida en que consumes.

Como es obvio, la multiplicación de terrazas trae aparejado un ruido constante, a lo que debemos sumar la agenda institucional, que concentra la mayor parte de las actividades públicas en esta zona: conciertos, festividades de todo tipo, eventos promocionales. Mencionemos también las omnipresentes procesiones que, lejos de circunscribirse a la Semana Santa, se suceden a lo largo del año merced a una política municipal que concede a las cofradías todo tipo de prebendas, entre ellas el abuso del espacio público, hasta el punto de modificar y encarecer planes de remodelación de plazas o llevar a cabo talas con tal de facilitar el tránsito de los tronos (como los casos de la plaza de Camas y de San Franciso).

No por gusto, la vecindad acaba abandonando el centro. De hecho, ya solo quedan 4.700 vecinas en el Centro, un dato muy alejado de los 12.000 con los que comenzamos la democracia y cerca de un 9% menos que hace 8 años. La cifra, a buen seguro, seguirá cayendo.

8. BARES

Los bares enfocados al turismo crecieron en el Centro un 84% desde 2011 a 2014 (de 118 a 218); el Centro acumula hoy más de 400 terrazas, el 40% de las autorizadas en toda la ciudad. El OMAU (Observatorio de Medio Ambiente Urbano) ya ha alertado del riesgo de convertir el Centro en «una ciudad de cartón piedra» si no hay vecinos. Pero la cosa va a más: en 2014 contábamos 218 establecimientos de comida rápida y tapas (100 más que en 2011) y 600 locales hosteleros donde antes había 465. Todo ello cuando los bares de cuatro calles del Centro (Císter, Molina Lario, Duque de la Victoria y Santa María) mantenían sus terrazas sin autorización, hasta que la presión mediática llevó a que por fin las cerrara en febrero de 2016… si bien el me siguiente dio marcha atrás y permitió que muchos de ellos volvieran a colocarlas.

No obstante, el caso paradigmático sigue siendo el del emblemático Pimpi, que mediante barras de alcance y terrazas extensas incumple varias normativas de la ordenanza actual, entre otras el acceso a la estatua de Ibn Gabirol. En la práctica, el pasaje Cegrí y la plaza de la Judería han sido privatizados por el establecimiento.

Semejante concentración de bares ha motivado informes del Defensor del Pueblo Andaluz para que el Ayuntamiento cumpla su propia normativa sobre ruido. Lugares como la plaza de Mitjana han conseguido que el vecindario se organice y presione con intención de que varias áreas se consideren zonas acústicas especiales. A finales de 2015 habían presentado 150 denuncias individuales en el Ayuntamiento, sin que recibieran una sola respuesta.

Además del ruido, las denuncias instaban a que se cumpliera la normativa sobre accesibilidad, que dispone medidas como la obligatoria separación entre las mesas de las terrazas y las fachadas para facilitar la orientación con el bastón de las personas ciegas.

Las denuncias, así mismo, mencionaban la llamada «Declaración responsable», una norma europea de obligado cumplimiento concebida para comercios, aunque en Málaga, de manera sorprendente, se incluyó en ella a la hostelería. En virtud de esta norma los establecimientos deben declarar que se comprometen a habilitar por su cuenta las instalaciones preceptivas -aseos, por ejemplo-, en lugar de que el Ayuntamiento comprueba que es así antes de conceder las licencias de apertura. En el Centro no se realizan inspecciones para comprobar su cumplimiento, cuando a simple vista encontramos multitud de establecimientos que la vulneran.

Por si fuera poco, las asociaciones hosteleras de Málaga (MAHOS y AHECOS, actualmente unificadas) han trasladado al consejero de Turismo su deseo de ampliar la definición de Zona de Gran Afluencia Turística para la ciudad. El sector propone un espacio delimitado entre Muelle 1 y el río Guadalmedina. También pretender ampliar la normativa de horarios que afecta a bares de copas, discotecas y restaurantes para que en la práctica sean ilimitados. Entre tanto, cada verano Inspección de Trabajo abre entre 500 y 600 expediente en bares por la condiciones laborales de sus empleadas.

El fin de la renta antigua ha multiplicado los precios de los alquileres de locales por cuatro o por cinco, lo que ya ha provocado el cierre de multitud de negocios, sustituidos por franquicias o grandes firmas.

9. MODIFICACIÓN DEL USO HABITACIONAL

Al motivo del ruido para la expulsión de la vecindad se une un nuevo factor, la proliferación de apartamentos turísticos que, en los tres últimos años, han crecido de manera exponencial. Se dan de dos tipos: los negocios «profesionales» de edificios convertidos en bloques de apartamentos, y los «amateur», con habitaciones o pisos completos que la población, como medida de desprecarización o invitada al festín del negocio turístico, pone en alquiler en plataformas digitales, la más conocida Airbnb. En este último caso la paradoja es evidente: la población en situación de precariedad contribuye, sin pretenderlo, al encarecimiento de unos alquileres que al cabo de poco tiempo acabará expulsándola a ella misma.

Y es que en tan solo dos años ha desaparecido casi toda la oferta de alquiler en el centro urbano. De hecho, los datos oficiales de la Junta -a los que habría que añadir los subterráneos- de septiembre de 2016 hablaban de que en Málaga capital se contaban 673 viviendas para alquileres, incluso por día, a viajeros, lo que suponía 3.323 plazas. En marzo de 2017 ya eran el doble, 6.634, y en la provincia superaban a las plazas hoteleras.

Las piezas del mecanismo de recambio de población están listas, algo además allanado por una población flotante en permanente rotación y tránsito, que dificulta cualquier relación de vecindad y lazos de comunidad frente al proceso en marcha. La población originaria, resistente, se ve sitiada por todo el ruido descrito (al que ahora también suma en ocasiones el de esas habitaciones alquiladas para el ocio), por la falta de oferta y precios asequibles del alquiler, la ausencia de equipamientos y comercios de primera necesidad y la paulatina desaparición del tejido vecinal.

En definitiva, es empujada a abandonar la zona y dar vía libre a su sustitución por una población flotante de turistas, que requiere negocios ruidosos para su ocio, en lo que es parte de ese círculo vicioso de la «turistificación».

El modelo se va extendiendo por la ciudad como una mancha de aceite. En un proceso que se denomina esponjosidad: la «turistificación» de un territorio muy concreto (el centro urbano) hace que alcance tales cotas de saturación que para continuar y reproducirse debe expandirse, «esponjarse», por nuevas zonas, como Lagunillas, San Rafael, Trinidad, entre otras.

10. POLÍTICA

Todo el proceso descrito no surge como un fenómeno natural, espontáneo, ajeno a la complicidad, implicación, incluso impulso, de las distintas administraciones públicas durante los últimos años.

En el contexto económico global a España se le ha reservado el papel de rincón para el Turismo, lo que también explica, aunque no solo (eso excede el marco de este reportaje) que en los años anteriores a la crisis en el país se construyera más que en la suma de los tres más poblados de Europa (Alemania, Fracia e Italia). Desde la entrada en 1986 en la Comunidad Económica Europea (después Unión Europea) se fue desmantelando o impidiendo cualquier otra alternativa productiva. Nuestros sucesivos gobiernos y administraciones han reforzado esta dinámica.

A nivel estatal se creó un marco legislativo cada vez más laxo para la explotación del territorio, la sobreconstrucción o la indefensión en los alquileres, entre otros. Se generó todo un imaginario social de «cultura del pelotazo», urbanístico en primera instancia y, cuando la crisis lo reventó en 2008, se derivó hacia el turístico, siempre a costa del medio ambiente.

Quizás el caso más relevante en el conjunto del Estado sea el de Barcelona, cuyo gobierno actual ha emprendido decididas medidas para frenar o revertir en lo posible este proceso. Málaga, como estamos viendo, le va a la zaga, solo que aquí se sigue promoviendo este modelo, pese a la alarma social que ha generado en Barcelona y el aplauso que despiertan las medidas para su contención. Así, en nuestra ciudad comprobamos lo siguiente:

-Abandono institucional y permisividad ante la destrucción y expolio patrimonial, lo que, inédito en otras ciudades, supone un rasgo distintivo de Málaga.

-Planificación y transformación urbanística a la medida del modelo de turismo masificado, y de espaldas a la participación y necesidades vecinales.

-Priorización de políticas culturales (museos-franquicia) que consideran la cultura como producto de consumo turístico rápido, frente a modelos con vistas a largo plazo para generar turismo de calidad y, sobre todo, cultura.

-Permisividad absoluta con el abuso de ocupación de la vía pública por las terrazas hosteleras.

En cuanto al vínculo de la ciudad con el turismo como única vía productiva, y por lo tanto con el sector de la hostelería, se genera otro círculo vicioso. Las instituciones no abogan por alternativas productivas y favorecen solo a este sector. El sector hostelero, con permisividad administrativa y dado el perfil laboral de baja cualificación, contribuye de manera incontestable a la precariedad laboral y desempleo estacional. Debido a sus cortas duraciones, los contratos temporales dejan a las trabajadoras sin apenas posibilidad de acceso al subsidios por desempleo.

El pasado verano, por ejemplo, en Málaga capital se produjeron 2.353 contrataciones, la mayor parte ligadas al turismo -seguido de la construcción, nuevamente- sin continuidad llegado el mes de noviembre. Como ya se ha dicho, Inspección de Trabajo abrió más de medio millar de expedientes por contratos laborales fraudulentos. Además, entre las mujeres el paro disminuyó solo un 3,6% frente al 5,5 entre los hombres (datos para toda la provincia). Las informadoras turística cobran 4 euros la hora y cuando han expresados sus quejas, el Ayuntamiento ha cambiado los pliegos de condiciones para dejarlas fuera en las siguientes adjudicaciones y no subrogarlas.

Esto ha generado un altísimo grado de dependencia, cuando no de sumisión, de la población malagueña con este sector, lo que dificulta cualquier crítica al abuso urbanístico, al modelo de «turistificación» descrito, y a los favores mutuos que discurren en esta relación lobby-clientelar de la hostelería con la administraciones locales. Cabe, no obstante, hacerse algunas preguntas:

-¿Cuánto dinero público se destina anualmente a generar las condiciones propicias y a promocionar el sector turístico y hostelero?

-¿Cómo se distribuye el producto de ese dinero público invertido? ¿Cuánto va a manos de un sector empresarial concreto año tras año? ¿Y cuánto a la población malagueña a través de los empleos precarios de hostelería?

-¿Qué otros costes incuantificables para la población supone este modelo de ciudad «turistificada»? Por ejemplo en forma de pérdida patrimonial, pérdida de opciones de uso del espacio público, pérdidas en calidad de vida, trastornos en la salud y el descanso, incremento de precio de la vivienda, pérdida de comunidad, expulsión del entorno habitual, etc.

-¿Qué ocurriría si las misma apuesta y respaldo institucional se destinase a otras alternativas productivas sostenibles en términos sociales y ecológicos? ¿Se podría romper así el círculo vicioso de dependencia y precariedad actual respecto a la hostelería?